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1986

La doctrina social católica

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1986
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La doctrina social católica

LA DOCTRINA SOCIAL CATOLICA
POR
FRANCISCO C\N:ALS VmAL
• En nuestros días son bastantes los católicos que obran y ha­
blan como si
no. existiera una «doctrina social católica»; e in­
cluso, con frecuencia, se niega su existencia .. Nuestra ·:reunión es
ya ella misma expresión de la convicción que, gracias a Dios,
compartimos todos, y que en sí mis.ma habría
de pertenecer como
patrimonio común a todos los hijos de
la Iglesia, de que tal doc­
trina existe
de hecho, y que el hecho de su existencia se relaciona
esencialmente ·con el carácter y misión de la potestad de magis­
terio de la Iglesia católica.
Formulemos enseguida algunas precisiones sobre el concep­
to de doctrina social cátólica, en el sentido en que nos hemos
ocupado de ella en este Congreso.
No damos este nombre de
modo primero y propio a
cualquier doctrina sociológica o filosó­
fico-social que sea en sí misma verdadera y. conforme coil la ver­
dad. católica. Al referimos a
la doctrina social católica hablamos
propiamente y en primer lugar de una doctrina enseñada
por el
Magisterio de la Iglesia, cuyo contenido es
la vida social en su
más amplio sentido, es decir,
la vida política, económica, cultu-.
ral, educativa, familiar e incluso, naturalmente, la vida inter­
nacional.
Ha sido indudablemente una característica del magisterio
eclesiástico del presente y del• pasado
siglo, sobre todo del ejer­
cido desde la Cátedra Apostólica, el haberse ocupado con
reite­
rada insistencia, ya. combatiendo érrores, ya precisando positiva­
mente los principios orientadores de la vida social, de todos
estos temas referidos en diversas
dimensiones a la vida colecri-
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va e hlstórica de la humanidad. De aquí que, para definir ade­
cuadamente el sentido y la validez, es decir, la obligatoriedad
práctica de la doctrina cat6lica en todos estos campos, conviene
preguntarnos en qué sentido y por qué título pertenece a la mi­
sión de la Iglesia el proponerlos a los hombres · como algo exigido
por la vida orientada por
el' Evangelio de Cristo.
«Se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra; así,
pues, id
y enseñad a todas las naciones, ensefiándoles a guardar
-esto es, a poner en práctica-todo lo que Yo os he manda­
do. Y estad ciertos que Y o estaré con vosotros hasta la consuma­
ción de los siglos» ... «Quien a vosotros oye, a,:Mí me·,oye>>.
La promesa de permanencia a lo largo de los siglos hasta la
consumación, nos hace patente que los sucesores de los Apósto­
les, con el sucesor de Pedro a
la cabeza, son los destinatarios de
la promesa del Señor, y que
el precepto de oírles como a Cristo
a ellos
se refiere a lo largo de las generaciones.
A la
luz de las palabras evangélicas, y orientados por la pro­
pia enseñanza del Magisterio de la· Iglesia, podtíamos advertir
ahora
cómo «lo enseñado» en virtud de su misión divina tiene
en sí mismo la doble dimensión sin
la que no podría· cumplirse
el designio de salvación para el que, ha sido instituido aquel Ma­
gisterio: la dimensión de verdad «especulativa», de verdad que
ha de ser profesada
y afirmada y en sí misma reconocida, y la
dimensión «práctica», de
enseñanza, desde la autoridad de Dios,
de cómo
se deben guardar todas las . cosas que Cristo ha man­
dado.
Es conveniente precisar que esta doble dimensión no
coin­
cide con los dos campos que inmediatamente· deberemos distin­
guir en los contenidos del Magisterio, es decir, entre
lo que per­
tenece como núcleo primario y esencial al misterio revelado,
y el orden de las verdades con él conexas .como presupuestos, o
conclusiones especulativas
·o prácticas de las verdades de la re­
velada.
Porque
la misma revelación, que la . Iglesia anuncia y pro­
pone para ser
creída con fe teologal, contiene ya en si misma las
supremas verdades a contemplar y a afirmar por
el cristiano en
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su profesión de fe, y las normas también divinamente reveladas
y promulgadas que son ley divina de la vida cristiana.
El Magisterio de la Iglesia se ejerce con autoridad divina y
ariunda
lo que Dios ha revelado -y según defuúó el Concilió
Vaticano I
se ejerce infaliblemente por el Románo Pontffice­
en el ámbito de la fe y de las éostumbres, de fide · vel .,,,oribus.
Pero .en uno y otro ámbitos, en lo referente al misterio a
cteer
y eh lo referente a la vida del cristiano conforme a las nor­
mas divinas, la Iglesia enseña ton autoridad propia, querida e
instituida por Dios,
no sólo lo contenido en la p~labra de Dios
escrita o transmitida en la Tradición, o que pertenece
al núcleo
del mensaje,
que se propone como verdad salvífica, para ser
creído en la
fe divina, por el acto de la virtud teologal de la fe,
sino también un conjunto de verdades, especulativas · y · prácti­
cas, que tienen necesaria conexión con las reveladas.
Este éonjunto de verdades, conexas con las que pertenecen a•
la fe católica, no se distinguen de los misterios de la fe ni por
tener carácter
«práctico», como si las de la fe sólo fuesen verda­
des especulativas, ni tampoco
porque en ellas el Magisterio no
se ejerza por modo Infalible.
Por el contrario, la doctrina verdadera acerca de la misión del
Magisterio y de
su Infalibilidad, ha de reconocer que el Magiste­
rio de la Iglesia puede ejercitarse también de modo infalible y
definitivo en el ámbito de estas verdades conexas. Es doctrina
común de una teología cotrecta, prescindiendo de las conteinpo­
rán(eas confusiones y equívocos, esta posibilidad de ejercicio infa­
lible del Magisterio · eclesiástico en· el ámbito de verdades cone­
xas coh la revelación, en un ·cuáélrupe campo: en las verdades fi­
losóficas que se presuponen como «preámbulos de la fe» a los
artículo~ qne
han de ser creídos con fe divina; en los juicios sin­
gulares sobre «hechos dogmáticos»; en la canonización de los
santos
y en el de la declaración de lo que pertenece ·a la ley y
al derecho natural.
Quienes
no recortozcan la posibilidad de definir dogmática,
•mente las llamadas «conclusiones teológicas», es decir, 10 que no
se contiene en la palabra revelada explícita o implícitamente, sino
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s6lo «virtualmente» y por medio del raciocinio teológico, han de
incluir además en aquel cuádruple elenco, el de estas «conclusio­
ies teológicas»,
ya que sobre_ ellas puede la Iglesia juzgar infali­
bletnente. Otros
teólbgos han afirmado, incluso, que el Magis­
terio infalible al definir en este campo · 10 hace ya como propo­
niendo lo contenido en
la revelación misma, aunque s6lo estu­
viese
allí virtualmente, y que por lo -mismo lo así definido es ver­
dad dogmática
-que pertenece al núcleo esencial y a la misión pri­
maria del Magisterio y ha de ser creído -con fe teologal como
misterio de
fe divina y católica. Personalmente me inclino por
esta tesis que formuló
el P. Marín-Sola; porque no podía poner­
se en el ámbito de las verdades conexas la definición del conci­
lio de Florencia referente al misterio trinitario, según el cual, en
Dios «todo es uno,
dqnde-no obsta la oposición de relación» que,
por otra parte, parece
_que hay que reconocer como sólo virtual­
mente contenido en la palabra revelada, y alcanzado como
con­
clusión teológica por la vía de la especulación trinitaria de los
Santos Padres, especialmente
de San Agustín.
En todo caso, recordemos esta
doble afirmación:· ]a Iglesia
por mandato de Cristo anuncia lo que hay que
creer y lo que hay
que obrar. Por mandato de Cristo propone la verdad
salvífica y
también todas aquellas verdades, universales o singulares, teóri­
cas o prácticas, sin cuyo reconocimiento y sin cuyo cumplimiento
no
se puede realizar adecuadamente ni el acto de fe ni la vida
conforme a
la misma.
Las precisiones hasta aquí formuladas nos permiten
definir
con mayor precisión lo que entendetnos por «doctrina social ca­
tólica». Hay verdades de fe divina y católica referidas a la vida
social: tales,
por ejemplo, lo que se contiene en la Escritura acer­
ca· del -origen divino del poder. Pero cuando hablamos de «doc­
trina
~ocial católica», utilizamos esta terminología para significar
con ella todo el conjunto de lo que la Iglesia enseña en el ejer­
cicio de su potestad de Magisterio,
en el campo de las verdades
conexas
con lo revelado, en lo referente a todas las dimensiones
de_ la vida social humana; y así como en el ámbito de lo revela­
do,
-de lo que la Iglesia propone para ser creído con fe teologal,
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LA DOCTRINA SOCIAL CATOLICA
no sólo hay verdades especulativas sino también prácticas, tam­
bién en este campo de la «doctrina social católica» se proponen
por la Iglesia verdades
acerca de la naturaleza de las cosas socia­
les, aunque es importante notar que esta doctrina social tiene en
la mayor parte de su contenido y desarrollo el carácter de una
enunciación práctica.
Convendrá aclarar
aqtú también algunos conceptos, que es­
tán muy claros en la teología tradicional, e.incluso en el patri­
monio
filosófico permanentemente válido y específicamente en
Aristóteles, y que suelen quedar confusos en nuestros días.
Se
piensa, a vec~s, 4ue, porque fas acciones humanas son-siempre
. singulares, sólo tienen carácter de «verdad práctica» las decisio­
nes y elecciones particulares realizadas en un concreto aquf y
ahora
.. Pero hay que recordar que toda ley, que tiene, como taC
carácter universal, es una enunciaci6n práctica, imperativa, pro~
mulgada para ser realizada en la acción. No sólo el «último jui­
cio práctico»,
el inmediatamente conexo con la elección singu­
lar, sino todo principio imperativo de orden natural o revelado,
o puesto
por el legislador humano, es también un enunciado
práctico. Y no sólo la ley, sino la enunciación a modo de orien­
tación o de exhortación para su cumplimiento, todo cuanto se
dice para dar
norma y sentido a las elecciones y juicios prácticos
singulares pertenece ya· al entendimiento práctico.
Distingamos también aquí entte lo que
seria un conocimien­
to o consideración racional especulativa acerca del orden de lo
práctico, lo que
llamaban los escolásticos lo «especulativamente
práctico», ele lo que es ya orientado a la acción, aunque seá como
norma universal de la misma. Una «filosofía moral», una «filo­
sofía del derecho» pertenecen al orden del conocimiento especu­
lativo, y difieren no sólo de las elecciones singulares, o de los
actos jurídicos concretos, sino de
las enunciaciones morales «prác­
ticamente-prácticas» de la «teología moral», o de las enseñanzas
de un
conocimiento práctico del Derecho,
Decimos esto
para· poner en claro que la doctrina social ca­
tólica es, en su máxima parte, de carácter prácticamente práctico,
aunque por lo mismo
los documentos que la desarrollan enun-
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clan también verdades de carácter teórico sobre la naturaleza de
las i,ociecládes, de ·las actividades ·y de las relaciones humanas de
que se ocupan. Este carácter «prácticamente práctico», normativo,
orientadór "de la vida social para que en ella se · cumpla todo lo
que Cristo ha mandado, no implica que no corresponda en cada
caso a los sujetos singulares la elección singular prudente que
habrá de tener en cuenta, conio todo juicio regulado por la
vir­
tud del entendimiento práctico que· es la prudencia, todas las cir­
cunstancia"' particulares, El juicio de la prudencia, en su dimen­
sión racional deliberativa, tiene por principio ptimero la norma
universal -prácticamente práctica en cuanto a norma-y coiiio
· colÍclusión aquel último juicio conexo con ·· 1a decisión de v~-.
!untad
qoe es la «elección» ..
Un documento pontificio sobre el matrimonio podrá ser orien­
tádor
y, en sí mismo deberá serlo, para la vida de los fieles, pero
sería contra la naturaleza de las cosas 'tanto lamentar que de él
no pueda naclie concluir una indicación. concreta para la elecciót¡
de aquella con la que quiere establecer el' vínculo conyuga[, como
deducir de este hecho, que responde también a la naturaleza de
las cosas,
que la doctrina católica carece de contenido práctica­
mente orientador para la .vida del cristiano, Sirva este ejemp.Jo
como referencia . de ,dgo que se puede proporcionalmente apli­
car a todos los contenidos y dimensiones de la. enseñanza social
del Magisterio de -Ia · Iglesia,
Aunque la doctrina social católica se. contiene por lo gene­
ral éri lo normativo universa[, en los principios que deben ser
aplicados en lo particular por la prudéricia, específicamente por
la prudencia· del laico
éristiano, no cabría negar el derecho de la
Iglesia a enunciar también juicios
en el orden · de las realidades
sociales históricas en una aquí y ahora mncretas, , El papa Pío
XII notaba· que, puesto que Dios no es nunca neutral ante los
acontecimientos humanos ni ante el curso de la historia, tam­
poco puede serlo la Iglesia; la Iglesia misma juzga si debe o
no emitir
en'. lo particular alguna valoración u orientación con­
cretá, é incluso afumaba ~que! gran pontífice que, «cuando la
Iglesia
habla, cuando juzga los problemas del día; lo hace con la
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LA DOCTRINA SOCIAL CATOLICA
clara conciencia de anticipar, por la virtud d que Dios
mismo, al fin de los tiempos, confirmará y sancionará»,
es-una reafumáción por. la enseñanza del papa de aquello del
Evangelio: «Lo que atareis en la tierra será atádo en eil cielo, y
lo desatareis en
la tierra será desatado en el cielo».
Cuando san Ignacio da
sus reglas para el sentido verdadero
que en
la Iglesia debemos tener», da por supuesta la fe, en cu,u,­
to virtud teologal por la que creemos el contenido revelado, lo
que llaman los teólogos
el objeto primario del magisterio. Al
recordar que, «depuesto todo juicio debemos
· tener ánimo apare­
jado y pronto para en todo obedecer a la verdadera Esposa de
Cristo Nuestro Señor, que
es la nuestra Santa Iglesia jerárquica»,
no está tratando
de los artículos de la fe sino, ptecisamente, de la
aceptación obediente de las normas, orientaciones y juicios dados
por
fa Iglesia para regir nuestra vida. Se advierte claramente esto
por
el contenido de otra de aquellas reglas, en· la que leemos:
«debemos siempre tener para en todo acertar, que lo blancó que
yo veo, creer que es negro, si la Iglésia jetiírquica así Jo. mina, creyendo que entre Cristo Nuestro Señor, Esposo y la Igle­
sia su Esposa, es el mismo espíritu que nos gobierna y rige para
la salud de nuestras almas, porque por
el mismo Espíritu y S¡.
ñor
nuestro que dio los Diez Mandamientos, es regida y gober-
nada nuestra Santa Madre Iglesia».
·
Es indudable que san

Ignacio, al aludir a
lá experiencia hu­
mana ,.lo blanco que yo ,veo» y contraponerle le necesidad de
«creer» que algo es como !o determina la Iglesia jerárquica, no
se refiere a los misterios· trascendentes y sobrenatura,les que es­
tán más allá de nuestra razón y de nuestra sensibilidad, sino que
alude en esta Regla a aquello
que es contenido del régimen y el
gobiemo, para la salud de nuestras
almas,' de nuestros compor­
tamienros para que seamos así dóciles
al mismo Espíritu y Se­
ñor que dio los Diez Mandamientos. Piensa, pues, sáó. Ignacio
en aquello· que
la Iglesia jerárquica determina en orden a la apli­
cación de los preceptos divinos, cumpliendo la Iglesia jerárquica
aquella misión de enseñar a
los hombres a poner en práctica todo
lo que Cristo ha mandado. ·
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Insisto en que esta enseñanza prácticamente práctica se man­
tiene por fo general en las normas universales, pero que no pue­
de el cristiano, alegando su propia responsabilidad y prudencia,
negar a la autoridad de la Iglesia
el derecho a «determinar» en
lo singular, juzgando los problemas del
d!a, fo que sea conducen-
te para el bien de la sociedad cristiana.
.
Precisamente a estas determinaciones se refiere san Ignacio
en la citada Regla. No dudo que a
los polacos católitos les pod!a
parecer la realidad de su patria sometida, tras los inicuos repar­
tos, a los imperios ruso, prusiano y
austriaco, y del derecho a
sus reivindicaciones nacionales, de manera distinta a como la
juzgaron los papas. Gregario XVI, en una encíclica a los obis­
pos polacos, de
9 de junio de 1832, desautÓrizó claramente la in­
surrección nacionalista contra Rusia
--que apoyó con entusias­
mo, por el contrario, el movimiento católico Jiberal de Lamen­
nais-y León XIII, en 19 de marzo de 1894, adoptaba una cla­
ra actitud por la que aconsejaba a los polacos nuevamente la su­
misión al imperio de los zares, al del Kaiser alemán y aJ empe­
rador de Austria, Tal vez, a nosotros; ahora, se nos hace más
fácil comprender que el liberalismo nacionalista de fos polacos
fue, a lo largo de muchas décadas, uno de fos impulsos que ha­
dan posiblle, finalmente, con el hundimiento de los zares, el
triunfo de la revolución bolchevique.
Todo lo hasta aquí dicho
se refiere a fa necesidad de dejar
claramente afirmada la misión de la Iglesia, que no pod!a quedar
reducida
al so!o anuncio de las verdades reveladas · sobre la fe
y las costumbres, sino que, por la misma naturaleza del orden
establecido por Dios, ha de ser competente en este campo
«se­
cundario» del Magisterio, es decir, en todo el orden de verdades
especulativas.
y prácticas que es necesario proponer a. los hom­
bres para
la eficaz custodia de las propias verdades reveladas y
para su cumplimiento efectivo por
los hombres.
Conviene afirmar con
· cla,:idad también que todo lo que per-·
tenece a este objeto secundario del Magisterio, en el que se da
siempre autoridad legitima y en
el que cabe también ejercicio
de
la infalibilidad en algunos casos --<:amo son las normas prác-
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LA DOCTRINA SOCIAL CATOLICA
ticas universales y 1os juicios s.ingulares que se conexionan nece­
satiamente con la defensa de la fe y la puesta en práctica de los
preceptos divinos, como ocurre con
fos hechos dogmáticos o la
santidad de
los bienaventurad~s declarada en la canonizaci6n-,
se subordina al objeto primario, al contenido revelado y salv!­
fico, y tiene toda su rawn de ser en el eficaz conocimiento, de­
fensa y cumplimiento del mensaje divinamente revelado, que es
la raz6n de ser esencial del Magisterio jerárquico.
Esto nos lleva a considerar ahora la doctrina social cat6-
lica en una nueva perspectiva,
la que deriva precisamente de su
comparaci6n con el contenido
mismo de la fe teologal.
Es evidente que
la convicción absoluta de la certeza especu­
lativa y práctica de
la doctrina social católica, de la competen­
cia de
la Iglesia jerárquica para proponerla y del deber de los fie­
les católicos de asentir a ella y ponerla en práctica, no podría
llevarnos a esperar que
se incluyeran en un «símbolo de la fe» o
en una profesión propuesta a quienes van: a ser bautizados,. con·
firmados u ordenados, afirmaciones sobre «el principio de sub­
sidiariedad» y la necesidad del respeto a los
«cuerpos inter­
medios», o formulac;iones sobre la relaci6n eritre el derecho de
propiedad privada,
la función sooal de la misma, los l!mites de
la
intervenc;i6n del Estado en la vida económico-social, o el de­
recho de la familia y de la Iglesia a tener iniciativa y libertad
en el ámbito de la creaci6n
y dirección de escuelas, o de interven­
ción en los medios de comunicación social.
Sobre todo esto hay· una doctrina
sooal que es «doctrina
católica»,
pero que no .es, evidentemente, «misterio de fe». TodÓ
este conjunto de verdades conexas, así las relativas a presupues­
tos filosóficos como las que expresan principios prácticos sin cuya
observancia
se desintegraría la vida cristiana en la sociedad, son
de suma importancia para vivir guardando los
mandami~ntos de
Cristo, pero en ellos y en los misterios qúe nos anuncia nues­
tra Redención por Cristo y nuestra santificación por el Espíritu
Santo que
nos ha sido dado, y por el que se ha derramado la
caridad en nuestros corazones, está la razón de ser· de todo aque­
llo. La fe que es necesaria para nuestra justificación como su
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FRANCISCO CANAlS VIDAL
primera raíz y fundamento, la profesión de la fe que es nece­
saria para nuestra Salvación, tiene-por objeto a Dios mismo é¡ue
nos ha enviado a su Hijo para nuestra salvación, sólo en cuyo
nombre podemos ser salvados.
Quien
se dedicase con demasiada exclusividad al _estudio de
la doctrina social católic~, pero prácticamente descuidase la me­
ditación y contemplación del misterio de Cristo, correría el pe­
ligro de interpretar el «catolicismo,; como una ideología, y la
Iglesia católica
sólo como una institución social humana y visi­
ble.
Su opción por lo que la Iglesia ha enseñado en el ámbito
de lo «social», es· decir, internacionail, político, económico, cul­
túral, educativo, perdería tal vez su vital conexión con la «obe­
diencia a
la fe». Pero en esta obediencia al Evangelio de-que
habla el Apóstol está toda la razón de ser de la seriedad e inr0
portancia práctica capital de la doctrina católica.
Por
fo lIIÍsmo está también en la luz de Cristo la posibili­
dad de captación,
,en su verdadero sentido, de las enseñauzas so­
ciales de la Iglesia. No me parece injusto reconocer que hemos
podido vivir la amarga experiencia de núcleos y grupos para los
cuales la _ insistencia en lo que· se vino en llamar, éxtrañamente,
«éatolicismo social», ha venido a ser caldo de ci:tltivo de la pér,
di& de sentido cnstiano, lo que les ha conducido a las_ inma'
nentizaciones
y limitaciones de horizonte e inversiones de ,en,
tido que les hace asumir el contradictorio título de «cristianos
para el socialismo». Muchos
de lós católicos liberales del siglo
pasado y sus herederos en los movimientos demócrata-cristianos
fueron, y son en el fondo, «cristianos para el liberalismo», «cris­
tianos para la democracia» y, en algunos pueblos, «cristianos para
el nacionalismo».
Nos conviene a nosotros
también examinamos no viniéramos
a ser como quienes «en lo que <;endenas a los otros a ti mismo te
condenas». Porque si_ es profundamente deformador de la propÍa
Je
teologal el orientar la vida como a fin último a finalidades
eónttaiias al mismo orden natural, también sería deformador su­
bordinar la fe al servicio del orden natural, cuya custodia es, des­
de luego, obligatoria. No se puede asentir_ correctamente ni po-
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LA DOCTRINA SOCIAL CATOUCA
ner en práctica debidamente la doctrina social católica sin enten,
derla y vivirla en la autenticidad de la fe ·en Cristo y en su gra­
cia, y en la vida sobrenatural del· amor a Dios sobre todas las
cosas, con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas.
Esto me lleva a formular ahora dos puntos de reflexi6n que
personalmente consideto importantes para
la orientaci6n de nues­
tra tarea.·
Me refieto, en primer •lugar; al importantísimo aspecto
de
fa propia· doctrina social católica, por la que ésta tiené su
primer principio y su último fin, cobra su coherencia y sentido
profundo,
y se hace prácticamente orientadora de nuestra vida,
en la contemplación
y afirmación de Cristo como Rey univer­
sal, al modo como nos invita san Ignacio en sus Ejetcicios a
contemplarlo.
Mi maestro Ramón Orlandis escribió que la idea de Crista
Rey es el núcleo y la fuerza de todo el cueipo de doctrina · reli­
gioso-pólítico-social propuesto al mundo contemporáneo por el
Magisterio de la Iglesia. Al iniciar su pontificado, Pío XII·. alu­
día a la ··consagración universal al Sagrado Corazón realizada por
Le6ri XIII cuarenta años antes, exhortaba a centrar en el ctilto
al Sagrado Corazón de Cristo Rey toda ,Ja vida de la Iglesia, y
presentaba este culto al Rey de Reyes y Señor de Jos que domi­
nan como el alfa y la omega de su pontificado.
Todo el
movimiento en el que está insetto el congreso que
estamos celebrando ha de
recono=se originado en el mismo im­
pulso y actitud que llev6 a Jean Ousset a la publicación de su
libro Pour qu'Il régne. Actuando siempre en nosotros la devo­
ción a Cristo
Rey y el anhelo y la esperanza. del Reinado de su
Cora;i6n Sagrado nos mantendremos siempre en la actitud ade­
cuada para una comprensión y enfoque vetdadero y fecundo de
lo doctrina social católica.
El otro punto al que considero Óportuno llevar la atención
es el referente al lugar, por decirlo así, que corresponde, en la
vida del pueblo de Dios, que es la Iglesia,' al estudio y al cono­
cimiento más desarrollado y cultivado de las en.señanzas de la
Iglesia en estas materias.
Me tomo la libettad de ejemplificar, también de manera muy
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concreta, para acertar a expresar más eficazmente una verdad ca­
pital que formula Santo Tomás de Aquino. Todos conocemos,
y yo personalmente tengo la fortuna de conocer, mujeres que no
han leído nunca, que no
. es de esperar que lleguen a hacerlo tam­
poco en el
futuro, la espléndida enclcli.ca Casti connubii, de Pfo
XI, pero que son· ejemplares esposas y madres de familia. Recó­
nocer esto rio podría llevamos ni a· despreciar el documento pon"
tificio, ni a pensar que no es muy fructífero· para el bien de la
comunidad cristiana y concretamente
para el bien de las familias,
el que haya, individual
y ·colectivamente, quien se entregue con
asiduidad y perseverancia
al estudio de los di>éumentos del Ma­
gisterio pontificio.
Todas
las verdades que desarrollan la enseñanza católica par­
ten, como de su principio, de
.algo que pertenece ya al depósito
de la
fé, al objeto primario del Magisterio, y que se propone o
debe proponerse a todo
fiel ya desde la primera catequesis. Para
seguir moviéndose en
el ejempto puesto, ·recuerdo que la inclu­
sión del matrimonio en la enumeración
de los·. siete Sacramentos
instituidos por Jesucristo, es el germen de que parte y el fin a
que tiende, todo lo que
la Iglesia enseña o legisla sobre el mátri­
monio cristiano.
Si pensamos ahora universalmente lo que se ha sugerido en
este ejemplo nos daremos cuenta de que un conocimiento
siste­
matizado, detallado y conceptualmente

fundamentado, de todo
aquello que
la Iglesia tiene derecho y misión de proponer para
custodia y puesta en práctica de lo que a la fe cristiana pertenece,
es decir, un conocimiento explícito de las verdades conexas con la
fe, no lo tienen por lo común la muhitud d., los fieles cristi~nos,
sino que es .,Jgo a lo que sólo una minoría se dedica y consagra.
En definitiva, ninguna verdad «conexa»
podría ser ·conside­
rada entre aquellas que afirmamos ser «de necesidad de medio
para la salvación». Aunque
sean· necesarias para que en cáda caso,
segón las responsabilidades y circunstancias de cada uno, pueda
el cristiano cumplir
· seriamente los divinos preceptos y profesar
debidamente aquellas verdades
salvíficas. ·
De aquí que haya que reconocer que es bien de la Iglesia el
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LA DOCTRINA SOCIAL CATOLICA
que surjan entre los católicos, y específicamente entre los laicos;
quienes se sientan llamados al estudio y al cultivo de la doctri­
na social católica. Pero que a la vez ha de reconocer que se trata
de una tarea que puede no ser
exigible, ni deba esperarse de la
universalidad de los hijos de lá Iglesia.
Pues bien, he aquí la verdad capital que formula Santo To­
más al plantearse
la oomparación en dignidad y perfección, en­
tre la gracia santificante, la gracia habitual -que nos es infundida
primeramente en el bautismo
y que está destinada universalmente
a todos los cristianos,
y los «carismas»· o gracias dados para el
bien de la comunidad o algunos, tales como profecía, el don de
obrar
milagros, o la prulabra de ciencia y de sabidutía en la que
brillan los doctores de la Iglesia.
Parece, oomienza por objetarse a
sí mismo Santo Tomás, que
-lo más común y universal es menos digno y noble, menos perfec­
to que lo particular
y singular. Así, en Ia naturaleza abunda lo
inerte sobre lo viviente en cuanto
al número y a la cantidad,
pero la vida
es más perfecta. En la vida anim•l son más los irra­
cionales que
los racionales, pero el hombre es lo más perfecto en
la naturaleza de las co_sas visibles. Parece, pues, que también en
el orden de la gracia es más perfecto y noble lo que está desti­
nado a ser participado por pocos,
y menos digno aquello a que
todos están llamados
y que a todos se comunica al incorporarse
por
el bautismo a la Iglesia. _
La respuesta de Santo Tomás es clara y decisiva. «Donde lo
menos común se ordena, como a su fin, a lo más común, lo más
común es lo más perfecto». Todos los carismas, y los ministerios
y potestades, y los «estados de perfección» constituidos para la
práctica de los consejos evangélicos, se Ordenan como a su -fin a
la vida de la gracia santificante. Santo Tomás, en oonexión con
esto, afirma que la perfección cristj.ana no consiste sino en el
cumplimiento perfecto de los preceptos.
Como
afirmó Teresa de Calcuta, la santidad no puede ser
entendida como un privilegio ni como un
elitismo, sino como la
obediencia a
la vocación universal de todo cristiano.
Si todo carisma, todo estado de perfección, incluso toda po-
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FRANCISCO CANALS VIDAL
· testad y ministerio, han de estar al servicio de la difusión de la
gracia santificante por
la que gozamos de la adopción de hijos
de Dios, también toda tarea de estudio y de difusión de la
doc­
trina social católica ha de servit a la mejor y más fiel práctica
de la
ley divina, resumida en el doble precepto del amor.
Como toda teología ha de servir a
la fe, y el ejercicio de toda
potestad a
la vida cristiana, . y todo carisma --que de suyo no
garantiza la salvación eterna-ha de servit a la gracia santificru,.
te, así también d estudio y la tarea de difusión de la social católica ha de considerarse «instrumental» Pata que, por
nosotros mismos y por aquellos a quienes nos
sea dado: ayudar
en esto, vivamos.
más plenamente en «obediencia a la fe», ur­
gidos por la caridad
de Cristo al servicio del · Reinado del amor
de
su Corazón y en esperanza del advenimiento de su Reinado.
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