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1971

Cristiandad y sociedad pluralista laica

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1971
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De Maquiavelo a Hobbes: Una nueva configuración de la vida social

DE MAQUIAVELO A HOBBES:
UNA NUEVA CONFIGURACION DE
LA VIDA SOCIAL
POB.
MANUEL FERNÁNDEZ EsCALANTE.
Lo característico del Estado es la tendencia a la concentración y la
organización del
poder ( l), lo cual implica la supresión de otras ins­
tancias públicas que pueden ensombrecer con su presencia esta concen­
tración de poder,
lo cual implica asimismo -gradualmente---la des­
aparición de instancias intermedias
de poder y de influencia entre el
ciudadano-súbdito y la esfera superior política. Pero esa esfera supe­
rior del poder, este gran Leviatán cuya omnipotencia sin frenos ahora
lamentan todos,
ha surgido, en la teoría y en la práctica, en el plano
de lo real
y en el de lo racional, como «reacción>> contra un proceso de
.corrupción
-- jidad social de la Baja Edad Media europea. El Estado, como for­
tísima acumulación
de poder anuladora de poderes intermedios, surge
pues
-tanto en la mente de su primer retratista de estilo como en la
realidad política «efectiva»-a manera de «antídoto fuerte» contra
«la anarquía>>, como contraveneno contra la corrupción. El hecho
evidente de que este remedio haya desbordado
su originaria necesi­
dad histórica constituye ya otra cuestión (2).
* • *
( 1) Sobre esto me remito a mi estudio Concentración de poder y vo­
luntarismo en la implantación del Estado moderno, en «Anales de la Univer­
sidad
Hispalense»,. 1966.
(2) Un problema conexo sobrevendría al tratar la posibilidad -abs­
tracta puesto que no se produjo-de la < dieval conservando muchos
de los elementos de su variadísima contextura
-la del «desorden»-insertos profundamente en las raíces de su «vitali­
dad».
La respuesta vendría apoyada sobre dos argumentos aproximativamen-
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MANUEL FERNANDEZ ESCALANTE
Pues, en efecto, la creación del «Estado Moderno» (3) supone
una nueva forma de relación social, inevitable
y proporcionada al
grado pretendido de acnmulación de poder para detentar el «mono­
polio
de la violencia», según la definición maxweberiana. La noción
de «Estado Moderno»
-y particularmente desde la Revolución fran­
cesa con sus consecuencias procapitalistas-proburguesas--. exige una
nueva relación con los súbditos del nuevo poder político «concentra­
do
y organizado» de una manera igualmente «nueva» que no «inten­
ta>> o «pretende» ya la justicia, según la tradición aristotélico-tomis­
ta, sino la eficacia. El nuevo poder tenderá, por su propia dinámica,
a suprimir los lazos que unen a
los hombres entre sí, transformán­
dolos en «individuos»,
al. tiempo que procurará debilitar los poderes
intermedios existentes entre aquéllos y su centro de referencia, el
te imbricados. 1.Q) Que la realidad vital medieval sobrevive con mucho a la
inauguración oficial del Renacimiento por los historiadores especialistas; por
ejemplo y concretamente, la rica variedad gremial ----con las obligadas y co­
nocidas fluctuaciones-pervivirá hasta la Revolución Francesa y en algunos
territorios alemanes, y desde luego
en España, algunas décadas más. Más
concretamente en España, ·para no
ir más lejos, hasta las leyes desamortiza­
doras que acarrearán
la total pmletarización del pueblo, otrora protegido, en
lo posible, por una trama
histórica de libertades concretas. 2.Q) La experien­
cia histórica muestra la dificultad de «reformar» sin destruir.
Por buscar un
obligado y consabido paradigma piénsese en la
Reforma#on luterana, comen­
zada
por :un teórico intento de «volver a los orígenes» y «detener la corrup­
ción». Pues bien, contra sus mortíferos efectos para
la Cristiandad medieval
surgÚá una «Contrarreforma» (Gegenreformation) y no una, permítase la
figura, «Prerreforma»; es
decir, se daba por sentado en la misma expresión, el
heého irreversible de su existencia, al tiempo que se reconocía la necesidad
de combatirla superándola, eliminando los motivos iniciales ( subjetivamente
desorbitados
por los «reformadores», pero esto constituiría otra amplísima
cuestión) que, reunidos en una
< y a su propagación.
De la ffiisma manera que no se dan Pre-maquiavelistas
sino Ariti-maquiavelistas; la misma
«intentio» de las expresiones parece as­
pirar ya a colocarlas en el curso de los acontecimientos.
(3) Estado moderno, como «Estado-de-origen-renacentista», en cuanto una
nueva manera más «objetiva» más
«fría» de tratamiento de la realidad po­
lítica, en genera:l y de la relación política gobernante-súbdito en particular
( cf. en términos muy generales los muy conocidos y nunca bien ponderados;
J. Burckhardt: Kultur der Renaissance im Italien y A. von Martín: Soziologie
der
Renaissance).
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DE MAQUIAVELO A HOBBES
Estado, «lo Stato», término que no quiere decir en un principio
-por ejemplo en Maquiavelo-, sino los imperantes y su séquito.
El Estado tiende a «concentrar
y organizar» desde su peculiar
ámbito la
relación_ política g~bemante-gobernado, pero esta concen­
tración acarrea
la supresión o el atenuamiento de las relaciones po­
líticas no estatales -las _< un proceso conocido y lo suficientemente trazado por Gierke o Her­
mann Heller, para que
re~ulte obvio insistir sobre él.
Pues bien, el gran espectador y relator
-pues como actor no se
le concedieron las oportunidades que constantemente reclamaba-de
este período de crisis en el
cua:l aparecen estas «nuevas» relaciones
«objetivas», «frías», entre los súbditos
y los gobernantes es Niccoló
Machiavelli, Secretario de la República de Florencia, pequeño buró­
crata, aspirante a la grandeza pagana por encima del bien o del mal
y de la cual sólo pudo participar «sub specie litteraria» en las largas
veladas de San Casciano envuelto simbólicamente en la
púrpU.Ca ma·
jestuosa con la cual invocaba a sus grandes espíritus familiares. Por
una extraña paradoja, esta profunda renovación de la
«manera>> de
aprehender la realidad
pc,litica no viene proyectada desde la mente
fantástica o exaltada de
un revolucionario, sino del calmoso y frío
talante de
un convencido tradicionalista, para el cual la antigüedad
romana __;los tiempos áureos vanamente pretendidos de enraizar con
el caótico presente-lo es todo, mientras la realidad coactual ita·
liana,

a la cual asiste con amargura
--pálida sombra del infalible
mundo antiguo al cual quisiera retrotraerla-,. no
es nada en sí mis·
ma; a lo más, remotamente considerada como pálida Mímesis del
pétreo mundo romano, paradigmático, roya paternidad evoca para
avergonzar a sus
contemPoráneos itálicos. Con Horado también él
pudiera decir a sus frívolos lectores :
«Aetas parentum prior aius tulit
Nos requiores,
mox· daturos
Progeniem vitiosorem»
Maquiavelo,
de5de este plano, no puede ser considerado sino como
un «reaccionario», lo cual, por otra parte, para todo PolitikerJdenker
es W1a opción sin duda brillante. Verdaderamente, como afirma Carl
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MANUEL FERNANDEZ ESCALANTE
Schmitt, no hay teoría política digna de nombre tal que no parta de
un profundo pesimismo sobre la naturaleza humana dañada
y sus
consecuencias hacia el grupo. Si es consecuente con este pesimismo
sobre la «naturaleza» -y, por lo mismo, -sobre fa Conducta de sus
coetáneos-, el ·tratadista científico· de la política y, en un escalón
inferior, el pragmático de la misma, el gobernante, se apresurarán
a colocar
Ias suficie1ites barreras ante esta mala naturaleza y sus de­
rivados, si no quiere ser tachado de incauto el primero, para mantener­
se en su situación de imperio el segundo. A ambos pues, al teórico
de la política
como al protagonista -o beneficiario si se quiere'-de
la
misma, alcanzan las advertencias maquiavélicas.
• • *
La primera advertencia maquiavélica, desde cilyo distanciamien­
to irónico la ciencia política m_edieval queda radicalmente ignorada
-no menospreciada o combatida sino sencillamente obviada-, se cen­
tra en su propósito, explícito, de ceñirse rigurosamente a < chos», a lo que
es observable, a lo que en realidad «ocurre». Por lo
mismo quedará fuera del marco de
sus reflexiones lo que «no ocu­
rre», o sea lo que «podría ocurrir» o lo que «era mejor. que» ocu­
rriese. Sin que por esto --contra lo que habitualmente se afirma por
los antimaquiavelistas de
turno-se deje de reconocer la posible, e
incluso probable, superioridad del orden ideal, del
-varn~ a lla­
marlo así en términos desgastados por los
iusfilósofos-«deber»
ser sobre el
factum, el «siendo», de los ·aci:>ntecimientos.
Mas, únicamente, el discurso maquiavélico va a tratar sobre este
«siendo», sobre
fa realidad «efectiva» de la política; del resto no
intenta hablar siquiera, ni a favor ni en contra. En este sentido las
mismas palabras,
texru.ales, del secretario florentino dejarán ambos
extremos puntualizados con
,claridad : «Mi intento -escribe en el
capítulo XV del Príncipe-es escribir cosas útiles a quienes las
lean, por
lo que juzgo más conveniente decir la verdad tal cual es,
que como se ·ima8ina; pues rhuchos ·han visto en su imagi.Ó.ación re­
públicas y principados que
jamás existieron· en la realidad. Tanta es
la distancia entre como se ;iv~ y como se debería vivir, que quien
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· DE MAQUIAVELO A HOBBBS
prefiera a fo que se hace lo que debetía hacerse, más· camina hacia
su ruina que hacia su consolidación, y el hombre que quiere ·portarse
en todo como bueno, por necesidad fracasará entre tantos que no lo
son, necesitando el príncipe que quiere conservar el poder estar dis­
puesto a ser bueno o no serlo,
según las circunstancias» ( 4).
Esto por lo que atañe al «realismo» de la política maquiavélica,
en cuanto al supuesto «inmoralismo» del florentino, sus propias y an­
gustiadas palabras nos darán razón
de la ligereza con que una línea
de superficiales hermeneutas
-para admirarse unos, para horrorizarse
otros-ha caído sobre sus párrafos para difamarlos. Después de
aconsejar
-para quien haya decidido seguir la vida pública, no se
olvide esta importantísima
acotación-como acreditados por la éx­
periencia histórica los procedimientos del rey Filipo de Macedonia,
que
de gobernar un pequeñó Estado pasó a ser dúeño de toda Grecia,
_añade «los que escribieron su historia dicen que trasladaba· los hom­
bres de una provincia a otra, como los pastores Conducen los gana­
dos. Son estos medios
cruelísilnos, no sólo a:ntitristianos, sinó inhu­
manos ; todos debeu evitarlos, préfiríeudo
la vida de ciudadano a no
ser rey a cOsta de tanta destrucción de hombres: Quien no· qúiera se­
guir este buen camino y desee conservar· Ia·domiriación; necesita eje­
cutar dichas maldades. Los hombres,
sin· embargo, escogen uu tér­
mino medio, que
es perjudicialísimo, porque no saben ser ni com­
pletamente buenos, ni completamente malos,
segón. vamos a demos­
trar en
el siguiente capíiulo» (5), ¿dónde está. entonces el «inmoralis­
mo» maquiavélico? El discurso del f!oreutino
-brevísimo y cortante
según su
costumbre-plantea con rigor y prácticamente a simultáneo
( 4) Príncipe, XV, in initio.
(5) Discorsij !-XXVI, in fine: «Sono questi modi crudelissimi e nimici
d' ogni vivere non solamente cristiano ma u.mano; e debbegli qualunque uomo
fuggire, e volere piuttosto virere privato che re con tanta rovina degli uo­
mi~i; nondimeno colui che· non· vuole pigliare quella prima via del bene,
qúando si voglia mantenere
con.viene Ché enfri in· questo male. Ma gli no ou­
mini pigliano certe vie
del mezzo che sono dannossisime; perche non sanno
essere né tutti cattivi né tutti
buoni: come nel seguente capitolo per esemplo
si
mosterrá»: Cfr, N. Machiavelli: 1l Principe e Discorsi, a cura di Sergio
Bertelli, Feltrinelli,
Milano, 1960, l.ª ed., pág: 194 (Uno príncipe nouvo, in
una cittá ó provincia presa dá lui, debbe /are' ogni cosa nuova,).
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MANUEL FERNANDEZ ESCALANTE
el eterno tema de la disyunción entre ética y política. Veamos pues,
los medios -puramente técnicos como tales medios--exp~icados en
el parágrafo anterior como consejos a un Príncipe nuevo Si quiere
mantenerse -Maquiavelo sobreentie¡1de que todos los poderosos
quieren mantenerse, pero no todos
saben y pueden-van seguidos de
una severa advertencia, ética, insoslayable : «son estos medios -es decir
los únicos aptos para el fin propuesto-- cruelísimos, no sólo anti­
cristiános sino inhumanos» --es decir, contra el derecho natural
común a los hombres, no sólo contra la explícita doctrina de la
Iglesia de Cristo-- y todos deben evitarlos prefiriendo una vida pri­
vada a la pública; esto queda muy claro. Pero si no se hiciera la elec­
ción en este sentido explícitamente aconsejado -sinceramente o
no-­
por el florentino, es decir, si se prefiere la vida pública o de la gloria
y del poder a la vida privada, constitutivamente
no desfavorable a la
observancia de la moral natural y cristiana, entonces, pero sólo en este
último caso, al poderoso o aspirante a serlo no le queda otra vía que
la de la imitación de los ejemplos históricos -acreditados empíri­
camente, quiere esto decir-, aducidos en favor de las tesis de la
cmeldad de la faísedad y, en general, del menosprecio del derecho
na.tura!, a todo lo largo de la lección política explicada por Maquia­
velo. El esquema maquiavélico podría reproducirse más gráficamen­
te así:
a)
b)
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Exigencia ética.-Es preferible ser ( «moralmente» hablando) ciu­
dadano particular a Imperante PORQUE este
último se verá obligado (si quiere mantenerse,
por supuesto) a cometer toda suerte de «malda­
des». Maldades que el mismo Maquiavelo pre­
senta, neutralmente, en forma de «Repertorio».
fuicio lógico.-Mas si (y en esta condición radica el gozne de
todo el razonamiento maquiavélico) finalmente
se opta por la vida pública -en cuanto tal abo­
cada a la gloria y a la pugna-y por la vocación
de imperar, no hay otra alternativa sino elegir
el repertorio de «maldades» ofrecido en sus
textos. Tertium non datur. ¿Dónde aparece en­
tonces el famoso «inmoralismo» del florentino?
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DE MAQUIAVELO A HOBBES
Lo que si aparece, sin embargo, es la ~icisión radical entre la vida
pública -en la cual no es posible observar las reglas de la moral
natural-y la vida privada; escisión característica de un nuevo uni­
verso mental simultáneo a la política «objetivada» de poder rena­
centista.
El atenerse a las reglas morales -tanto «naturales» como explí­
citameote
cristianas-es preferible, dice el propio Maquiavelo, a lo
contrario.
Aquí la valoración resulta asimismo explícita y no cabe ig­
norarla, mas esta elección del lado "de la «vida moral» -perfecta­
meote distinguida y valorada por Maquiavelo-es imposible para
quien, previamente, opte por la vida «pública». En ningún caso, como
puede verse, se ignoran las precedencias de valores ; únicamente se re­
conoce, con impotencia, la imposibilidad de aplicar tal precedeocia
«objetiva» en el desarrollo total de la
existeocia humana en «este muo­
do de abajo». Los valores se escinden juoto con los dos planos de la
actuación mundanal del hombre; uno,
el privado, orientado a la
vida. «individuab> ( a «lo particular» diría un neohegeliano), con sus
pequeñas satisfacciones de la vida familiar y de relación comunal,
Otro, el público, orientado hacia «lo generab>, hacia la gloria, el
poder y la aclamación, en suma, hacia la retórica. Que Maquiavelo
profese, instintivamente, honda simpatía hacia este mundo de la vida
pública es otro problema, resultado de uoa tendencia emotiva por la
gloria terreoal que,
como hemos visto, no altera la valoración explí­
cita
-escrita de su puño y letra y nuoca mejor dicho esto-de la
«vida moral» sobre la «vida inmoral o
amorab> ( 6).
Esta escisión entre los dos plaoos de la vida del hombre en la
tierra caracterizará decisivamente la relación social gobernante-gober­
nado a partir del Renacimiento. Los súbditos del príncipe maquiavé­
lico no son ya los «seres humanos», criaturas divinas y participantes
(6) Tal Ve2:: -como opina Marce! de Corte--haya sido Pico de la
Mirándola quien mejor tradutca esta «~scisión» del hombre moderno, frente
a la «compactividad» moral, digámoslo así, del hombre medieval, en el tan
cita.do DiscurJO sobre la dignidad del hombre (vid. Marce! de Corte: L'homme
contre lui· méme, Nouvelles éditions Latines, París, 1962, pág. 188).
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MANUEL. FERNANDEZ ESCAL.ANTE
del orden c6smico ron un °firme lugar de dignidad -al menos te6·
rico-en la rdaci6n política, lugar garantizado durante siglos por el
derecho natural cristiano y por la costumbre sedimentada . por la his­
toria, sino
)os seres dobles, dinámicos y peligrosos, intuídos por la
agudeza de &oto y Ockham, dibujados por el análisis hist6rico de
Maquiavelo y sometidos por el terror y
el engaño reflejados en las
enseñanzas del florentino. Los hombres, para el nuevo tipo de im­
perante renacentista, no son sino _como se muestran en «la Historia»,
como aparecen concretamente
en s1;1s páginas. Por ello debe supo­
nérselos, preventivamente, como «malos y dispuestos a emplear su
maldad natural · siempre que la ocasi6n se lo permita. Si dicha pro­
pensión está oculta algún tiempo, es por razón ignota y por falta de
motivo para mostrarse; ·pero el tiempo, maestro de todas las verda­
des, la pone pronto de manifiesto» (7). Sobre la maldad efecti­
va de la naturaleza humana, la opinión del florentino es termi­
nante:
«los hombres hacen el bien por fuerza, pero cuando gozan de
medios
y libertad para ejecutar el mal, todo 1o penetran de confu­
. sión y de desorden» ( 8).
El súbdito del príncipe maquiavélico es el súbdito bajo-medieval:
Barones inqÚietos, Comerciantes apocadoS o explotadores, monjes am­
biciosos, eclesiásticos corrompidos y plebe envilecida sin amor a la
grandeza· y a la gloria. Amantes unos del pillaje y del robo a pe­
queña escala, disminuíd~s los otros en "el mantenimiento de una es­
casa zona de influencia y de seguridad basada en la fragmentación
«ad intra» del poder político con la consiguiente imposibilidad de su
proyección «ad extra>>; ejfmi:Io típi~o dé ambas condiciones, los
estadós de Italia antes de la «calatá>> del rey de Francia. La deca­
denciá d, los reinos italianos obedece a la pérdida de la «Virtú». No
hay orden y río hay eficacia porque hay demasiada libertad, y donde
hay demasiada libertad «todo se llena de confusión y de desorden».
Maquiavelo es el ·primer tecnócrata < -(7) Discors,~ 1-111.
(8) lbld.
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DE MAQUIAVELO A HOBBES
eficacia en el sentido más puntiforme, la. eficacia militar. Son «las
buenas armas» las que atraerán el oro, es decir, «la prosperidad»
económica y no a la inversa. Para Maquiavelo
la infraestructura del
poder politico y su estructura no se diferencian en absoluto. Del
orden nace la eficacia, de
la eficacia los buenos _ resultados militares,
y de éstos el dinero que no es «el nervio de la guerra». En ningún
caso se sigue la escala inversa. En _general, y a nivel «diario», el
«buen orden» mantiene igualmente la estabilidad económica
del
Estado (9).
El Príncipe maquiavélico, Príncipe demasiado malo y avisado
para ser «real» y por lo tanto, en buena medida, creación estética
---<¡uiere decirse, sin atender a «resistencias» más reales y comproba­
bles que
el carácter sin fisuras imaginado por el florentino-, tiene,
no obstante,
dos modelos coactuales a la contemplación del propio
Maquiavelo; uno triunfante y el otro derrotado, y I_os dos1 no se
olvide, son españoles. Fernandq de Aragón, el Católico según el
mismo quiso ser llamado -triunfador en todas sus Empresas le lla­
mará Baltasar
Gracián-y César Borgia -al que «sólo el azar» pudo
despeñar-el cual consiguió «le permaneciese fiel la Romaña du­
rante un mes». La mezcla paradigmática de los dos imperantes --o
mejor dicho de un imperante perfecto y de un aspirante a serlo, fra­
casado-permiten dudar de la sinceridad de los ejemplos aducidos o
de la otrora frecuente imparcialidad del florentino
cuya vista-pa­
triótica
se precipita tras el fallido intento de los Borja para unificar el
centro de Italia.
Sea como fuere la nueva «manera» de entender la «relación po­
lítica» deja «para siempre>> transmutada la correlativa «téoría polftica».
Frerite a los súbditos, perezosos, ingratos, pérfidos y, en suma, «des­
ordenados» --es decir con peligrosa tendencia a transitar desde la li­
bertad
a la ineficacia-los nuevos «Príncipes perfectos»· -tal Fer­
nando de Aragón-circulan desde una < aún, arrastrando en su camino glorioso -por la fuerza o por el frau-
(9) Son típicas, a este respecto, las consideraciones, ·tan conocidas, sobre
el modo de
recaudar el dinero para el -gasto público en Florencia. Vid., en
este sentido, igualmente, Dfrcorsi, II-10: «El dinero ·no es el nervio de la
guerra com~ generalmente se cree&,
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MANUEL PERNANDEZ ESCALANTE
de-a la masa inerte de los obedientes incapaz para imaginarse ning(m
destino colectivo superior a su felicidad doméstica. Los hombres -ma­
los, ingratos, codiciosos-van a recibir un «huevo trato» para «corre­
girlos» en su tendencia a
la corrupción, la disgregación y, en suma, a
la Anarquía. Y

va a ser
precisamente en el «territorio» europeo más
amenazado por la disgregación bajo-medieval, la península ibéri.­
ca (10), donde va a surgir-y no imaginariamente---el Príncipe per­
fecto: Cruel
y valeroso siempre, audaz o prudente según le conviene,
sincero o falso conforme la situación aconsejable, cumplidor o no
de
su palabra en los Tratados según interese a la seguridad del Estado,
pero en cualquier caso «Justiciero», es decir, anulador de los poderes
intermedios de todo tipo ---------eclesiásticos o laicos--, que oprimen sin
garantizar, enigmático y amenazador; todas las cualidades, en suma,
a las que César Borja opt6 sin terminar de conquistarlas. El ejemplo
histórico aparece
tan «concreto», tan «reab>, que Maquiavelo --de
mala gana como puede verse en las descripciones del Rey de Ara­
gón e incluso permitiéndose el lujo
de «moralizar» en torno a su
«doble
conducta»-no puede resistirse a la transcripción.
En todo
caso, y aun «prima facie» como resultado de la represión
del «desorden», la «Sociedad» ha quedado escindida
con bastante
claridad del «Estado», que aparecerá progresivamente
----en cuanto
«Apparatum>>----· cómo sólido vínculo para reprimir los «decaimien­
tos» anárquicos producidos en el desenvolvimiento de aquella por la
«mala naturaleza» de los hombres que
la componen cuando son
«abandonados» a sus tendencias «naturales», orientadas siempre hacia
lo
más «fácil»: hacia «el desorden».
El Príncipe y
su,s secuaces, con.scientes de esta floja «mala natu­
raleza» humana, operarán sobre ella conociendo sus resortes
más
generales, y, el más importante de ellos, y de consecuencias ulteriores
más graves, será no depender jamás del amor o de la amistad de los
(10) Sobre el grado increíble de disolución de la relación política: rey
(poder
central)-súbditos, en Castilla, a fines del xv, vid. José Cepeda
Adán: En torno al concepto del Estado en los Reyes Católicos, Madrid, C.
S. I. C., 1956 (especialmente, pág. 94 y sigs., con el común anhelo de un
«nuevo poder» que termine .con la anarquía semi-feudal).
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DE MAQUIAVELO A HOBBES
súbditos ( afectos «subjetivos» y como tales arbitrarios), sino de un
factor «objetivo» y como tal graduable: el temor.
La política se convierte en una técnica de «manejo» y control del
súbdito
-malo por naturaleza según la experiencia confirma-al
cual, sólo
la consideración de la «fuerza concentrada» exhibida por
el Estado ------con la consiguiente potencia represiva ad intra y proyec­
ción gloriosa ad extra-puede mover a la observancia -por «el
esfuerzo»-de un «orden» superio:é a sus elementales conveniencias
«particulares».
* * *
Tampoco es más optimista la imagen que de sus congéneres se
ha forjado Thomas Hobbes; nacido en un clima de terror (11), el
t~or al desorden y, en último término, a la anarquía, es decir, a la
lucha de todos contra todos, le impulsará a reclarnar la necesidad im­
periosa del Estado y la justificación «racionab> de su existencia.
Hobbes va, con todo, mucho más allá, en su necesidad de expli­
cación,
-que su predecesor en la lucha contra las ocsuras fuerzas anár­
quicas.
No se olvide, sin embargo, que para Maquiavelo la anar­
quía
es el resultado de un proceso de disgregación siempre posible en
cuanto se aflojan los lazos itnperiosos del poder, una
decadencia,
-por otra parte inevitable, periódicamente-desde un pasado de .es­
plendor. Para Hobbes, en cambio, la anarquía es un estado «origina­
rio»; de posible rebrote siempre y supuesto lógico para montar su en­
tera teoría «panestatal». El Príncipe maquiavélico combate con
la
crueldad y la doblez contra las fuerzas oscuras de la disgregación, pero
no
se preocupa en modo alguno por justificarse. La evidencia de su
misión se le aparece con tal brillante claridad que su inventor
no se
toma la molestia de racionalizarla desde supuestos teóÍ:-icos superiores
a los instrumentales. La eficacia del Estado
-en contraste con la pu­
lulación de los pequeños tiranos anteriores ejemplificados en los ani-
(11) En una autobiografía, que, ya anciano, escribió en dísticos lati­
nos nos dice que a la vez que él, y como hermano gemelo, su madre ·trajo
al mundo al Terror (dr. F. TOnnies: Vida y doctrina de Thomas HohheI,
Rev. de Occ., Madrid, 1932, pág. 28).
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MANUEL PERNANDEZ ESCALANTE
quilados por César Borja en la Romaña-justifica su correspondiente
opresión sobre los súbditos, siempre inenor, en cualquier
casC?, que 1a
proveniente de la suma de toda la jauría de los pequeños poderosos
-los «principin'i»-anteriores a la nueva relación política, los cua­
les -y una vez exterminados ha podido verse con más claridad aún-,
oprimían sin garantizar (12).
Implícitamente, «in nuce», en el propio Maquiavelo se halla tra­
zado el postulado que Hobbes explicitará y hará famoso de la rela­
ción directa existente entre obediencia
y protección, Tanta cantida~
de obediencia puede exigir el Soberano -el Estado-cuanta protec­
ción puede proporcionar. En esta cuestión, como en tantas otras,
desde la visión pesimista antropológica hasta la consideración del
Es­
tado como un producto «artificial». del ingenio y del esfuerzo hu­
mano
-reconocidos conjuntamente como Virtú en la obra del floren­
tino-, Hobbes no hace sino trazar la raya y obtener la suma de mag­
nitudes explícitamente maquiavélicas.
* * *
Tanto Maquiavelo como Hobbes han dedicado todo su esfuerzo
inteJecru.al a combatír contra el fantasma de la anarquía, es decir, el
«desorden»
y la ausencia de un centro común de-referencias. Un
centro común conformado por una acumulación de poder : poder
«injustificado» desdeñosamente
por el florentino, «justificado» tra­
bajosamente por el filósofo inglés a través de la remota
figura de
un contrato ·:(13), pero en ambos casos reclamado como una necesi­
dad antes lógica
-«evidente»--que «moral».
(12) Para Hobbes, escribe TOnnies, existe una analogía completa entre
las condiciones sociales
y políticas. En_ los .dos, medios prospera el tipo hu­
mano ansioso de poder, libre
de escrúpulos, arbitrario y que actúa como lo
que
es (dr. F. TOnnies, op. cit., pág. 117).
(
13) Hóbbes resume las dos fases lógicas de la «justificación» del poder
en Francisco Suárez
--autor como .es sabido notorio en la época de formación
del filósofo
de Malmesbury-el «pactum societatis» y el «pactum subjec­
tionis», en una sola, simultánea.
El «pactum societatis» acarrea, por sí mismo,
constitutivamente,
la necesidad del sometimiento. Resultaría absurdo un «acuer­
do».
de las con4iciones mutuas en que la relación Soberano-súbditos va a des­
arrollarse, fuera de la condición general ya ~xpresada Obediencia-Protección.
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DE MAQUIAVELO A HOBBES
Tanto Maquiavelo como Hobbes han sentido -casi se pudiera
decir sufrido--- la necesidad de
un fuerte núcleo de poder capaz de
resistir los poderes intermedios
y servir .de referencia directa a los
súbditos, evitándoles sujeciones mediatas. Para Maquiavelo resultará
preferible
la existencia de un poder supremo, aunque r~ce en oca­
siones el terror -tal la dominación de César Borja en Romaña ex­
perimentada como un alivio por los antiguos súbditos de los peque­
ños barones «pre~estatales»-, pero que efectivamente, o así lo cree
él, protege ( recuérdese la hábil sentencia ejecutada contra el rigu­
roso Ramiro del Orco), al incierto destino de la patria
italiana en
manos de muchos «pequeños poderosos», ninguno
lo suficientementé
fuerte empero para lograr la «Empresa» de la unificación.
Para Hobbes, que ha elaborado el concepto más «filosóficamen­
te» -sobre todo si se compara con el tono «provocativo» de la re­
lación maquiavélica-, será, asimismo preferible la existencia de un
núcleo de poder fuertemente centralizado, defensor de «todos» y crea­
do por el supuesto consentimiento
de «todos», a la situación prece•
dente de lucha omnia contra
omnes (14). Para el filósofo de Malmes-
Si el súbdito tratara en algún momento ulterior de oponerse a un mandato es­
tatal se coó.tradice con su promesa anterior inclusa en el pacto de asociación
y cae en la injusticia. (Así en Levjathan, XIV. De cive, III, 3). Asimismo
debe recordarse cómo Rousseau intehta también «racionalizar», desde el plano
laico al que pretende ceñirse,
la «necesidad» de la autorid'ad y su total acep:
tación desde fuera de la premisa non est potestas nüi a Deo, Ya en el capítulo
tercero del «Contrato social» nos dice el ginebrino cómo
el más fuerte nunca
lo será bastante como
para ser siempre dominante ·si no puede transformar su
fuerza en derecho y la obediencia de los súbditos en deber. Ningún kantiano
mejoraría este «quid pro quo». ¿Deber hacia a quién? ¿Exigido por quién?
¿Premiado por quién? .. Este
error es menos disculpable si tenemos en cuenta
que Rousseau no es precisamente
un predecesor de Alfred. de Yigny. Es fre .
. cuente aludir a las relaciones existentes entre la teoría del estado de natu·
raleza
precontractual roussoniano y el de Hobbes. Cpmo es sabido el egoís·
mo «precontractual»
en la teoría de Rousseau no es activo como en la de
Hobbes sino pasivo. (Sobre analogías y diferencias en los dos autores, cfr. el
estudio ya clásico de Ernst Cassirer:
Das _Problem /, J. Ro11ssea11 (en Arr:hiv
für Gesr:hir:hte der Philosophie, vol. 41, 1932).
(14) Ya Hobbes se ha preocupado de salir al paso de quienes le atgu·
menten sobre la total ausencia de libertad- en que el contrato swne al súbdito,
cuya existencia queda asegurada,
es cierto, mas a cambio de confiarla total-
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MANUEL PERNANDEZ ESCALANTE
bury el «reino de la libertad» precontractual -es decir el reinado del
«dei:echo nahirab> del más fuerte aprendido en Tucíd.ides-era, sen­
cillamente, Wl estado incivil y peligroso, imposible de soportar -ni
aun como perspectiva-, por la inmensa mayoría de los hombres ·(15).
Para Maquiavelo, desde su_ atalaya de conocedor de la historia, la li­
bertad es, ---<:omparablement.,_, el prólogo de la disgregación.
La idea del Estado como «monopolio de la fuerza de coacción»
surge, pues, correlativamente, en dos agudos talentos, preocupados
ambos ante la perspectiva del «desorden», cada uno desde sus pro­
pios «motivos»: el de la «grandeza», Maquiavelo; el de la segutidad
-más modestamente-- Hobbes. Sería inútil, sin embargo, para los
defensores intelectuales de las diques hoy gobernantes en muchos de
los países conocidos
-las cuales, como los barones bajo-medievales,
oprimen, a veces saquean,
y, en todo caso, exigen obediencia sin pro­
porcionar a cambio la correspondiente dosis de
protección-invocar
la memoria de los dos ilustres antecesores en auxilio doctrinal del
dominio, tan «efectual»,.de sus mecenas.
mente en manos del titular de · Ia Soberanía. Su respuesta. se concentra en la
concisa referencia
a-los h~cho.r, habitualmente expresivos por sí mismos, de
los hombres. Toda constitución _política presenta
inevitables defectos, piensa
Hobbes, desdefiables empero si se piensa en los horrores y la miseria de una
guerra
civil o en la perpetua inseguridad del estado de naturaleza anterior
al pacto, sin ninguna referencia superior,. sin un poder político supremo que
monopolice la coacción impidiendo el robo
y la violencia particular de los
«naturalmentes fuertes» (
en este sentido, por ejemplo, el cap. XVIII del
Leviathan),
(15) Las teorías «voluntaristas», y más en el mundo moral de la Re­
forma, · prosiguen su trayectoria histórica de sometimiento incondicional al
Poder civil, trayectoria
cuyo apogeo culmina en la adhesión y participación
propagandística
de la Iglesia luterana alemana al lado del Reich en la pri­
mera guerra mundial,
con el descrédito proporcional sobrevenido al término
de
la misma. Compárese con el esfuerzo realizado por el pensamiento cató­
lico tradicional para dotar
de una esfera «objetiva» de libertad a los súbditos
y, a la vez, crear algún freno doctrinal ante la posible figura del Tirano.
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DE MAQUIAVELO A HOBBES .
ADDENDA
Correspondiendo a lo adelantado en las primeras páginas de este
trabajo, cabe señalar la vertiente
«positiva>> -desde el pensamien­
to «anárquico» nunca se admitiría como «progresiva»-del «rigoris­
mo» o cinismo ultrarrealista de Maquiavelo como Katechón seadari­
zado ante «el desorden». Sin embargo, sus soluciones drásticas, como
todo remedio «cortante», pueden producir
daños irreparables cuan­
do estirpan
la corrupción tan radicalmente que aniquilan, para si­
glos, la posibilidad de rehacer la primitiva realidad objeto del pro­
ceso de corrupción sin meditar su posible salvación desde otros mé­
todos; pues el remedio ideal, qué duda cabe, no es amputar, sino
sanar, aun cuando esto último resulte menos dramático.
Es la esté­
tica maquiavélica sin embargo quien impulsa el razonamiento,
-mucho
más retórico que político-, del < -en último término--del Destino -supremo de la Patria, pues esto
es más fácil de pronunciar que de efectuar. Mas, en todo caso, la
grandeza de la aspiración maquiavélica para los casos desesperados,
es mucho más estimable, desde el mundo de valores cristianos, que el
sórdido utilitarismo de Hobbes, cuya lógica, implacable desde el pos­
tulado del valor supremo de
la vida física sobre cualquier otra ins­
tancia, se quiebra cuando
es el propio Soberano -garantía última
de la conservación de aquélla
y de su disfrute, a cambio de la merma
de libertad que ello
suponga-quien exige su riesgo o su sacrificio.
Maquiavelo ha escindido, sin duda,
el mundo de valores cristiano­
medieval al elevar a
la categoría de Idea la posibilidad de disociar
la «actuación» del «impulso moral» humano en dos planos perfecta­
mente desentendidos entre sí. Pero
en la aspiración maquiavélica a
«la grandeza»
y al dominio y detención del proceso decreciente de la
Historia, motivado por la baja condición de la inmensa mayoría de
los hombres, late
un eco -por lejano que sea y envuelto que aparez­
ca en la ingenua púrpura de un paganismo de ocasión-de aspira­
ciones inevitablemente cristianas como
serían_ la «Regeneración», o
la «Salvación». Es la cualidad poética del pensamiento maquiavé­
lico, unido al resentimiento por la impotencia de la Nación italiana
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MANUEL FERNANDEZ ESCALANTE
para realizarse como Estado ñnico y temible, lo que arrastra su ima­
ginación y su deseo -más que-su matemático entendimiento--tras
la finalidad sin finalidad de un Estado sin quiebras ni debilidades
cuya máxima motivación es mantenerse.
Por el contrario, es desde el sórdido y fríamente razonado egoís­
mo de Thomas Hobbes de donde se arremete de frente contra el
centro mismo de la idea moral cristiana de la importancia de la con­
ducta del hombre hacia sus semejantes como capital para su realiza­
ción final, conducta imposible siquiera de plantear partiendo
de una
jerarquía valorativa basada en la consideración de la vida «animal»
como supremo bien a solicitar. Considerada paralelamente, la resolu­
ción maquiavélica de enfrentarse a
las potencias oscuras del «des­
orden» y de la disgregación con la violencia proporcionada a su fase
de progreso, resulta, en comparación, «espíritu.ah> y tal vez apro­
vechable al presentar una faz eterna de la lucha del hombre por
dominar
«el azar y la necesidad».
Por supuesto, el tránsito desde esta actitud «Etica» a la pura ne­
gación de toda libertad en nombre de la eficacia es un riesgo posible
y, de hecho, en muchas ocasiones consumado. El recorrido desde la
anarquía a un pseudo panestatalismo invocado para enmascarar un
monopolio _del poderío sin la más remota finalidad de servicio al bien
común, posee un evidente dinamismo, endógeno a su propio 'trazado,
siempre difícil de evitar; ello sin embargo no es culpa fundamental
de Maquiavelo sino de algunos discípulos aventajados que
lo adelan­
taban sin nombrarlo, como tan sngestivamente ha mostrado Burn­
ham (16). Es difícil impedir la marcha del péndulo que marca lapo­
larización de la:s· situaciones históricas de un extremo al opuesto; Ma­
quiavelo escinde el viejo orden contemplado en la Edad Media al
prescindir de la Etica como elemento al margen de la trama política,
salvo en cuanto pretexto moralista, es decir, como· un componente
más de la eficacia: Hobbes elabora u.na nueva moral política jus_ti­
ficando el poder sin límites · del Soberano en la conservación primor­
dial de la vida física de cada súbdito. El resultado final del plan-
(16) James Burnham_: Los maquiavelistas: DefensoreJ de la libertad,
Buenos Aires, ed. Emecé, 1945.
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DE MAQUIAVEW A HOBBES
teamiento hobbesiano abocará finalmente al más «desencantado» po­
sitivismo jurídico.
Con todo, anotado lo anterior, convendrí.a insistir en la escasa co­
rrespondencia existente entre los gobernantes al uso y los invocados
por nuestros dos autores. Entre los primeros no podríamos reconocer
ni el afán de grandeza o el odio hacia la corrupción característicos del
Príncipe maquiavélico, ni tampoco -siquiera como «mínimum de­
corosum>> del gobernante para los súbditos-la ruda coherencia de
la proporción obediencia-protección supuesta por Hobbes como nú­
cleo «desilusionado» de la relación política -la única relación se­
gún él verificablernente «política»----existente entre el Soberano y
los súbditos.
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