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1986

La doctrina social católica

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1986
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El pacifismo y la guerra en la doctrina pontificia

EL PACIFISMO Y LA GUERRA EN LA DOCTRINA
PONTIFICIA
POR
JOSÉ MANUEL -MARTÍN CARMONA
I. lNTRODlfCCIÓN,
«Ante los momentos de tensión que _se viven en el mundo,
las imparables escaladas de armamento, las oonferencias y con­
versaciones que mantienen las naciones o bloques de naciones
para tratar del desarme y limitación de armas estratégicas, que
fracasan la mayoría de las veces incluso antes de inciarse, quiero
presentar un fenómeno social de plena actualidad que tiene
.su
mayor vivencia casi exclusivamente en Europa Occidental. Este
fenómeno social
está_ representado fundamentalmente por ciertos
movimientos calificados de pacifistas, los cnales están orientados
y dirigidos de formas muy diversas, según la
finalidad perseguida
por la parte interesada». Con estas palabras comienza un breve
estudio sobre
el tema un ilustre militar, el General Ugarte (1),
y me ha parecido interesante traerlas a colación
al inicio de esta
breve disertación que me honro
en dirigir a los amigos de la
Ciudad Católica, porque ponen de relieve dos aspectos, a mi
parecer importantes, de la cuestión a tratar: uno, el que la ca­
racteriza como fenómeno social con gran auge en el · ni omento
actual que vivimos, y otro, el de que fa condición de pacifistas
con que se titulan tales movimientos no es más, en 1a iñmensa
mayoría de los casos ( casi podríamos decir que en todos), que
un calificativo gratuitamente autoasignado.
(1) ENRIQUE UGARTE GARCÍA: «Pacifismo y disuasión», en Revista
E;ército, julio, 1984, pág . .3.
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Pues, en efecto, como señala el citado comentarista, «estos
movimientos, cuando están hábilmente manejados por sectores
inferesados en ello, aunque verbalmente abogan por
un desarme
general, bilateral y completo, de una forma encubierta
la mayor .
parte de
sus actividades propugnan un desarme parcial, unila­
teral y no generalizado» (2). Bien
es cierto que «los movinúen­
tos pacifistas, en general, son esencialmente heterogéneos y sus
argumentaciones variadísima~» ( 3 ), lo que lleva a distinguir en­
tre ellos a los que se muestran nobles y sinceros en sus razo­
namientos de aquellos otros que actúan movidos por . su afección
a una determinada ideología o potencia militar o política, o, tal
vez, manipulados por ésta ( 4 ), pero incluso haciendo referencia
únicamente a los primeros, podemos
presenciar cómo los fun­
damentos en que se apoyan son débiles y, por si fuera poco,
escasamente
eficaces para conseguir ese • fin de paz que tanto
anhelan y del que han hecho
razón de su existencia.
Para lograr ese objetivo, intentan
indagar sobre las causas
de la guerra, pues, razonan, si se eliminan tales causas se supri­
mirán también sus efectos, es decir,
la existencia de. la guerra,
y en empresa de tanta envergadura, dasifican y acotan dichas
causas en cuatro: primera, la bipolarización del mundo con dos
grandes potencias· enfrentadas, una a la cabeza de cada bloque;
segunda,. los arsenales nucleares; tercera, la diferencia entre paí­
ses desarrollados y subdesarrollados, y, cuarta, el militarismo im­
perante o la propia existencia de los ejércitos (5).
Bien
se advierte que esta enumeración de causas es fácilmen­
te rechazable; por hacerlo
~on palabras de otro ilustre autor
perteneciente a la milicia, el General Santos Bobo, no.
se puede
achacar a
la bipolarización del mundo la causa de los conflictos
bélicos, antes al contrario, ese temor o desconfianza mutuos
existentes entre ambos bloques
es lo que ha venido a evitar la
(2) E. UGARTE GARCÍA, op. cit., pág. 3.
(3) E. UGARTE GARCÍA, op. cit., pág. 3.
(4) Cfr. ANGEL SA-NTOS-BoBo: «El movimiento por la paz», en Re­
vista Ejército, septiembre de 1985, pág. 8._
(5) Cfr. A. SANTOS BoBo: ap. cit., págs. 6-8.
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tercera guerra millldial; tampoco es posible impµtar a la exis­
tencia de arsenales nucleares el motivo o razón de Ja guerra, y
buena muestra de ello fue
la que se desató en el mlltldo en 1939
cuando no había tales arsenales;
ailllque hoy en día no se pro­
dujeran los enormes gastos en medios
·de defensa, nada permite
súponer que esas inversiones se dedicaran por los países desarro­
llados a ayudar a los subdesarrollados,
si tenemos en cuenta el
egoísmo humano; y, por último, cabe decir que no son las Fuer­
zas. Armadas, ni los mandos de las mismas, los que deciden la
iniciación o intervención en los conflictos bélicos, y para cOm­
probarlo bastaría con echar una ojeada al último gran conflicto
de nuestro siglo ( 6
).
Por ello, podemos convenir en que no son esos simplistas
argumentos
-mucho menos, de~ luego, los interesados y ma­
nipulados movimientos-los que nos llevarán por el camino de
la paz, meta deseada· de toda la humanidad;
es necesario cimen,
tarse en más sólidos fillldamentos, en principios más inconmo­
vibles y verdaderos. A
su búsqueda y exposición nos dedicamos
a continuación. Pero hemos de señalar que las referencias más
frecuentes serán a las enseñanzas de Pío
XII, por ser éste, entre
los últimos papas el que vivió
y sintió más de cerca la tragedia
de la guerra.
II. LA RESPUESTA DE LA IGLESIA CATÓLICA.
l. La Iglesia Católica quiere la paz.
En el Eclesiastés se dice: «es mejor la sabiduría que las ar­
mas bélicas» (7). La guerta, en la mente de Santo Tomás de
Aquino, como advierte
Venancio Carro, O. P., es el último
recurso de la autoridad suprema para defender sus derechos y
castigar al Príncipe o pueblo
extrafio que se niega a reparar, en
forma debida, las ofensas y los
dafios causados (8), y, de la paz,
(6) Cfr. A. SANTOS BoBo: op. cit., págs. 6-8.
(7) Eclesiastés: 9,18.
(8) VENANCIO D. CARRO, O. P., La teologla y los teólogos-juristas
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San Agustín escribe en su De civitate Dei: «un bien tan noble
que incluso entre las cosas terrenas no
se puede oir algo tan
grato ni desear nada más
dulce»; en definitiva; como ba dicho
Su Santidad Juan Pablo II, «la Iglesia, depositaria de la Revela­
ción» (9), anuncia al mundo el mismo mensaje que «anunció
Jesucristo
poco antes de la Ascensién al cielo cuando dijo a sus
discípulos: la paz
os dejo, mi paz os doy; no como el mundo
la da,
osla doy yo» ( 1 O).
Es, por consiguiente, una verdad a todas luces evidente que
la doctrina de la Iglesia Católica es enaltecedora de la paz, pro­
motora de la
paz, y, por tanto, deplora la guerta; el 24-de di­
ciembre de 1939, el papa Plo XII, en el sermón pronunciado
en la víspera de Navidad, decía: «La indecible desgracia de
la
guerra ... se ha desencadenado y ahora es ya una trágica reali­
-dad» ( 11 ), y unos meses antes, el 20 de octubre, en su carta
encíclica
Summí Pontífícatus había afirmado: «La salvación de
los pueblos ... no nace de la espada, que puede imponer condi­
ciones de paz, pero no
puede crear la paz» (12).
Pero con decir
esto no decimos .sino algo ya sabido y com­
probado reiteradamente. Por eso, parece oportuno aclarar el
enunciado de este apartado de la exposición: no se trata, obvia­
mente, de la respuesta de la Iglesia Católica a
los planteamien­
tos pacifistas, como si tales planteamientos hubieran sido la
cau­
sa de la doctrina católica sobre la paz, sino de la respuesta sobre
el fenómeno de la paz, sobre su naturaleza y caracteres, sobre las
causas de
la guerra y sobre la moralidad o inmoralidad de la
españoles ante la conquista ·de América, Biblioteca de Teólogos Españo­
les, 2.• ed., Salamanca, 1951, pág. 161.
(9) JuAN PABLO II: «Discurso a lós jóvenes de UNIV'86» (24 de
marzo de 1986). L'Osservat0re Romano, ·edición semanal en lengua espa­
ñola, año XVIII, núm. 15 (901), domingo, 6 de abril de 1986.
(10) JuAN PABLO II: «Discurso ... ».
(11) Pío XII: «In questo giorno», en Doctrina Pontificia, Doc,linen­
tos Políticos, BAC, Madrid, 1958, pág. fl{J7.
(12) Pío XII: «Summi Pontificatus», -en Doctrina Pontificia, Docu~
mentos Políticos, BAC,, Madrid, 1958, pág. 786.
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misma, sobre lo que la Iglesia ha trazado su doctrina, la misma
en todos los tiempos, aunque adaptada a las circunstancias
con­
cretas· de cada momento histórico.
2. ¿ Cuál es la paz católica?
La Pa2/' no es la ausencia de la guerra; como nos recordaba
hace poco tiempo Juan Pablo
II ( 13 ), «existen dos tipos de paz:
la que los hombres son capaces de construir por sí solos, y la
que
es don de :Oios; la que se basa en un equilibrio de fuerzas,
fruto fatigoso de acuerdos y compromisos humanos, y la que
es :._según la expresión del Concilio Vaticano II-«fruto del
orden plantado en
la sociedad humana por su divíno Fundador»;
la que viene impuesta por el poder de las armas y la que nace
del corazón.
La primera es frágil e ínsegura ... La segunda, por
el contrario, es una paz fuerte y duradera, porque, al fundarse
en la justicia y en el amor, penetra en el corazón ... ». Por recu­
r~ir a la clásica defínición de San Agustín, la paz que propugna
la Iglesia Católica es la
tranquilitas ordinis, la tranquilidad que
reína
allí donde cada cosa está puesta en conformidad con el
recto drdenamiento querido por Pios (14). Como advertía Santo
Tomás, «la paz
es . mdirectamente obra de la justicia, en cuanto
elimina obstáculos; pero es directamente obra de la caridad,
porque la causa en esencia» (15).
Ya
se puede saber, entonces, cuáles son las condiciones que
deben existir para que reine la paz: ante todo
y, sobre todo, la
acomodación del orden social al orden cristiano; orden que, con
fundamento en
:Oios, se encuentra plasmado en las normas de
la ley natural que deben irradiar sus principios a las normas
positivas imperantes en
la sociedad humana. Como enseñaba
Pío
XII en su endclica Summi Pontificatus «... el fundamento
(13) JuAN PABLO II: «Discursa •.. » citado en nota (9).
(14)
SAN AGUSTÍN: La Ciudad de D'ios,· XIX, 13,1, BAC, 2.• ed., Mac
drid, 1956, pág. 486.
(15} SANTO TOMÁS DE AQUlNO: Suma Tcofógica, IP-II\q. 291 a, 4,
ad 3, BAC, Madrid, 1959, tomo VII, pág. 925.
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de toda la moralidad comenzó a ser rechazado en Europa, por­
que muchos hombres se separaron de la doctrina de Cristo; de
la que es depositaria y maestra la Cátedra de
San Pedro» ( 16 ),
y consecuencia de la asunción por la sociedad humana de· ese
orden cristiano, la implantación en ella del principio de la uni­
versal comunidad de pueblos, pues «el género humano, aunque
por disposición del orden natural establecido por Dios, está
di­
vidido en grupos sociales, naciones y Estados, independientes
·mutuamente en lo que respecta a la organización de su régimen
político interno, está ligado, sin
embargo, con vínculos mutuos
en el orden jurídico y en el orden moral» ( 17).
Pero esta paz,
que
se funda en los valores de la justicia social, la dignidad y
los derechos de cada persona humana; no debe ser sólo operante
en las relaciones interestatales; también dentro
de cada nación
es necesario que se observen los principios de la ley natural;
como nos recuerda el papa Juan Pablo
II. «... ¿tiene la ,Paz
una suerte real cuando no está garantizada la 'libre participatión
en las decisiones colectivas o el libre disfrute de las libertades
individuales? No hay verdadera libertad cuando todos los pbde;
res están concentrados en manos de una· sola clase social, de 'ilrui
sola raza, de. un solo grupo; o cuando el bien común se l:onfun­
de con los. íntereses de un solo partido que se identifica co11 el
Estado» ( 18). Libertad; pues, tolno fundamento de la paz, pero
libertad cristiana, encaminada, como afirmá Pío XII en su alocu­
ción La decimaterza, a -«la progresiva realización, en todos. lo,s
campos de la. vida, de los fines señalados por Dios a la humani­
dad» (19), q.;é está en contrá, por tanto, dd rechazo siste~á-
(16) Pío XIII. Summi Pontificatus, -op. Cit., pág. 765.'
(17) Pío· XII: Summi Pontificatus, op. cit., pág. 782.
(18) JuAN PABLO II: «Mensaje con motivo de celebrarse la Jornada
Mundial de la paz» (1 deneto de 1981). L'Osservatore· Romano, edición
semanal, en lengua española, año XII, núm. 52 (626), domingo, 28 de
diciembre de 1980, ·
(19) .Pío XII! «La decimaterza», en Doctrina Po_ntificia,· DocumenM
tos Politicos, BAC, Madrid, 1958, pág. 993.
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-rico de toda autoridad,. y que exige la aceptación por el hom­
bre de su propia responsabilidad ( 20 ).
3. Las causas de la guerra.
Como lógico corolario de lo anteriormente expuesto, la ausen­
cia de esas condiciones de paz son causa de conflictos bélicos,
de la guerra; bien es cierto que «la causa última de todos los
desequilibrios
y de todas las violencias es el pecado que, en cuan­
to degradación
para el mismo hombre, le impide conseguir su
propia plenitud», como se refleja en la Constitución Pastoral
Gaudium et spes (21), pero la Iglesia, baja de las alturas, por
así decirlo, y trata de mostramos, por medio de sus pontífices,
cuáles son las causas
más directas y cercanas de la guerra, las
causas inmediatas a los hombres, las que tienen su origen en
el comportamiento de éstos;
Así, Pío XII nos enseña ( 22) cuáles son los principales erro­
res
políticos-que hacen imposible, o al menos, precaria e incier­
ta, la tranquila y pacífica convivencia entre los pueblos: uno,
el ovido de la ley de mutua. solidaridad y caridad humana, soli­
daridad fraterna que no se opone a un legítimo patriotismo,
siempre que éste no
sea obstáculo al precepto cristiano de la
caridad universal,
y que enlaza con uno de los títulos legítimos
expuestos por nuestro eximio teólogo Fray Francisco de Vitoria,
el de la sociabilidad universal de todos los hombres
y de todos
los pueblos y naciones; y otro, en el que incurren los que pre­
tenden separar el poder político de toda relación con Dios, tanto
(20) . Por su parte, Juan XXIII, a lo largo de la encíclica Pacem irt
terris, siguiendo a Slis predecesores en el Pontificado, indicó que las re­
laciones intetnacioriales debían de 'fundarse en la-· verdad, la justicia, la
activa solidaridad, la libertad y la caridad, porque la paz «no pUede es­
tablecerse ni consolidarse si no se respeta fielmente el orden establecido
por Dios», en Ocho grandes mel'Jsaies, BAC, 12.a ed., Madrid, 1981, pá­
gina 211.
(21) ]!JAN PABLO II: •Discurso ••. >.
(22) Cfr. Pío XII: Summi Pontificam;,' op. cit., págs. 768-776.
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más cuanto que lo desligan de todas aquellas normas superiores·
que brotan de Dios como fuente primaria y
;tribuyen a ese mis­
mo poder una facultad ilimitada de acción.
Aún más, en su afán por indicar a los hombres el camino
correcto a
la luz de los principios morales católicos, el Santo
Padre, en su alocución
Grazie (23 ), concreta y· analiza de forma
más detallada las más
pr6ximas causas de los conflictos, el odio,
que lleva consigo que
se pierdan en los hombres los ideales de
veracidad, justicia
y cooperación al bien común; la desconfian­
za, que impide
la observancia de los pactos y los tratádos; la
utilidad
y la fuerza como base y fuente del derecho, que nos
alejan de la moralidad en las normas del consorcio entre. las
naciones; las diferencias económicas demasiado estridentes, y,
por último, el frío egoísmo, que nos aparta de la solidaridad
jurídica y económica.
Pues bien, para esos males
la doctrina pontificia aporta los
remedios más adecuados, los que evitarían la aparición de nue­
vos conflictos entre las· naciones, y que especificamos a c~ntinua­
ción tal y como la hacía el pontífice tan reiteradamente men-
cionado en su alocución Nell'alba: ·
-el respeto a la libertad, la integridad y la seguridad de
otras naciones, cualquiera que sea su extensión· territorial o su
capacidad defensiva.
-la necesidad de una participación de todos en los bienes de
la tierra, de forma que las naciones menos favorecidas por la
naturaleza no queden excluidas de
las fuentes económicas y las
materias de uso común_.
-el rechazo a una guerra total y a una desenfrenada carrera
de armamentos; el desequilibrio entre un exagerado armamento
de los estados poderosos y el deficiente armamento de las .na­
nes débiles crea un peligro a la conservación de la paz (24 ).
(23) ar. Pío XII: «Grazie», _ en Doctrina Poniificia, Documentos
Po/lticos, BAC, Madrid, 1958, págs. 822-823.
(24)
Pío XII: «Nell'alba», en Doctrina Pontificia, Documenios Polí­
ticos, Madrid, 1958, págs. 832-833.
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-y, por encima de todos ellos, -la vuelta al orden cristiano,
que
es la verdadera garantía de la _paz; en tanto que los tres an­
teriores son requisitos materiales o temporales que promoverán
y ayudarán al restablecimiento de la paz y a su ·consolidación,
este último,
que los engloba a todos, es el esencial, el primor­
dial para la implantación en la sociedad humana de un verda­
dero espíritu de paz. Por eso, para el Santo Padre, no
es correcto
deducir que
el desarme, la desaparición de las armas más dañi­
nas, sea d único requisito para alcanzar la paz. «También Nos
-señala-, y más que otro cualquiera, deploramos la mons­
truosa crueldad de las armas modernas
... Pero, por otra par­
te, ¿no
es quizás ·una. especie de materialismo práctico, de sen­
timentalismo superficial, considerar en el problema de la paz
únicamente o principalmente
la. existencia y la amenaza de ésas
armas, mientras no se da valor a la. ausencia del orden cristiano,
que
es la vetdadera garantía de la paz?» (25); y añade, «de aquí,
entre otros motivos, ]as discrepancias
y aun las inexactitudes
sobre
la licitud o ilicitud de la guerra moderna; de aquí igual­
mente la ilusión de algunos políticos, que dan una importancia
excesiva a la existencia o a
la desaparición de dichas armas».
4. La moralidad o inmoralidad de la -guerra.
Porque lo decisivo para la doctrina de la Iglesia Católica no
es, como ya se ha dicho, los medios µiateriales o las razones
temporales, sino la voluntad cristiana de_ paz.
Es ésta una voluntad que viene de Dios
y que tiene sus ar­
m.as en el amor y la oración, que se reconoce fácilmente porque,
obediente al divino precepto de fa paz, no hace jamás de una
cuestión de prestigio o de honor nacional,
,un caso de guerra,
ui siquiera una amenaza ·de guerra, cuyo princi¡,iil fin ·es remo­
ver, o, al menos, mitigar las tensiones que
ag:ravan moral y _ma­
terialmente el peligro de guerra, y que es señal de fuerza, no
debilidad o cansada resignación.
(25) Pío XII: La decimaterza, op. cit., pág. 992.
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De esta· forma nos lo muestra Su Santidad Pío XII, en su
alocución
Gravi: «Toda guerra de agresión c:ontra aquellos bie­
nes que el ordenamiento divino de la· paz obliga incondicional­
mente a respetar
y a garantizar, y, por consiguiente, también a
proteger
y defender, es pecado, delito, atentado contra la ma­
jestad de Dios
... Un pueblo amenazádo o víctima ya de una
injusta. agresión, si quiere pensar y obrar cristianament~, no pue­
de permanecer en una indiferencia pasiva». Y ello, porque «el
precepto de la
paz es de derecho divino. Su fin es la protección
de los bienes de
la humanidad, en cuanto bienes del Creador.
Ahora bien, entre estos bienes
hay algunos de tanta importancia
para
la humana convivencia, que su defensa contra la injusta
agresión es, sin -duda, plenamente legítima. A esta defensa está
obligada también
la solidaridad de las naciones, que tiene el de­
ber de no dejar .abandonado al pueblo agredido.
La_ seguridad
de que· tal deber no ha de quedar sin cumplirse servirá ¡,ara
desalentar al agresor
y, consiguientemente, para evitar la guerra,
o al menos, en la peor hipótesis, para abreviar sus sufrimientos.
De esta manera es como queda mejorado el refrán si vis pacem
para bellum, como también la fórmula "paz a toda costa." Lo
que importa es la verdadera y cristiana voluntad de paz» (26).
En este párrafo de la alocución Gravi está condensada toda
la doctrina de.
la licitud o ilicitud de la guerra mantenida por
la Iglesia Católica y, mantenida desde siempre, si bien que
adaptada a las
circur.stancias concretas del momento; la que
explica Santo Tomás de Aquino
en la Summa Theologica al
tratar la cuestión «De bello» (27); y exigir para la licitud de la
guerra, tres requisitos: competencia exclusiva del Príncipe o
autoridad suprema para declararla; justa causa, es decir, que
haya
precedido ofensa grave; y rectitud de intención, o lo que
es lo mismo, encaminada a procurar el bien y evitar el mal, y
_ ello porque la_ guei-rá es medio; no fin; medio para asegurar la
(26) Pío XII: «Gravi»,--enDoctrina Pontificia, Documentos Politicos,
BAC, Madrid, 1958, págs. 963-966.
(27) SANTO TOMÁS DE AQUINO: Suma Teológica, IP-IJa, q. 40, a. 1,
resp., BAC, Madrid, 1959, tomo VII, págs. 1.075-1.076.
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paz interna y externa, el orden, la justicia. Es esta la tnisma
doctrina que, proveniente del Doctor Angélico,
es aceptada y
desarrollada por los te6logos espáñoles del siglo XVI, Vitoria,
Domingo de Soto (28), y que se recoge en las palabras de
Pío XII, pronunciada en 1954, cuando, refiriéndose a la guerra
total A.
B. Q., y después de reafirmar ]a sempiterna doctrina
de la guerra justa, únicamente la rechazaba como inmoral en el
supuesto de que la utilizaci6n de este medio escape enteramen•
te al control del hombre, pues entonces
ya no se trataría de la
defensa contra la injusticia, m de la salvaguardia necesaria de
posesiones .legítimas, sino de la
anlquilaci6n pura y simple de
toda vida humana (29), pues,
en conclusión, como ha dicho
Le!,nard Constant, el profesor católico que 'murió socorriendo· a
unos heridos alemanes durante
· un tumúlto en la ·época del se­
paratism9 del Rhin: «Puede haber ·una paz más culpable, a los
ojos del amor, que muchas guerras:
la que estaría c:Ompuesta
de cobardía y abdicaciqn por una parte y, por otra, de una in­
justica triunfadora»
(30). ·
(28) Cfr. VENANCIO D. CARRO: op. cit.
(29) Citado-por ·GoNZALO MUÑiz ·VEGA, Los Obietores d,e" conciéhcia, ¿delincuentes o mártires?, Speiro, ·Madrid, ·1974, 'págs. 26-27. · En consonaµcia con todo, ·Io ru;iterior,-puede verse la «Consdtución pas­
toral sobre la Iglesia en el mundo actual») en el volumen- · Concilia V ali­cano II. Constituciones. Decretos. Declaraciones. Legislaci6n poscp,¡ciliar~ i BAC, 7.• ed., Madrid, 1970. . . . ..
Así, la Gaudium et spes, admite la utilización de la fuerza militar para
defenderse con justicia (pág. 390), -.señala límites a-la legítima· defensa (pág. 391), rechaza la licitud de las destrucciones indiscriminadas (pági­na :391 ); indica que la carrera de armatnentQs COmo ·sistema · dis:uasl6n no
es camino seguro para conservar firmemente
la paz y que el llamado equi­librio que de ella proviene no es la paz segura y auténtica (pág. 392) y desea la reducción de armamentos pero no de forma unilateral, sino si­multánea y de mutuo acuerdo y con auténticas y eficaces garantías (pá­gina 394. Véase también, en el mismo sentido, Juan XXIII en Pacem in terris, edición citada pág. 241).
(30l Citado por GONZALO MUÑ1z VEGA en Los obietores de concien­cia, ¿delicuentes o mártires?, Speiro, Madrid, 1974, pág. 31.
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