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1989

589-1789

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1989
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Consideraciones sobre la Contrarrevolución

CONSIDERACIONES SOBRE LA CONTRARREVOLUCION
POR
LUIS MARfA SANDOVAL
Motivación y propósitos.
1. Nosotros nos contamos entre aquellos que no celebramos
1789, fecha emblemática de
la Revolución francesa y, por exten­
sión, de todos los procesos revolucionarios -liberales, socialis­
tas
y otros-que de ella traen causa. Muy al contrario, proru­
ramos especialmente en este su bicentenario combatir, denunciar
y desenma11Catar lo que fue y supone hoy la Revolución.
Paradójicamente, y precisamente por ello, existe el riesgo
real de que, al reincidir sobre sus tesis y sus
fautores, estemos
contribuyendo, aun en pequeña medida,
a aumentar su renombre
y
fama; que es como · se define precisamente la 'celebridad'.
Muy por
el contrario, los nombres y hechos de los héroes y
pensadores adversarios
de la Revolución con mayúscula no son
suficientemente recordados. A veces los contrarrevolucionarios
son menos
· conocidos que sus adversarios hasta para los propios
simpatizantes de las ideas que defendieron, los que se
reclaman
sus herederos.
¿A
cuántos de éstos no les es más fácil citar tres obras de
Rousseau que de Maistre? ¿Hasta qué punto no les suenan más
o identifican mejor a los convencionales, a los mariscales
napo­
leónicos o

a
algunos catbonarios italianos que a los caudillos ven­
deanos o miguelistas, e incluso carlistas? ¿Cuántos ejemplos
si­
milares no se podrían poner?
Es cierto que
es todo el ambiente cultural oficial el que fa­
vorece ese mayor conocimiento de los revolucionarios triunfan­
tes. Pero eso más que justificación debe constituirse en acicate:
es un deber, auténtico y grave, contrarrestar las dosis de la
his-
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toria y la cultura revolucionarias establecidas, con una familiari­
zación
todavía mayor con 1a tradición contrarrevolucionaria. De
otro modo se estará absorbiendo poco a
poco esa cultura conta­
minada
o, todo lo más, se quedará reducido . a la tris¡:e situación
de estar
en la vaga idea de tener razón, pero a falta de los nom­
bres y
conocimientos concretos que la reafirman y que dan los
argumentos para polemizar con éxito.
Y eso es sólo el mínimo previo, porque no se trata tanto de
que los
ya convencidos conozcan más y mejor a sus predeceso­
res y maestros, sino de darlos a conocer a todos, de
modo que
se aprecien su clarividencia y sus aciertos y prevalezqui sobre
los revolucionarios hoy celebrados, que desencandenaron con
sus
utopías las tiranías y catástrofes de estos dos siglos. Los con­
trarrevolucionarios del. pasado, por tener razón, tienen un valor
universal y deben ser ampliamente divulgados y reconocidos.
2. Por consiguiente, lo apropiado
en 1989 no es sólo redo­
blar los ataques a la Revolución, sino más. aún celebrar el bicen­
tenario de
la Contrarrevolución, aceptando para ello, siquiera
sea a
título provisional, la misma fecha simbólica, con lo que se
reflejarla su carácter de respuesta inmediata y viva a la agre­
sión revolucionaria
(1 ).
El propósito de este trabajo es, "en· primer lugar, recalcar la
necesidad de celebrar a los contrarrevolucionarios de estos
dos
siglos mejor que ocuparse una vez más de los enemigos, aunque
sea para denunciarlos, máxime cuando en nuestros días se está
produciendo ya desde algunos círculos independientes la revisión
crítica de la Revolución franoesa.
La oportunidad de esa celebración
se impone por un doble
motivo: primero, por
· un deber de piedad para con nuestros pre­
decesotes en
el mismo combate; segundo, para reflexionar.acerca
(1) Es cierto que hubo adelantados del combate contrarrevolucionario
antes
de 1789, y es lógico que así fuera, puesto que tampoco la Revolu­
ción nació de repente ese afio, pero el simbolismo conmemorativo enttafia
siempre una
cierta ittbitrariedad. Y aunque se pueda proponer alguna efe.
mérides prop'ia para conmemorar la Contrarrevolución universal, es du­
doso
que se lograra d suficiente consenso al respecto.
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CONSIDERACIONES SOBRE LA CONTRARREVOLUCION
de la propia identidad. Es sorprendente constatar cuán pocos
estudios poseemos acerca
de la Contrarrevolución, considerada en
general
y en sí misma, sobre todo si se comparan con los abun­
dantísimos que han producido nuestras filas dedicados a histo­
riar el proceso revolucionario, a analizarlo y a aventurar inter­
pretaciones de conjunto (2). Y, sin embargo, si el obrar sigue
al ser, será necesario profundizar en lo que caracteriza a la Con­
trarrevolución, y difundirlo después con reiteración, para que
pueda llevarse a término.
Por eso
el título que hemos elegido, homenaje por una par­
te
al libro príncipe de la contrarrevolución católica, las Consi­
deraciones sobre Francia de José de Maistre, y más aún, adver­
tencia
de que no pretende ser un estudio completo y minucioso
del tema, que estimamos sin hacer, sino tan
sólo un avance de
tesis
y distinciones aisladas, a menudo sin remisión a otros
autores.
Sin embargo, cumplirá su objetivo si ve atendida su invita­
ción a abrir la exploración
de las cuestiones apuntadas .y la
controversia. Lo importante es que otros más autorizados se
ocupen de la cuestión y completen, o sustituyan, estas conside­
raciones para llegar a constituir una teoría sistemática
de fa
Contrarrevolución.
La consideración del nombre.
3. Para comenzar, conviene siempre hacer alguna consk!e­
ración sobre el término empleado antes que acerca del concepto
mismo.
(2) Posiblemente, la aproximación más completa y sistemática a la
Contrarrevolución ·disponible en: castellano es la que contiene el libro de
PLINio CORREA DE ÜLIVEIRA, Revolución y Contra"evoluci6n, de referen­
cia ineludible ( con varias ediciones, citaremos d~ ahora en adelante esta
obra por la de la Edi,torial Femando III el Santo, Bilbao, 1978). Su edi,
ción italiana está enriquecida por un amplio y valioso ensayo introducto­
rio .. de Giovanni Cantoni. La Contrarrevolución, de THOMAS MoLNAR, es
un ensayo con múltiples
sugerencias interesantes.
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Sin duda, el origen del término y del empleo que aquí le
damos
es francés. Desde el momento en que los asambleístas de
la Constituyente identificaron su cl,ra como una categoría, la
Revolución por antonomasia,
era ineludible que tacharan a todos
los que
se les opusieran de contrarrevolucionarios; y a su vez,
alguno de
éstos, como De Maistre, no tuvo inconveniente en
llamar así a
la restauración de la monarquía francesa, al pole­
mizar sobre
el modo en que podría producirse y lo que no se
había de temer de ella (3 ).
Sin embargo, la denominación de contrarrevolucionarios no
se ha adoptado nunca de forma general. Y es que, según los dis­
tintos países, los revolucionarios se han presentado a sí mismos,
o han sido conocidos, con .nombres distintos: jacobinos,
cartis­
tas, liberales, etc.; y otro tanto ocurre con los que les resistie­
ron: realistas, saníedistas, legitimistas, tradicionalistas
...
El término contrarrevolucionario con valor universal es evi­
dentemente de origen culto, y queda acuñado entre los intelec­
tuales católicos ( 4) a medida que se extiende la conciencia de
{3) Serla interesante estaWecer la primera vez en que los revoluciona­
rios
franceses se atribuyeron este nombre, y quiénes y cuándo pusieron
en circulación el epíteto de contta.rt'eVOlucionario para sus adversarios. En
cualquier caso las Consideraciones sobre Francia de MAISTRE son de 1796,
y hasta en los títulos de los dos últimos capítulos adopta' ya sin reparo el
término Contrarrevolución.
( 4)
En el Magisterio Pontificio no se menciona la Contrarrevolución
aunque sf lo sea la Revolución, expresión mucho más generalizada. Sin
embargo conviene recordar
al respecto este expresivo pasaje de la Notre
charge apbstolique de San Pío X en 1910: «Que estén convencidos ...
que
la Iglesia, que nunca ha traicionado la dicha del pueblo con alianzas
comprometedoras, no tiene que separarse del pasado, y que basta volver
a
tomar, con el concurso de los verdaderos obreros de la restauración· so­
cial, los organismos rotos por la Revolución y adaptarlos, con el mismo
espíritu cristiano que los ha inspirado, al · nuevo medio creado por la evo­
lución material de la sociedad contemporánea, porque los verdaderos
amigos del pueblo no son ni revolucionarios ni innovadores, sino tradicio­
nalistas» (§ 44).
Existen muchos otros pasajes donde los Papas instan a los cat6licos a
combatir los frutos de la Revolución.
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CONSIDERACIONES SOBRE LA CONTRARREVOLUCION
que existe una unidad. filosófica y antirreligiosa de fondo entre
las distintas revoluciones de estos doscientos años. La familiar
cita de Albert
de Mun es necesaria una vez más por definitiva
y lapidaria:
«La Revolución es una doctrina· que pretende fun.
dar la sociedad sobre la voluntad del hombre, en lugar
de fun­
darla sobre la voluntad de Dios
... La Contrarrevolución es el
principio contrario, es la doctrina
que. fundamenta la sociedad
sobre la
ley cristiana» (5).
En las últimas décadas, dos polos intelectuales de amplia
proyección internacional, la
Oté Catholique francesa y la TFP
brasileña,
han contribuido a extender por sus estelas de influen­
cia ese uso del término contrarrevolucionario.
4. Al margen
ya del aspecto histórico, la verdad es que la
palabra contrartevoluci6n resulta más bien antipática.
Primero
por inc6móda: desde ahora pedimos gracia al lector
por las veces en que aquí se ha de repetir con sus seis sílabas
y diecisiete letras, por no hablar ya de sus derivadas.
Pero sobre todo por un motivo
psicol6gico. Es cierto que,
en un sentido genérico y común, contrarrevolución es la resisten­
cia que se opone a una revolución, bien para impedir que se
consume, bien sea para restaurar el orden que se acaba de sub­
vertir; y que, por lo tanto, su bondad o malicia dependen del
orden que
se defiende, no de la prioridad en la acción. Sin em­
bargo, su construcción negativa, a base del prefijo 'contra-', su­
giere una idea de carencia y, como tal, de imperfecci6n, por lo
cual produce una cierta repugnancia instintiva a identificarse
con ella.
Es en vano considerar razonablemente, como hace Plinio
Correa de Oliveira ( 6
), la frecuencia con que designamos con
términos de construcción negativa a realidades positivas: así,
independencia, antiséptico, contraincendios, porque lo cierto es
(5) Discurso en la Cámara de los Diputados en noviembre de 1878
(citado por JEAN ÜUSSBT, Para que El reine, Editorial Speiro, Madridi
1961, págs. 560-561).
(6) Op. dt., págs. 104-105.
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LUIS MARIA SANJJ.OVAL
que no resulta una palabra atractiva ni popular, no es política
en suma.
5. Pero a cambio de los inconvenientes publicitarios posee
grandes ventajas desde otros puntos
de vista.
La ventaja fundamental es formativa: la identificación como
contrarrevolucionario implica haber comprendido el protagonis­
mo que tiene
en la Edad Contemporánea ese haz de corrientes
subversivas,
<;<>incidentes en su aversión a la religión cristiana
y al orden natural. Siendo conocido
específicamente por Revo­
lución, impone a su vez el uso de la palabra Contrarrevolución.
El concepto de Contrarrevolución en la doctrina política cons­
tituye una base firme y uniforme de entendimiento, todo lo con­
trario, por ejemplo, de los que con muy escasa perspectiva pre­
tenden
fundar una 'Tercera posición' ( ¡que debería ser la deci­
motercera, si se cuentan todos los que así se han presentado!),
en lo cual hay un múltiple
error: sea incapacitarse para apreciar
la diversidad de la Revolución, que no se reduce a dos tenden­
cias, sea ignorar
la posición política católica, sea confundirla con
otra como el conservadurismo, sea equipararla a las revolucio­
rutrias y terciar entre ellas, sea ¡el pretender inventarla!
Y es que aunque el término sea enojoso y teóricamente sus­
tituible, prescindir de la concepción contrarrevolucionaria y las
expresiones qúe la recuerdan presenta un riesgo muy cierto: pre­
tender
erigir a posteriori nada menos que toda una cosmovisión
a partir de lemas o nombres coyunturales. Nada habría que
ob­
jetar en principio a que los contrarrevolucionarios participaran
en la lucha política presentándose
como 'revolución nacional' -lo
han hecho-, lo peligroso es tomar esa etiqueta como un princi­
pio, del que
se concluirá en el extremo de «sólo aceptar la lucha
contra el marxismo en el terreno de la rivalidad revoluciona­
ria» (7).
La otra ventaja del término contrarrevolución
es su valor uni­
versal en
espacio y tiempo. Precisamente porque los grupos con-
(7) La frase es de RAMIRO LEDESMA RAMOS eo su artículo «Las
JONS revolucionarias», Revista
JONS, enero de 1934.
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CONSIDERACIONES SOBRE LA CONTRARREVOLUCION
trarrevolucionar;íos concretos de cada país suelen adoptar otros
apelativos, aquél queda libre
para designar al tronco común de
todos ellos en
cada nación y en el mundo.
Finalmente, un término
-rehuido puede ser cargado de signi­
ficado por quien únicamente lo
acepta -el tradicionalismo po­
lítico católico--, siquiera sea porque lo ostente en solitario sin
quedar englobado
y confundido con otros.
6.
De todo lo dicho anteriormente se desprende que no de­
berían surgir
ni mantenerse diferencias insalvables con aquellos
que se resisten al término contrarrevolución por motivos exclu­
sivamente tácticos. Pero siempre bajo la condición indispensable
de que, al margen de la bandera externa que se escoja, la
filo­
sofía que se sustente obedezca plenamente a la concepción con­
trarrevolucionaria, en cuanto a la génesis del mundo moderno y
la identificación con
la causa de la Cristiandad. Y desde luego
tampoco puede admitirse la descalificación explícita del
térmi­
no contrarrevolución.
Por lo demás, el concepto de Contrarrevolución, que es la más
radical de las contestaciones al mundo moderno ( 8 ), es perfecta­
mente accesible
y admisible para los que de ese nombre temen
una complicidad con
el estado de las cosas establecido.
La referencia a la Revolución.
7. Si etimológicamente contrarrevolución es lo que se opo­
ne a una revolución, debemos aclarar, al menos lo estrictamente
preciso, qué entendemos por la Revolución con mayúscula a la
que
se enfrenta la Contrarrevolución.
V allet nos
e,cplica así lo que es esa revolución por excelen­
cia: «¿Cuál es el origen de este nombre propio La Revoluci6n?
(8) Refiriéndose a la doctrina social de la Iglesia, Miguel Ayuso ha
escrito: «Es la que podrfa llamarse la contestaci6n cristiana del mundo
moderno. Que, cronológicamente, es, además, la ptimera», «El orden ·po­
lftico cristiano en la doctrina de la Iglesia», ·en Verbo, 267-268, pág. 960.
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LÚJS MARIA SANDOVAL
Es, sin duda, una extensión de su referencia a la gran Revolu­
ción, es decir, a la Revolución francesa, que por muchos alíos
fue
La Revolución por antonomasia, y a la que se ha seguido
considerando como madre
de casi todas las revoluciones, mayo­
res o menores, que después han tenido lugar. La extensión ope­
rada en el concepto comprende, ranto la mentalidad que hizo po­
sible la ideología revolucionaria ... , como asismismo el posterior
desarrollo de
sus ideas, bien sea en la línea del liberalismo y del
anarquismo
como en la de los socialismos, utópicos o mands­
tas» (9).
Plinio Correa de Oliveira atribuye al concepto de Revolución
los siguientes caracteres: una crisis del hombre occidental y cris­
riano que
es universal, una, total, dominante y que sigue un pro­
ceso; su objetivo es destruir todo un orden de cosas legítimo,
abolir una visión del universo y
un modo de ser del hombre: la
disposición
de los hombres y de las cosas según la doctrina de la
Iglesia y la Ley Natural (10).
Intentando reunir todos los caracteres apuntados por
di­
versos autores, entendemos por Revolución un complejo haz
de tendencias desordenadas y corrientes de pensamiento erróneas
de las que
se derivan vastas consecuencias sociales más o menos
sistemáticas. Dicho haz
.posee una unidad profunda, y su prin­
cipio central es el antropocentrismo (por lo común
acompalíado
de un voluntarismo orientado a la utopía). Sin embargo, se desa­
rrolla gradualmente a lo largo del tiempo, y da lugar a manifesta­
ciones opuestas y hasta conflictivas entre sí. El propósito últi­
mo de la Revolución, que
es algo propio de los tiempos moder­
nos, consiste en sustraer al hombre, y especialmente a las
socie­
dades de la Ley Divina, tanto de la Revelación cuanto del Orden
Natural.
(9} JUAN VALLET DH Gon1sol.o, «Aclaraci6n previa eri torno a la
palabra 11revoluci6n"», en Revolución-Conservadurismo-Tradición, Editorial
Speito, Madrid, 1974, págs. 23-24. El libro entero, constituido por la's
actas de la XIII Renni6n de amigos de la Ciudad Católica en 1973, se
centra sobre la temática que aquí se aborda.
(10)
Op. cit., págs. 34-37 y 61-62.
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CONSIDERACIONES SOBRE LA CONTRA.RREVOLUCION
8. Ya vimos antes la famosa definición de Albert de Mun;
Jean Ousset ha recopilado
en su Para que El reine un buen acer­
vo ele citas semejantes, tanto de autores revolucionarios, como
católicos y contrarrevolucionarios, incluyendo eclesiásticos, que
conviene
consultar, (11). Todo ello no tiene otra finalidad sino
justificar
el uso y el sentido de esa fórmula 'la Revoluci6n', so­
bre la que están de acuerdo, unánimemente, tanto sus partida­
rios como sus adversarios.
Pero aún hay algo más importante: la palabra Revolución, en
la acepción que le damos, no sólo ha sido de uso común entre los
polemistas católicos, sino que ha sido empleada en ocasiones
por los
núsmos Papas. Sobre todo, el Magisterio Pontificio se
ha referido reiteradamente (y hasta nuestros días), al concepto
mismo, es decir, a
la existencia de unas corrientes anticristianas
típicamente modernas, vinculadas por una génesis común. Con­
sideramos conveniente citar ejemplos para refrendar que 'la Re­
volución' no es una concepción extraña a la Iglesia, ni constitu­
ye tan sólo una visión particular.
La Quanta cura de Pío IX (1864) es toda ella una condena de los
errores revolucionarios modernos, fundamentalmente libetalcs, y, sobre
todo, su anejo, el Syllabus de proposiciones condenadas, de las que es co­
lofón su conocida proposición 80 y última: «El Romano Pontífice puede y
debe reconciliarse con el progreso, el liberalismo y la civílizaci6n modero.a»..
León XIII, en la Diuturnum illud (1881), comienza precisamente refi­
riéndose a «La prolongada y terrible ¡¡uerra declarada contra la autoridad
divina de
la Iglesia ha llegado a donde tenia que llegar, a poner en pe­
ligro universal la sociedad humana ·y, en especial, la autoridad política, en
la cual estrib• el fundamento de la ·,alud pública• (§ 1);
y más adelante: «Las consecuencias de la llamada· Reforma comprueban
este hecho. Sus jefes y colaboradores socavaron con la piqueta de las nue­
vas doctrinas los cimientos de la sociedad civil y de la sociedad eclesiás­
tica y provocaron repentinos alborotos y osadas rebeliones principalmente
(11) JEAN ÜUSSET, Para que El reine, Editorial Speiro, págs. 119-
123 de la edici6n de 1961, o págs. 85-89 de la de 1972.
THOMAS MOLNAR ha dedicado sus libros El utopis'i/.ld, la_ here;ta pe~
renne (Editorial Universitaria de Buenos Afres, 1970) y· La izquierda vistll
de frente (Uni6n Editorial, Madrid, 1973) a caracterizar sagazmente distin­
tas facetas del espíritu de la Revolución.
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LUIS -MARIA SAN DO VAL
en Alemania. Y esto con -una fiebre tan grande de guerra civil y de muer­
te, que
casi no quedó territorio alguno libre de la crueldad de las turbas.
De aquella herejía nacieron en el siglo pasado una filosofía falsa, el lla­
mado derecho nuevo, la soberanía popular . y una descontrolada licencia,
que muchos consideran como la única libertad. De aquí se ha llegado a
esos errores recientes que se llaman comunismo, socialismo y nihilismo,
pe8te vergonzosa y amenaza de muerte para ]a-sociedad civil» (§ 17).
_Otra vez, en Nobilissima gallorum gens (1884), ·dirá: «Porque desde
el
día en que la inteligencia del hombre, envenenada por la nuevo filoso­
fía y arrastrada por una libertad ilimitada, comenzó a rechazar por todas
partes la autoridad de la Iglesia, ffl Historia se precipitó por un plano in­
clinado totalmente lógico» (§ 1) y habla de pasada de «los acontecimien­
tos
OCl,U'ri.dos en el siglo pasado, cuando Francia sufrió la revolución es~
pantosa de una licencia desenfrenada que sacudió al mismo tiempo los
intereses de
la religión y del Estado» (§ 2).
En Inmorta/,e Dei (1885) nuevamenté se expresa de este modo: «Sin
embargo, el pernicioso y deplor,lble afán dé. novedades promovido en el
siglo xvr, después de turbar primeramente la religión cristiana, vino a
trastornar como consecúencia obligada
la filosofía, y de ésta pasó a alteM
rar · todos los órdenes de 1a sociedad civil. A esta fuente hay que remonM
tar el origen de los principios modernos de una libertad desenfrenada,
inventados
en la gran revolución del siglo pasado y propuestos como base
y fundamento de un derecho nuevo, desconocido hasta entonces y conM
trario · en muchas de 5;us tesis no solamente a1l derecho cristiano sino incluso
también
al derecho natural» (§ lQ);
y también: «La Iglesia rechaza, sin duda alguna la locura de ciertas
opiniones. Desaprueba el pernicioso afán de
revoluciones y rechaza, muy
especialmente ese estado de espíritu en el que se vislumbra el comienzo de
un apartamiento voluntario de Dios» (§ 19).
En Sapientiae christianae (1890): «No es necesario exponer aquí la enM
carnizada y múltiple guerra que se ha hecho y se hace a la Iglesia. Desde
que la
razón, ayudada por la investigación científica, ha logrado descubrir
muchos secretos velados antes por la naturaleza y aplicarlos conveniente­
mente a
Iai vida práctica, la humanidad se ha engreído de tal manera que
piensa llegada
la hora de expulsar el poder divino de la vida social de
los
pueblos» (§ 5).
Finalmente, toda la introducción de la encíclica Annum ingressi (1902)
es una extensa descripción de
la guerra moderna contra la Iglesia y de su
evolución gradual
(§§ 6-15). Destaquemos algunas frases aisladas:
«Por una serie _de causas hist6ricas conocidfsimas, la llamada reforma
del siglo XVI, después de levantar la bandera de la rebelión, quiso herirla
[a la Iglesia] en el corazón, combatiendo fieramente al ·papado ... No i::¡ue­
remos decir con esto que desde -los primeros movimientos se tuviese la
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CONSIDERACIONES SOBRE LA CONTRARRii.VOLUCION
idea de desterrar del mundo el dominio de las verdades sobrenaturales;
pero,
rechazada, por una parte, la prerrogativa de la Sede romana, causa
efectiva y conservadora de
la unidad, y establecido, por otra parte, el prin·
cipio del Ubre examen, fue sacudida desde su más profunda base la es-­
tructura del divino edificio, y qued6 abierto el paso a infinitas variaciones,
dudas
_y negaciones, incluso en materias de capital importancia, hasta so­
brepasar las previsiones de los mismos innovadores> (§ 6).
«La guerra a la Iglesia cobraba de este modo un aspecto de mayor
gravedad que en el pasado, tanto por la vehemencia como por la univer­
salidad del asalto, Porque la actual incredulidad no se limita a la duda o
a
la negación de esta o aquella verdad de fe, sino que impugna ~ con.
junto de los principios consagrados por la revelación y probados por la
sana
filosofía• (§ 8);
y
se referirá a la masonería explícitamente como «personificación per·
manen.te de la revoluci6n» (§ 26).
San
Pío X en su encíclica Notre cbarge apostolique (1910) se refiere
expresamente en distintos párrafos a la Revolución:
«Tales
han sido en otro tiempo las doctrinas de los llamados filósofos
del
siglo xvn1, las de la Revoluci6n y las del liberalismo, tantas veces
condenadas»
(§ 1).
«El soplo de la Revolución ha pasado por aquí, y Nos podemos. con­
cluir que, si las doctrinas sociales del Sillon son erróneas, su espíritu es
peligroso, y su educaci6n, funesta» (§ 29);
-«al estar su ideal emparentado con la Revolución no temen hacer en­
tre él Evangelio y la Revolución aproximaciones blasfemas, que no tienen
la excusa de haber brotado de cierta improvisación apresurada» (§ 41);
o el párrafo 44, que ya citamos en nota más arriba.
Y en la alocución consistorial Il grave dolore, de 27 de mayo de 1914,
hablaba así el Papa santo: «Estamos, desgraciadamente, en un tiempo en
que
con mucha facilidad se reciben con simpatía y se adoptan ciertas ideas
de conciliación de la fe con el espfritu moderno, ideas · qu.e llevan mucho
más lejos de lo que se piensa, no solamente al debilitamiento, sino a la
pérdid• total de la fe».
Benedicto XV decía en 1917: «Bajo el efecto de la loca filosofía sali­
da
de la herejía de los innovadores y de su traición... estall6 la Revolu­
ción, cuya extensión fue tal que conmovió los cimientos cristianos de la
sociedad,- no solamente en Francia, sino poco a poco en todas las na­
ciones» (citado por
JEAN--OussET,. Para que El reine, Madrid, 1972, pá·
ginas 88-89).
Pío XI, en la Quas primas (1925): «Calificamos como enfermedad de
nuestra época el llamado laicismo, sus errores y sus criminales propósitos¡
silbéis
muy bien, venerables hermanos, que esta enfermedad no ha sido
producto de
un solo día, ha estado incubándose desde hace mucho tient·
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LUIS MARIA SANDOVAL
po en las entrafías mismas de la sociedad» (§ 12), y el párrafo continúa lar­
gamente, exponiendo los pasos sucesivos del avance del laicismo moderno.
Y en la Divini redemptoris (1937): «Desde que algunos grupos de in­
telectuales preteodieron liberar la civilización humana de todo vínculo mo­
ral y religioso, nuestros predecesores llamaron abierta y explicitamente la
atención del mundo sobre las consecuencias de esta descristianización de la
sociedad humana ...
Más tarde, León XIII, con clara visión· indicaba que
los movimientos ateos entre las masas· populares, en
plena! época del tec­
nicismo, tenían su origen en aquella filosofía que desde hacía ya varios
siglos trataba de sepasar la ciencia y la vida de la fe y do la Iglesia» (§ 4).
Pío XII en su enclclica Summí pontificatus reitera la génesis remota y
gradual·
de los males de entonces, especialmente la recién iniciada guerra
mundial: «Hoy día los hombres, venerables hermanos, añadiendo a las des­
viaciones
doctrinales del pasado nuevos errotes, han impulsado todos es­
tos principios por un camino tan equivocado, que no se podía seguir de
ello otra
cosa que pettosbaci6n y ruina» (§ 20) y, después de situar el
inicio en el protestantismo y referirse al laicismo, concluye: «Ala!rdeaban
de un progreso en todos los campos, siendo así que retrocedían a cosas
peores;
pensaban devarse a las más altas cimas, siendo así que se aparta­
ban de su propia dignidad; afirmaban que este siglo nuestro habla de
traer una perfecta madurez, mientras estaban volviendo precisamente a la
aotigua esclavitud> (§ 24).
Y en el Discurso
al Cuerpo Diplomático acreditado en el Vaticano de
4
de marro de 1956, decia: «Bastaría para explicar esto la amarga expe­
riencia del siglo pasado. ¿Las promesa"S de un mundo económico y técni­
camente perfecto no existían entonces como ahora? ¿No han provocado
ellas o:ueles desilusiones? Las revoluciones sociales que la aplicación de
las ciencias con un espíritu demasiado frecuentemente materialista ha ca.u~
sado, han destrui,do un orden existente sin sustituirlo con -una construc­
ción mejor y más sólida».
En cambio, Pablo VI, en Octogessima adveniens (1971) (§§ 26-36),
como más tarde Juan Pablo II en So/licitudo rei socia/is (1987) (§§ 20-21),
critican y condenan juntamente taoto la ideología liberal como la ideología
marxista pero sin referirse a su origen común.
El Concilio Vaticano II en su Constitución pastoral Gaudium et spes,
bien que muy suavemente, no puede dejar de aludir a que: «Por otra
parte. muchedumbres cada vez más numerosas se alejan prácticamente de
la religión. La negación de Dios o de la religión no constituye, como en
épocas pasadas, un hecho insólito e individual; hoy en día, en efecto, se
presentan no rara vez como exigencia del progreso científico y de un cierto
humanismo nuevo»
(§ 7)1 igual que reitera en la Constitución dogmática
Lumen gentium, que «hay que rechazar la infausta doctrina que intenta
222
Fundaci\363n Speiro

CONSIDERACIONES SOBRE LA CONTRARREVOLUCION
edificar la sociedad prescindiendo en absoluto de la religión y que ataca o
destruye
la libertad religiosa de los ciudadanos» (§ 36).
De Juan Pablo II citemos varias alocuciones complementarias:
«Veo, ante todo, d estrato profundo y espléndido del cristianismo, la
corriente espiritual y cristiana que ha tenido también su apogeo 'contem­
poráneo', siempre vivo y presente, como ya he dicho. Pero en ese con·
junto han aparecido las otras, bien conocidas, corrientes de una potente
elocuencia
y eficacia negativa. Por una parte, está toda la herencia raciona­
lista,
iluminista, cientifista del llamado tliberalismo' lal:icista en las nacio­
nes del Occidente, que
ha traído consigo la negación radical del cristia­
nismo;
por otra parte, está la ideología y la práctica del 'marxismo' ateo,
que ha llegado, puede decirse, a las extremas consecuencia-s de sus postu­
lados
materialistas
en las diversas denominaciones actuales» (Al pueblo
de Turin en 1980, citado en Verbo, núm. 223-224 [1984], pág. 301).
«Si
en el curso de crisis sucesivas la cultura europea ha intentado to­
mar sus distancias de la fe y de · la Iglesia, eso que entonces fue procla­
mado como un deseo de emancipación y de autonomía, era en realidad
una crisis interior en la misma conciencia europea, puesta a prueba y
tentada en su identidad profunda, en sus opciones fundamentales y en su
destino histórico» (Al V Simposio de
las Conferencias Episcopales Europeas
el 5 de ocrobre de 1982, citado en Verbo, núm. 211-212 [1983], pág. 12).
«Ante
la conmoción culturlll. del Renacimiento, cuya última raíz esta­
ba en la sustitución de la idea de Dios por la del hombre como medida
y luz de la creación; cuando el nuevo ritmo del pensamiento amenazaba
desacralizar la existenda y postergar los valores divinos, Teresa de )esús
acomete el camino de la interioridad» (Mensaje del Santo Padre al pueblo
de España el día de Santa Teresa de Jesús de 1982, en Mensaie de Juan
Pablo II a España, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1982, pág. 4).
En la Instrucción de la Sagrada Congregaci6n para la Doctrina de la
Fe, Libertad cristiana y liberaci6n ( 1986 ), se hace una amplia referencia
en tono descriptivo a. la génesis moderna. de · los -moviinientos 'liberado­
res' y a sus resultados frustrantes y· contra.producentes, para concluir que
adolecían desde su origen de graves fallas:
«Desde el comienzo de los tiempos modernos hasta (sic) el Renacimien­
to, se pensaba que la vuelta a la antigüedad en filosofía. y en las ciéncias
de la. natura[eza permitiría. al hombre conquistar la libertad de pensamien­
to y de acción, gracias al conocimiento y dominio de las leyes naturales.
»Por
su parte, Lutero, partiendo de la lectura. de San Pablo, intent6
luchar por la liberación del yngo de la Ley, representado para él por la
Iglesia
de su tiempo.
»Pero es sobre todo en el Siglo de las Luces y con la Revolución fran­
cesa· cuando resnena con toda su fuerza la llamada a la libertad. Desde
entonces muchos miran
la historia futura como un irresistible proceso de
223
Fundaci\363n Speiro

LUIS MARIA SANDOVAL
liberación que debe conducir a una ere en la que el hombre, totalmente
libre
al fin, goce de la felicidad ya en la tierra (§ 6).
».Sin embargo, ya se trate de la conquista de la naturaleza, de su vida
social y política o del dominio del hombre sobre sí mismo, a nivel indi­
vidual y colectivo, todos pueden _ constatar que no solamente los progre­
sos realizados están lejos de corresponder a ~ . ambiciones iniciales, sino
que han surgido también nuevas amenazas, nuevas servidumbres y nue~
vos terrores, al mismo tiempo que se ampliaba el movimiento moderno de
liberaci6n. Esto es la señal de que graves ambigüedades sobre el sentido
.mismo de la libertad se han infiltrado en el interior de este movimiento
desde su origen• (§ 10).
En la exhortación apostólica postsinodal Christifideles laici (1988) se
lee: ·
«Enteros países y naciones, en los que en un tiempo la religión y la
vida cristiana fueron florecientes y capaces de dar origen a comunidades
de fe viva y operativa, están ahora sometidos a dura prueb~ e incluso
alguna otra vez son radicalmente ttansformados por el continuo difundirse
del indiferentismo, del secularismo y del ateísmo.
Se trata, en concreto, de
pm'ses y naciOnes del llamado primer mundo, en el que el _bienestar eco~
nómico y el consumismo -si bien entremezclado con espantosas situacio­
nes de pobreza y miseria-inspiran y sostienen una existencia vivida
'como si no hubiera Dios', Ahora bien, el indiferentismo religioso y la
total irrelevancia
práctica de Dios para: resolver _ los problemas, incluso
graves, de
la vida no son menos preocupantes y desoladores que el ateís­
mo declarado ... •.
«Ciertamente urge en todas partes rehacer el entram.Hdo cristiano de la
sociedad hnmana• (§ 34).
Y
muy recientemente Juan Pablo II ha escrito: «Ya mucho antes de
1939, en algunos sectores de la cultura europea aparec!a nna voluntad de
. borrar a Dios y su imagen del horizonte del hombre. Se empezaba a adoc­
trinar
en este sentido a los niños desde su más tierna edad» (Carta de Juan
Pablo II en el L aniversario de la segunda guerra mundial, el 27 de
agosto de 1989).
9. De los textos aportados se desprende que la Revolución
francesa,
de la que derivan el Hberalismo laicista y el socialismo
como errores principales -pero no únicos-, estalló por efecto
de
la sedicente filoso/la enciclopedista del siglo XVIII. .En ella
debemos situar el comienzo de la Revolución propiamente dicha.
Es verdad que su orig,m remoto es situado por los Papas en
la llamada Reforma protestante pero,
como distinguía León XIII
en Annum ingressi, los protestantes no se proponían deliberada-
224
Fundaci\363n Speiro

CONSIDERACIONES SOBRE LA. CONTRA.RREVOLUCION
mente la desaparición de todo elemento sobrenatural; esa tene­
brosa prioridad, característica consciente
de la Revolución, co­
rresponde al siglo de los luces.
Además, en historia no es difícil encontrar precedentes,
so­
bre todo parciales. En el caso de la Revolución, esa tendencia -y
tentación-a remontarse en el tiempo es frecuente en los auto­
res. Y así
se puede argumentar que antes del protestantismo
ya encontramos a hussitas y wiclefitas, que giro fundamental es
el antropocéntrico del Humanismo renacentista, que en Ockam
hay que situar la quiebra filosófica fundamental, que el utopis­
mo revolucionario
es un retofiar del gnosticismo, que la restau­
ración del paganismo tiene su precedente en Juliano
el Apóstata.
Finalmente hay quien remonta
el origen de la Revolución a la
Caída, y nadie conseguirá superar ya a los que lo hacen al «non
serviam» de Luzbel.
Se puede argumentar así, cierto, pero ... se habrá perdido la
especificidad de
la Revolución, confundida con el misterio de
iniquidad en vez de ser una de sus manifestaciones. Cuanto
más
se extiende un concepto, menos notas comprende y menos ex­
presivo se torna, y si se extiende a todo deja de significar nada
en particular. Por eso preferimos circunscribir la Revolución a la
oposición frontal al orden cristiano a partir de la Ilustración.
Los otros son precedentes, sin duda, · pero sólo de rasgos aisla­
dos de los que configurarán nuestra época.
10. Porque de la Revolución
lo más importante es, en frase
de Blanc de Saint Bonnet, que «no se parece a nada de lo que
se ha visto en el pasado». José de Maistre insistió con fuerza so­
bre esa perspectiva; es muy conocido un pasaje de su correspon­
dencia: «Durante mucho tiempo
la hemos considerado como un
acontecimiento; estábamos en un error: es una época» (12), no­
ción que ya aparece en sus Consideraciones sobre Francia ( 13 ).
(12) Citados por JEAN ÜUSSET, Para .que El reine, Madrid, 1972,
págs. 86-87.
( 13) «Es esto, más que nada, lo que . me ~ace pensar que la Revolu- ·
ción francesa señalará úna gran época;·· y -qi.ie · sus· consecµencias en· todos
225
Fundaci\363n Speiro

LUIS MARIA SANDOVAL
La Revolución es la herejía de nuestro tiempo. Y nuestra
época se delimita, a su vez,' por la eclosión de la Revolución.
Pero
se trata de una herejía global, y sobre todo «la herejía
ya no es tan dogmática, ya no es tan doctrinal. Es pragmática.
Es social.
Se esconde bajo cierta orientación de la vida en socie­
dad y se confunde con ella» ( 14 ).
Confirma que el centro de gravedad. del error es social, la
actitud
de la Iglesia, que se ha visto obligada a explayar y rea·
firmar su magisterio social como nunca lo bahía hecho antes;
de
igual manera que las herejías de los dos últimos siglos, siendo
generales, se califican por etiquetas políticas: catolicismo liberal
de Lammennais o Marc Sagnier, teología de la liberación.
Y el
modernismo
se explica como una contaminación de la religión
por
la mentalidad liberal.
Por otra parte, la Revolución no siempre
persigue el culto
mismo,
pero no se conforma con menos que expulsar todo ves­
tigio de influencia religiosa de las sociedades (15).
Y .es que, como ha escrito Jean Macliran: «La secreta y ver­
dadera línea de demarcación trazada por
la izquierda no con­
cierne a la fe cristiana en sí misma, sino a la principal obra tem­
poral de la
fe, a la cual algunos incrédulos han podido contrihnit
y que otros creyentes han podido desconocer: es la CRISTIANDAD.
El designio constituyente de la izquierda masónica es el de ani­
quilar la
Cristian\lad. La Cristiandad o civilización cristiana, es
decir, la moral social del cristianismo enseñada por la tradición
católica e inscrita en las instituciones políticas»
(16).
los terrenos se harán sentir_ mucho más allá .de los tiempos de su explo­
sión y _del alcance de sus llamas». Josi DE .. MAisTRE, Consideraciones sobre
Francia, Ediciones Rialp, Madrid, 1955, pág. ,90.
(14) JBAN ÜUSSET, op. cit. (1972), pág. 32.
( 15) En el fondo esperan llegar así a destruir la religión misma, cal­
culando, como el famoso informe LI WEI HAN sobre la Iglesia católica
y Cuba, que «Cuando la práctica de la rellgi.6n se convierte en nada más
qtie una responsabilidad individual, es bien sabido que se olvida Jen.
tam.ente».
(16) JBAN MA»tRAN, «Notte politique», en Itinbaires, núm. 256.
Ampliamente reproducida en Verbo, núm. 203-204, págs. 399-406.
226
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CONSIDERACIONES SOBRE LA · CONTRARREVOLUCION
11. Ciertamente en la Revolución late un móvil anticristia­
no, peto no todos son capaces de
entender que esto no sólo sig­
nifica aversión a la Iglesia y al orden revelado, sino idéntico re­
chazo del orden natural como reflejo del Creador en el mundo.
Al margen de consideraciones cristianas, las doctrinas
de la
Revolución en lo social y lo político son claramente antinatura­
les.
Por eso se comete un abuso cuando se presenta la Revolu­
ción como un retorno
al paganismo: va mucho más allá. El sis­
temático ataque a toda autoridad, a la noción de orden, a la ins­
titución familiar, a la belleza misma, el espíritu de ruptura
de­
liberada con el pasado y el desprecio de toda tradición de los
mayores; todas
esas cosas; por no hablar de la irreligión, son
Revolución, y no hubieran sido consentidas ni entre los clási­
cos griegos o romanos ni entre las tribus más primitivas. En esto
se aprecia nuevamente su radical novedad, y también su condi­
ción de revuelta integral contra
el· orden cristiano, nacida desde
su interior.
12. Enlazada con esa última consideración, habrá que con­
cordar en que primariamente los límites del impacto de la
Re­
volución coinciden con los países de tradición cristiana. Es en
ellos donde
manifiesta toda su virulencia destructiva, y obsér­
vese que la incidencia y
el furor de la revolución liberal o comu­
nista ha sido mucho mayor en las naciones que
se mantenían
católicas que en las protestantes.
Luego, los errores propiamente políticos y sociales se han
extendido al resto del mundo, por su dinámica propia
y usan­
do el vehículo de
la hegemonía occidental. Pero en esos casos
la situación
es más compleja, por cuanto el influjo de 1a Revolu­
ción
se combina con las culturas autóctonas no cristianas ( 17).
Queremos destacar que, así como existen unos límites tem­
porales, existen
también otros culturales, si no propiamente geo­
gráficos, de la Revolución. No se debe incurrir en el reduccionis­
mo
dualista de vet en todas partes o la Cristiandad o la Revolu­
ción: existen también otras
realidades, de las que la más notoria
es el Islam.
(17) Vid. PLINIO CoRREA DE ÜLIVBIRA, op. dt., pág. 34.
227
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LUIS MARIA SANDOVAL
13. Finalmente, tanto empleo de la palabra Revoluci6n no
debe hacet olvidat que
se ttata de una absttacci6n histórica, no
de un
petSonaje de carne y hueso. Sobre todo en lo que conciet·
ne a la idea de una vasta conspiraci6n univetsal ( que por desli­
zamiento inconsciente
se convierte en omnipresente y todopode­
rosa), lo cual es etr6neo y desacredita la vetdad (18).
Aunque del mismo modo, no debemos silenciat que todos los
autores contratrevoluciouatios, a partir de Maistte, han señalado
el caráctet satánico de
las corrientes revolucionarias y sus diri­
gentes (19).
Muchísimo más de lo que lo hemos hecho podtíamos · exten­
dernos sobre el concepto de la Revoluci6n con s6lo reflejar, ex­
tractada, una mínima patte de cuanto hay escrito sobre el tema.
Pero
·· entouces estaríamos incurriendo en el frecuente etror de
primat la atenci6n sobre ella
en detrimento de la Conttatrevolu­
ci6n, que es la que aquí nos ocupa. Cou lo dicho tenemos ya
base suficiente pata nuestro tema.
Lo contrario de la Revolución.
14. Establecido ya el concepto de Revoluci6n, recordatemos
que De Maistre concluye sus Consideraciones con esta famosa
(18) «La tesis de la conspiración anticristiana, es decir, de la prepa­
ración «oculta» de la revolución por parte. de algunos hombres, no implica
necesariamente una unidad organi2ativa en el espacio y en · el tiempo de
la
fuerza revolucionaria, sino, sobre todo, una ·coincidencia de fines, que
puede suponer, asimismo, una pluralidad de
'complots' parciales». ROBERTO
DE MATTEI, «AgustÚl Coclún y la historiografía contrarrevolucionaria».,
en Verba, núm. 145-146, pág. 636.
Además, cuanto más difundidas van estando las doctrinas y tendencias
revolucionarias es más fácil que se sumen espontáneamente a la obra revo­
lucionaria hombres que no participan de ninguna organización conspira­
dora.
(19) Sobre el carácter satánico de la Revolución trata JEAN OussET
(op. cit., págs. 90 y sigs.). Dedicado exclusivamente a"'este punto existe el
libro de MARCEL DE LA BIGNE DE VILLENEUVE, Satanás en la ciudad, Edi­
torial
Católica Española, Sev1lla, 1952.
228
Fundaci\363n Speiro

CONSIDERACIONES SOBRE LA CONTRARREVOLUCIÓN
sentencia: «El restablecimiento de la Monarquía, que llaman
contrarrevolución, no será una Revolución contraria, sino lo tori­
trario de la Revolución».
A veces se ha llegado a abusar de ese afortunado retruécano
para eludir
la difinición de Contrarrevolución. Pero no basta de­
cir que es lo contrario de
la Revolución, sin detenerse a pensar
que la oposición de contrariedad se predica dentro del misino
género y que, por tanto, entre la Revolución y
la Contratrevolu­
ción hay cusas que son totalmente excluyentes y otras que son
comunes. Con exactitud,
la oposición se da en cuanto a princi­
pios, fines y algunos medios de actuación; en cambio hay una
serie de circunstancias comunes.
15. Ante todo Revolución y Contrarrevolución participan
de ser acciones;
si la primera es la tentativa de derrocar el or­
den establecido por Dios,
la segunda es la acción para impedirlo.
Síguese de esto que para que haya Contrarrevolución no basta
una contemplación teórica,
perspicaz pero pasiva; es exigida
también una preocupación por
el obrar, una tensión, un dinamis­
mo. Ahora bien, la primera diferencia reside en que
la Contra­
rrevolución no es una acción espontánea, sino que responde a
0:tra previa, es una reacción.
Importa recalcar esto porque, en cuanto a su conrenido so­
cial, lo contrario de la Revolución bien podría entenderse como
el
gobierno de los estados por la filosofía del Evangelio, la Cris­
tiandad que existió hasta su advenimiento. Y no es eso; la Con­
trarrevolución
no es lo contrario previo a la Revolución, sino
lo contrario posterior a ella.
En los principios que inspiran a una y otra está la diferen­
cia fundamental. La Contratrevolución tiene por ideal y meta Ía
defensa y restauración de la realeza social de Nuestro Señor Je­
sucristo.
Por definición, excluimos a priori del concepto de Con'
trarrevolución a los países no cristianos, donde se producen fe­
nómenos de naturaleza mucho más compleja. Donde no se ha
manifestado
la Revolución en su plenitud no puede haber tam­
poco Contrarrevolución en sentido estricto. Más aún, ésta es un
fenómeno específico de
los países católicos. La Iglesia Católica
229
Fundaci\363n Speiro

LUIS MARIA SANDOVAL
es el núcleo espiritual, doctrinal y vivencia! de la Contrarrevolu­
ción, aunque, como veremos, d objetivo por el que ésta actúa
es la civilizaci6n cristiana. Los reaccionarios protestantes adole­
cen de falta de la dimensión religiosa en
el enjuiciamiento de esta
confrontaci6n.
Consecuentemente, también existe -diferencia en cuanto a la
naturaleza de ambas acciones, por cuanto que la dinámica del
bien no puede seguir
el patr6n de la del mal.
16. Por lo demás, si la Revoluci6n es global, la Contrarre­
voluci6n también ha
de serlo, abarcando todos los terrenos en
que se libra el combate. Pero, ciñéndose al centro de gravedad
de la amenaza, debe atender primordialmente a lo social
y po­
lítico.
Si la Revoluci6n ha abierro una época nueva en la historia,
lo ha hecho incluso para sus adversarios. Dentro de
la propia
historia interna de los cat6licos, esa
época, con el nombre de
Contrarrevoluci6n,
se constituye en una fase diferenciada y pe­
culiar.
Y si · advertimos que el nombre de Revolución encubría una
abstracci6n. hist6rica, lo mismo ha
de decirse de la Contrarrevo­
luci6n. Por eso, aunque
la. unidad de la Contrarrevoluci6n es
mucho mayor, por referirse a un principio afirmativo --el Or­
den-y no meramente negador -la aversi6n a éste y a Dios-,
engloba una gran diversillad de realidades, que anmenta todavía
más cuando se toma en un sentido anal6gico.
Más adelante volveremos sobre cada una de las característi­
cas apuntadas, pero conviene también que deshagamos alguna
confusión sobre la aplicaci6n del nombre de Contrarrevoluci6n.
Lo que no es la Contrarrevolución.
17. Por excederse en busca del argumento irresistible, se
abusa a veces del apelativo contrarrevolucionario, extendiéndolo
a realidades conexas pero que
no pueden identificarse con ella.
La Contrarrevolución no es el Orden; es, con
más exactitud;
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CONSIDERACIONES SOBRE LA CONTRARREVOLUCION
la ml!lltenedora de la causa del orden en nuestra era. Baste con­
siderat
que la noción de orden natural es metafísica, mientras que
la contrarrevolución es una noción histórica.
La confusión más común es , la de identificar la Tradición
con la Contrarrevolución; Y descartamos la
acepción impropia
y digna de los gnósticos, por lo que la Tradición, con mayúscula,
sería
un conjunto de principios invariables (lo cual vendría a
identificarla con
el Orden).
Entendiendo la tradición de
una comunidad como el proceso
por el que se transmiten de unas generaciones a
otras un patri­
monio concreto de todo género,
y también como el contenido de
esa transmisión, la Contrarrevolución no puede identificatse con
la tradición de la Cristiandad
ni con ninguna tradición nacional,
porque sería tanto como confundir la parte con
el todo. Una
tradición abarca toda la historia de una comunidad, la Contra­
rrevolución
es tan sólo un período de ella, el tradicionalista, es
decir, aquel en el que se defiende conscientemente la continuidad
de una tradición atacada. Además, pueden darse movimientos
contrarrevolucionarios que
no procedan de una herencia, aunque
después su aportación quede incorporada al acervo
de la tradi­
ción correspondiente.
Con
el conceptó de Cristiandad la confusión es muy parecida.
Si por Cristiandad se entiende simplemente la dimensión civil
de la comunidad cristiana en cualquier época, la Contrarrevolu­
ción es una de las fases
de su historia; pero si por el contrario
llamamos Cristiandad a la etapa
en que el cristianismo tuvo vi­
gencia en
la configuración de los estados, Cristiandad y Con­
tratrevolución serían dos períodos distintos y sucesivos de dicha
historia.
18. También existe abuso
en extender a cualquier oposi­
ción a
un movimiento subversivo el nombre de contrarrevolu­
ción. Porque puede suceder que los que son presentados como
contrarrevolucionarios, o incluso asi se titulen, ni participen del
ideal
afirmativo de restaurar íntegramente la sociedad según el
orden cristiano, ni tan siquiera
de una crítica generalizada de la
Revolución, sino que solamente tengan en común la oposición
231
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LUIS MARIA SANDOVAL
a alguna manifestación o doctrina concretas. Ninguna identidad
puede reconocerse a partir de un principio aislado, y menos
si
por añadiduta es negativo.
No hay en tales casos Contrarrevolución,
sólo resistencia de
los
moderados, esto es, de los estabilizadores, beneficiarlos y
conservadores de anteriores revoluciones (20), que
se ven ame­
nazados por otras ulteriores más extremadas: una contienda en­
tre rivales, entre el mal mayor y el mal menor si acaso, pero
ajena a la causa de la Cristiandad.
Una aproximación histórica.
19. Dar una definición de la Contrarrevolución es difícil,
porque se trata de una noción compleja. Desde luego, siempre
puede comenzarse postulando
la que se juzgue más a=tada,
pero bien puede suceder que después, si se la aplica rigurosa­
mente, resulten excluidos del gremio contrarrevolucionario, ines­
peradamente, hechos y figuras entrañables.
Y
es que la Contrarrevolución, como ya adelantamos, no
debe entenderse al modo de una teoría inicial bien definida que
luego encuentra seguidores que la plasman en
la realidad, como
ocurre. con el marxismo, sino más bien como una
abstracción
histórica que se aplica a un conjunto de acontecimientos concre-
(20) Menéndez Pelayo cáracterizó así el pope! histórico de loa mo­
derados: «La contrarrevolución de 1856 restableció la unidad religiosa y
volvió a poner en vigor el Concordato, peto no remedió los dañ.ós ni
anuló. los efectos de la desamordzación comenzada. ¡Siempre la misma: his­
toria! Los progresistas, especie de vanguardia apaleadora y gritadora, de­
cretan la venta o el despojo; los moderm:los o los unionistas acuden al
mercado y se enriquecen con el botín, tras de lo cual derriban a los pro­
gresistas, desarman la Milicia. Nacional y se declaran oons~adores, hom­
bres de orden, hijos sumisos de la Iglesia, etc. El país los sufre por temor
a los motines, y lo hecho, hecho se queda; porque, ¿quién Va a lidiar con­
tra los · hechos consumados? La hidrofObia clerical de !Os unos nada du­
radero produciría si, después de harta y desfogada, no vinier11 en su ayuda
la templanza organizadoÍ:a de los otros» (Historia de los heterodoxos· es­
pañoles, BAC, Madrid, 1967, tomo II, p,lgs, 878-879).
232
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CONSIDERACIONES SOBRE LA CONTRARREVOLUCii:iN
tos, ciertamente con rasgos y raíces comunes, pero también con
la variedad suficiente como para que el término que a ellas se
extiende sea análogo
y no estrictamente unívoco.
Por eso pensamos que mejor que obrar a priori, y antes de
pretender delitnirar el concepto, procede una aproximación histó­
rica, ofreciendo
un panorama general de los distintos eventos y
personajes que evoca.
el nombre de Contrarrevolución: '
- Para algunos, las guerras jacobinas (entre 1689 y
1745)
en defensa de los derechos de los Estuardo, constituyen el es1a­
b6n que enlaza las guerras de religión y las guerras contra la Re­
volución.
- La
Amicizia Cristiana de los padres Diessbach y Lanteri,
organización extendida desde el
Piamonte a otros países, es el
símbolo más acabado
de la oposición ideológica al espíritu revolu­
cionario ( conocido entonces como filosófico o jansenista)
desde
antes del estallido de la Revolución, aparte de los polemistas
aislados que produjo cada país.
- Las insurrecciones populares, contra
el régimen revolu­
cionario primero y luego contra
su expansión por los ejércitos
republicanos e imperiales, inspiradas por el sentimiento religiosa
y monárquico. Ocupan el lugar
de hoµor las guerras de la Vendée
y la
chouannerie en Francia (las más amplias y netas sin ser las
únicas), pero también las hubo en Suiza, o en Tiro! ( con Andreas
Hoffer), y múltiples en Italia (como los Viva Maria de Toscana
en 1799 ). Tales insurrecciones llegaron a. ser generalizadas : en
Malta (1798-1800) y en España y Portugal (1808-1814), fácili­
tando el éxito de las fuerzas regulares; e incluso una obtuvo un
éxito completo: la reconquista de Nápoles en 1799 por los san­
fedistas del cardenal Rufo.
- La oposición a la Revolución francesa en
el terreno ele 1~
crítica doctrinal y de la acción política por los contemporáneos
de la misma y de la Restauración, de los que son universalnien°
te conocidos Maistre o Bónald entre los católicos o el precursor
Btirke entre los protestantes, pero de los que se cuentan repre­
sentantes en todas las naciones: el Príncipe de Canosa, MonaÍdo
233
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LUIS MARIA SANDOVAL
Leopardi, Barruel, von Haller, Gouveia Pinto, Hervás y Pan·
duro, el 'Rancio', los diputados realistas de las Cortes de Cádiz
...
-Nuevas resistencias populares, pero_ ya con una clara iden­
tidad política, frente a las distintas oleadas de revoluciones libe­
rales de la primera mitad del siglo XIX: son, sobre todo, la de­
fensa de don Miguel de Portugal ( 1828-1834, con secuelas
pos­
teriores) y la causa realista y luego carlista en España que, a
partir del Manifiesto de los
Persas, a través de la Regencia de
Urge! y la guerra constitucional (1821-1823), y pasando por la
insurrección
de los Malcontents en 1827, la Guerra de los Siete
Años (1833-1840), y la guerra de los
Matiners (1847-1849),
hasta la guerra de los Cuatro Años (1872-1876),
amén de otros
intentos menores, constituye la más prolongada gesta de resisten-
cia militar contrarrevolucionaria.
·
Pero no son las únicas: hay que citar el intento legitimista
en la
Vendée de 1832-1833, o el Sonderbund suizo (1843-1847)
y, finalmente, la resistencia napolitana a la uoificación liberal
(1860-1861), dilatada durante años por una difusa guerrilla.
-Capítulo aparte debe abrirse para la defensa del poder
temporal del Papado, fin con el que se congregaron voluntarios
legitimistas de todos los países (21), fundando los zuavos ponti­
ficios y batiéndose desde Castelfidardo hasta la Porta Pía.
-Al tiempo hay que considerar a los contrarrevoluciona­
rios en
el campo del pensamiento y de la pluma.
(21) Hubo, sobre todo, voluntarios franceses, pero también suizos,
españoles, austriacos, irlandeses, francocanadienses...
Entre ellos figuró don
Alfonso Carlos,
el que había de ser último monarca ca:cl.ísta, y parece que
también un nieto d~ emperador ltúrbide.
Se manifestó entonces en grado máximo el flujo reciproco de volun­
tarios que siempre hubo entre los contrarrevolucionarios europeos
en to­
das sus empresas militares; as{, Bourmont y sus voluntarios franceses se
presentaron en las filas de. don Miguel, en Portugal, como luego el ge­
neral miguelista Alvaro de Costa Soum, conde de Madeira, sirvió en la
guerra CIIJ'.lista de los Siete Afios ( como muchos nobles oficiales de distin­
tas nacionalidades), y más tarde los generale_s carlistas Borges y Tristany
fueron llamados a Nápoles para intentar organizar la guerrilla antiunitaria.
Antes, otros exiliados carlistas se batieron en Argentina y Uruguay junto
a los feder,les.
234
Fundaci\363n Speiro

CONSIDERACIONES SOBRE LA CONTRARREVOLUCLON
De una parte, los pensadores que. fonnaron en las filas de
los movimientos legitimistas; así, al hablar de los carlistas no se
debe entender sólo un conjunto de hechos bélicos y de caudillos
militares, sino también una cohorte de autores, desde Vicente
Pou
y Magín Ferrer a Víctor Pradera y Elías de Tejada, pasando
por
V ázquez de Mella o los Nocedal; y en el rubro del migue­
lismo quedan comprendidos
un. Gama e Castro o un vizconde
de Santarem.
De otra parte,
los intelectuales que no estuvieron adscritos a
esos movimientos, sin ser por eso menos contrarrevolucionarios,
cuyo ejemplo modélico en España seria un Donoso Cortés, pero
también Balmes, los apologistas catalanes, o los neocatólicos como
Aparisi, finalmente
incorporados al carlismo, Menéndez Pelayo,
etcétera. Por supuesto, este apartado, cada vez más nutrido, no
es exclusivo de España, análogamente en el resto del mundo se
han de situar en él desde un Veuillot hasta un Ohesterton.
-
El catolicismo social eón figuras como monseñor Von
Ketteler,
Albert de Mun o La Tour du Pin, por poner algún
ejemplo.
- La organización de los católicos alemanes en el
Zentrum
para resistir el Kulturkampf de Bismarck.
-La escuela de nacionalistas franceses que termina cuajan­
do en la Action Franfaise (1899), marcadamente contrarrevolu­
cionaria ya, y que a su vez influyó sobre empresas
similares como
el
Integrismo Lusitano (1913) y Acdón Española (1931).
-
La resistencia a las revoluciones comunistas. Inicialmente
la de los «blancos» en Rusia ( 1918-1920), aunque también .ha­
bría que considerar las de Finlandia (1918), Hungría (1919) y
Polonia (1920). Pero sobre todo la guerra
civil española (1936-
1939) de mucha mayor repercusión y con
claro sentido .de cru-
zada y continuidad contrarrevolucionaria.
·
-Algunas de las corrientes englobadas vulgarmente en los
llamados «fascismos»
de entreguerras.
-Los regímenes de Salazar y Franco (22).
(22) Con todos los reparos que se quietan, · esos regímenes cierta~
mente evocan fa Contrarrevoluci6n. Aquí, como en otras ocasiones, se da
235
Fundaci\363n Speiro

LUIS MARIA SANDOVAL
-La resistencia en ciertas guerras revolucionarias de la 'des­
coloniÍ,aci6n, como Argelia o el Ultramar portugués.
-Y también las revueltas y disidentes anticomunistas,
como la de Hungría en 1956 o Soljenitsin.
20.
La anterior enumeración no pretendía ser exhaustiva,
sino ofrecer un panorama general de las distintas realidades que
evoca la idea de Conttatrevolución. Sin embargo, demosttarfa
una comprensión incompleta de ésta quien no enconttara grave­
mente insatisfactoria
y deficiente tal relación.
Dijimos que la Contrarrevolución propiamente dicha se co­
rresponde con los pueblos católicos,
y nos .hemos referido a las
naciones europeas que
vivían un régimen de cristiandad al ad­
venimiento de la Edad Contemporánea, pero de ningón modo se
puede olvidar que los pueblos de la Cristiandad católica· no se
limitaban a Europa, sino que se extendían al otro lado del At­
lántico por todos los reinos de Indias y el Brasil. Allí también,
en
las naciones iberoamericanas, ha habido Revolución y Con­
trarrevolución.
Y no basta asentit ingenuamente diciendo que se echaban
en falta a los cristeros. Eso seguiría siendo
una visión simplista.
Por no salir de México, los cristeros
de fos años veinte son
sólo
un episodio más de la defensa de la tradición católica me­
xicana. La propia independencia del virreinato fue hecha en sen-
el caso de . que la proximidad favorece la crítica minuciosa y la lejanía la
apreciaci6n ·gtobal. Tratándose de uná visión general de la Contrarrevolu­
ción universal debe adoptarse un criterio uniforme para todos los países.
Sobre _los regímenes en cuestión, Verbo ha publicado varios &rtfcu.ÍOS:
Panorama-de Portugal. La revolución del 25 de abril. Su significado y p'ers­
pectivas, de Luis de Sena Esteves (núm. 137-138, págs. 1.009-1.026); o, el
cotnentario bibliográfico Una polftica suicida:' el fin de Portugal,_ de Esta­
nislao Cantero (núm. 163-164, págs. 500-507); o la polémica sostenida
entre Gonzalo FernándeZ de la Moia, España y el fascismo (núm. 188,
págs. 991-1.029), Tradicionalismo :JI carlismo (núm. 191-192, pági¡: '264-
265) y Rafael Gambra, Sobre la significación del régimen de Franco (nú­
mero 189-190, págs. 1.223-1.230) y Manuel de Santa Cruz, El tradiciona­
lismo· político y el régimen que cronológicamente siguió al i8 dé ftdio
(núm. 189-190, págsc 1.231-1.247).
236
Fundaci\363n Speiro

CONSIDERACIONES SOBRE LA CONTRARREVOLUCION
tido tradicional y monárquico, hasta el punto de que Agustín
Itú¡:bide, su proclamador, emperador de 1822 a 1823, creador
con
el Plan de Iguala de la bandera nacional, sigue excluido del
homenaje
oficial; posteriormente, la causa católica fue defendida
en las guerras de reforma (1858-1861) contra el laicismo agresi­
vo de Juárez
por figuras como Miramón, y tras del episodio del
Imperio aún
se resistió a la insurrección de los «religioneros»
(1873-1876).
En este siglo, después de las conocidas guerras de
los cristeros (la grande de 1926-1929 y luego
'la segunda' de los
irreductibles en 1935-1940), aún debe
relacionarse con la Con­
trarrevolución el auge del movimiento sinarquista (1937-1945).
Pero no
es sólo México: está la figura del presidente .mártir
Gabriel
García Moreno en Ecuador ( 1861-1865 y 1869-1875).
Colombia conoció todavía entre·
rn99 y 1903 una larga guerra
civil en que estaba
en juego el interés religioso. En Argentina,
por su parte, el federalismo, cuyo magno
exponente es Rosas
(gobernante de 1829 a 1852), representó la causa de la tradi­
ción nacional hispánica y americanista y las autonomías locales,
enarbolando siempre, frente a un liberalismo extranjerizante y
brural, el lema de la Religión en su bandera.
No deja de ser sin­
tomático que su causa, como tantas é:ontranevolucionarias, fueni
defendida hasta el final por guerrillas populares, las «montone­
ras» (1862-1870), contemporáneas de la guerra del Paraguay.
Claro es, sin embargo, que las circunstancias americanas son
muy particulares; pero si aceptamos con naturalidad que en
Europa
la contrarrevolución estuviera entrelazada. con el legiti­
mismo
dinástico, igualmente se debería entender .que en Améri­
ca la causa tradicional esté vinculada al patriotismo antieuropeo
y al republicanismo.
Y es que al ocuparse de la Emancipación no
se ha distingui­
do suficiente la superposición
de diversos enfrentamientos no
coincidentes
ni reducibles unos a otros: peninsulares y criollos,
republicanos y monárquicos, independentistas y realistas...
Se
ha escogido esta última como definitoria, sin destacar en cam­
bio, como se debiera, la confrontación a tres bandas entre tradi­
cionales católicos, liberales jacobinos y absolutistas ilustrados.
237
Fundaci\363n Speiro

LUIS MARIA SANDOVAL
La común herencia del Patronato regio sobre las iglesias hispa­
noamericanas contribuyó por su parte a debilitar la perspectiva
religiosa de aquella lucha.
Nocion análoga, realidad compleja.
21. Ha llegado el momento de abordar en qué consiste la
Contrarrevolución. Cortea de Oliveira empieza a referirse a ella
como una reacción específica y directamente dirigida contra la
Revolución, pero el modo en que la entiende se desprende me­
jor que de ningún otro pasaje del siguiente:
«En estado actual, contrarrevolucionario es quien:
-Conoce Ía Revolución, el Orden y la Contra-Revolución
en su espíritu, sus doctrinas, sus métodos respectivos.
-Ama la Contra-Revolución y el Orden cristiano, odia la
Revolución y el "anti-orden".
-Hace de ese amor y de ese odio el eje en tomo al cual
gravitan todos sus ideales, preferencias y actividades» (23).
Los demás, a su juiciO, no pasan de contrarrevolucionarios
en estado potencial, cuando por inadvertencia no son plenamente
Coherentes, o se han de clasificar como «semi-contra-revoluciona­
rios» si el propio fondo de su personalidad ha sido arrastrado
por
la Revolución, aunque reaccione en parte contra ella, remon­
tándose entonces hasta los principios básicos. Todas aquellas al­
mas partidas en· que coexisten principios de la Revolución y del
Orden son hijas de
la Revolución, y no pueden ser considerados
soldados de
la Contrarrevolución; «el contra-revolucionario autén­
tico sólo podrá ser total» (24
).
De tal concepción, perfecta como arquetipo ideal, y muy
útil
y necesaria para formar una organización compacta de com­
bate contrarrevoluclonario, se desprende que los que se pueden
considerar tales en el presente y en el pasado son sólo un nú­
mero restringidisimo.
(23) Op. cit., pág. 95.
(24) Ibid., .Pip. 5455, 77 y %.
238
Fundaci\363n Speiro

CONSIDERACIONES SOBRE LA CONTRARREVOLUCION
Sin embargo, creemos que hay que extender más la conside­
ración de contrattevolucionario, puesto que el concepto-de Con­
trarrevolucwn
es análogo en torno a las ideas de reacci6n, ca­
tolicidad y tradici6n y que, en cuanto a las personas, admite
contribuciones parciales.
22. En el juicio histórico, determinar si una persona se
puede clasificar como plenamente contrarrevolucionaria o no,
sobre ser problemático, puede llevar demasiado lejos: ¿lo .era
Donoso Cortés siendo embajador de la dinastía liberal?
¿ Y Me­
néndez Pelayo en la Unión Católica? Parece evidente que ambos
son autores de obras de primera
fila, y ello no quita para que
se pueda disentir, e incluso censurar, no sólo comportamientos
concretos, sino
algún extremo de su pensamiento. Y lo que se
dice de este caso debe elevarse a regla general.
Sucede que afirmar de
un personaje la condición contrarre­
volucionaria o negarla se. -entiende, si es en la :historia, por pre­
sentarlo como ejemplo, y si vive, pot reconocerlo como porta­
voo en política. Pensando en tales efectos se explica la preocu­
pación por dicha clasificación
a posteriori. Y si el concePto se
hace unívoco y la exigencia personal absoluta, entonces no sólo
se entra en una dinámica de exclusiones y rechazos sin fin, sino
que se incurre
en el extremo simétrico de sacralizar a los pro­
pios maestros
(25).
Para evitarlo, se debe asimilar la idea de que Contrarrevo­
lución no
se limita a la obra de los hombres íntegramente iden­
tificados con ella, sino que admite y recoge gustosamente apor­
taciones parciales
-que pueden ser de gran valía-de muchos
otros, a lo mejor deficientes en algunas cuestiones teóricas o,
(25) Es oportuna la crítiCa de FRANcrsco JosÉ FBRNÁNDEZ DE LA Cr­
GOÑA, «¿Dónde está el sofisma? En que no todo el pensamiento dé un
pensador tradicional. tiene que ser verdad. Esa -infalibilidad, que algunos
que se profesan tradicionalistas
no dudan en atribuir a ilustres pensadores
de su escuela, sobre necia,
es también_ lo que más ha, contribuido a pre­
sentar una imagen hosca .Y antipática del pensamiento tradicional» (Jove­
Uanos, ideologia y aétitudes religiosas, poltticas y económicas, Instituto de
Estudios Asturianos, Oviedo, 1983, pág. 114).
239
Fundaci\363n Speiro

LlJ.{S M.1/.RIA SANDOVAL
más a menudo, prácticas. Son los pensamientos y los actos con­
cretos los que se deben calificar y proponet como modelos.
(Pot otra parte, recuéroese que incluso el contrarrevolucio­
nario real de mejor voluntad será frecuentemente defectuoso en
más de un aspecto).
23. Hemos dicho que
el concepto de Contrarrevolución es
análogo potque unas veces su eje se entiende situado sobre la
noción de reacción, otras en la de catolicidad, y otras también
en la de tradición. Además, cabe una gradación respecto de cada
una de esas ideas.
La idea de reaoción es de las tres la más amplia, vaga y de
menor valor.
Se distingue de la meta oposición a los avances
revolucionarios porque supone una revuelta contra los principios
que los
han hecho posibles.
Las reacciones se producen al enfrentarse a las consecuencias
del desorden revolucionario, sobre todo
ruando alcanza un gra­
do agudo, y más todavía si es violento. Entonces, al observarlas
de maneta
tangible e inmediata, se concede crédito a la crítica
de las raíces del mal. No es, pues, que las ideas contrarrevolu­
cionarias sean hijas de las crisis, sino que su audiencia aumenta
enormemente entonces, bien que no todos los conversos perse­
vetan en su convicción
pasado el momento

de máximo peligro.
Súmese a esto que no todas las reacciones son contrarrevolu­
cionarias:
-Hay reacciones que son sólo retractaciones parciales, por­
que no se remontan suficientemente a los principios, y contem­
plan romo objetivo final la sustitución de las formas más radi­
cales de la Revolución por alguna de sus fases anteriores; así,
contra
el comunismo se presenta romo solución la democracia.
Esto en sí mismo constituye una falsificación de
la Contrarrevo­
lución que puede deberse a interés, o
etror culpable; también a
conformarse perpetuamente con
la hipótesis porque comodidad
o
cobardía impiden rechazar en bloque todo el 'mundo moderno'.
-:-Y hay · reacciones que suplantan a la vetdadera Contrarre­
volución para resultar ser verdaderas huidas hacia delante. Son
240
Fundaci\363n Speiro

CONSIDERACIONES SOB8.E LA.--CONTRARREVOLUCION
los casos en que la crítica. de· principios se. remonta más, pero
luego se adopta una posición nueva, al tiempo ideológica
y vo­
luntarista, sin volverse francamente· a los fundamentos cristianos
y desdeñando adherirse a la corriente contrarrevolucionaria por
'antigua'
y 'agotada'. Son, evidentemente, los fascismos históri­
cos y sus rebrotes posteriores, que nacen del seno de los ambien­
tes revolucionarios, desvían la reacción de
hombres de buena vo­
luntad, y terminan siendo reabsorbidos por las corrientes revolu­
cionarias.
De todos modos, cumple hacer una salvedad, y es que debi­
do al abrumador incremento
de la influencia revolucionaria, y
grave debilitamiento correlativo
de los movimientos contrarre­
volucionarios, puede llegar a haber ignorancia inculpable de la
perspectiva global de nuestra era. Por eso, cuando se manifiesta
una reacción enérgica y una apelación al sentido cristiano, sobre
todo en situaciones críticas (pensemos en los rusos· blaocos o en
Solidaridad), debe cuando
menos hablarse de una tendencia con­
trarreyolucionaria implícita o imperfecta.
24. Dentro de
la familia de las reacciones, la Contrarrevolu­
ción se caracteriza primeramente por su carácter cristiano. Sien­
do éste el r¡¡sgo más sustantivo, no siempre se comprende bien
en qué consiste propiamente dicha
naturaleza cristiana.
Si identificamos la · Contrarrevolución con la defensa de los
cristianos,· le daríamos un sentido demasiado
lato. Sin duda los
~ontrarrevolucionaríos se sienten solidarios con la emancipación
de. los católicos de Irlaoda, o con la suerte de los maronitas li­
baoeses, pero ver en el Islam la Revolución o en O'Connell un
contrarrevolucionario es desnaturalizar los conceptos.
Restringiendo el concepto, tampoco es lo específico de
la
Contrarrevolución la causa de la Iglesia, aunque le sea connatu­
ral.
Por una parte, la· defensa de los derechos de la Iglesia aúna
a todos los fieles,
pero· sería engañarse ver en todos ellos un po­
sicionamiento contrarrevolucinario (bien porque unos lo sean sólo · ·
en estado-potencfal,. bien porque ,otros sean católicos liberales)
y, por · otra parte, basta enumerar dichos derechoo a defen-
241
Fundaci\363n Speiro

1-UIS MARIA SA.NDOVAL
der ( 26) para constat«r que con ellos no se agotan los objeúvos
de la Contrarrevolución.
Ni siquiera aceptamos que sea la suya la causa de la Fe, si
con ello se corre el riesgo
de sugerir que su fin, como el de la
Acción Católica .o. cualquier congregación, ea el apostolado.
Lo peculiar de la Contrarrevolución es la defensa y promo­
ción de una política plenamente
católic;a. Por eso su lema y ob­
jetivo se cifra en
la Realeza .social de Cristo, oposición y =edio
específicos a la herejía social de nuestra época (27).
También bajo este aspecto
la Contrarrevolución admite gra­
daciones y contribuciones parciales: contrarrevolucionarios serán
cuantos tengan una finalidad equivalente al Reinado Social de
Nuestro Señor Jesucristo «o puedan ordenarse a esta misma fi.
nalidad. Dicho de otro modo, puede ocurrir que una obra o
gru­
po . determinado se proponga fines más próximos o circunstan­
ciados que
en. sí mismos no apunten a un propósito tan amplio
como el antes mencionado, pero que sin
emh«rgo al dar cumpfi­
miento a su objeto espedíico contribuyan desde su ámbito a
aquel otro que los trasciende, o bien
lo apoyen o lo complemen­
ten» (28).
25. Aunque
la reacción en pro de una política católica se­
ría aceptada hoy como definición suficiente de la Contrarrevolu­
ción,
no se haría justicia a su significado histórico.
Comencemos
afirmando que la noción de estado católico es
un mínimo que puede ser plenamente desarrollado o no, y que
puede plasmarse en distintas instituciones concretas.
Un estado
católico
es el que confiesa a Cristo, reconoce y protege a la I11le-­
sia, y ajusta sus do.ctrinas y prácticas a la moral católica. Sobre
esa base común se
han conocido en la historia no ya formas
(26) Una bella y completa· Síntesis se pllede ver en VÁZQUEZ DE ME­
LLA, Obras completas, vol. V (La persecución religiosa y la Iglesia inde­
pendiente del
estado ·ateo), Junta del Homenaje a· Mella, Barcelona, 1934,
págs. 185-192.
(27} Ver Quas primas (§§ 12 y 13).
(28)
WITOLD KoPYTYNSKI, Apuntes sobre la Ciudad Cat6lica, Edi­
ciones del Cruzamante, Buerios Aires, 1983, ¡,ág. 10.
'242
Fundaci\363n Speiro

CONSIDERACIONES SOBRE LA. C0NTRARREV0LUCI0N
políticas, sino regúnenes sociales muy distintos, más perfectos
unos que otros, pero
indiscutiblemente católicos. Y sobre esa
base también
se pueden proponer, ciertamente, fórmulas de 'nue­
vas cristiandades', pero, aunque fueran ortodoxas y viables, no
todas
se identificarían sin más con los propósitos de lo que se
entiende por Contrarrevolución.
Y es que la Contrarrevolución tiene su origen histórico en el
intento de evitar la caída del llamado Antiguo Régimen y en el
intento de restaurarlo inmediatamente después de
su derroca­
miento; y ya desde ese origen su pensamiento se inspiró siem­
pre en lo que fue el régimen de Cristiandad histórico para pro­
poner las necesarias correcciones del régimen depuesto y las adap­
taciones
a las necesidades de los tiempos.
Por eso, la Contrarrevolución, en su sentido más estricto o
integral, no postula cualquier estado católico posible de for­
mas a inventar, sino uno muy determinado, entroncado con una
tradición histórica qµe pretende continuar. La muestra más ex­
plícita de cuanto decimos se encuentra en los «fundamentos de
la
legitimidad española» resumidos por el último rey carlista,
don
AHonso Carlos, donde, a más de la Religión Católica, la
constitución orgáuica de la sociedad,
la federación histórica de
las regiones españolas y
la monarquía tradicional, se añaden
«los principios y espíritu y, en cuanto
sea prácticamente posible,
el mismo estado de derecho y legislativo anterior al mal llamado
derecho nuevo»
(29).
En conclusi6n, entendemos por Contrarrevoluci6n al con;un­
to de hombres, organizaciones y aco'ntecimientos en que se ma­
nifiesta una reacción integral contra la Revoluci6n, que pretende
establecer la constituci6n católica de la sociedad, e hist6ricamen­
te ha procurado continuar la tradición institucional anterior.
26.
Aproximarse a la Contrarrevolución en función acumu­
lativa de tres conceptos que admiten gradación, tal y como lo
. '29) Real Decreto de 23 de enero de 1936 estableciendo la Regen­
cia. Vid. MANuEL DE SANTA Cauz, Apuntes y documentos para la historia
del tradicionalismo español, 1936-1939, edición del autor, Madrid, 1979,
tomo I, págs. 13-15.
243
Fundaci\363n Speiro

L.UIS MARIA SANDOVAL
hemos hecho, tiene la ventaja de explicat la realidad concreta
de
los contratrevolucionatios, que demasiado a menudo suelen
presentarse mezclados, implicados o
próximos a otras corrientes
en algunos aspectos de su vida, lo cual sería incomprensible o
motivo de exclusión
si se adoptara una tipificación neta y sin
matices.
Así,
-casi en sus orígenes, la Contrarrevolución apareció te­
fiida de romanticismo (30), reacción que asentada s6lo en el sen­
timiento y sin sólida base doctrinal, terminó siendo recuperada
por
el liberalismo. A través del romanticismo se operó también
la colusión del tradicionalismo con el bifronte nacionalismo (31).
Y de modo similar hubo una atracción por los fascismos de
en­
treguerras .
. En otras ocasiones el parentesco y las deudas con el pensa­
miento conservador y
los críticos moderados, como un Tocque­
ville, son patentes .
. Y, finalmente, existe al mismo tiempo patenfesco y rivalidad
no
ya con los cristianos sociales y los democristianos más since­
ros, sino con los propios católicos liberales, que en ocasiones pro­
ceden
históricamente de las filas contratrevolucionarias.
Cómo en la parábola, en este siglo crecen juntos trigo y ci­
zaña y no siempre es posible extirpat la una sin mutilar el otro.
(30) «Sutiles .matices no formulables 16gicamente, daban a las mismas
expresiones los más antitéticos sentidos. Y, sin embargo, quienes estaban
ya .tal vez en las más opuestas actitudes, colabotaban_ en campañas comu­
nes. Y en un mismo indi_viduo convivfan y se fundían, y se confundían,
las mas dispares tendencias.
«El ambiente colectivo que tiene como· resultado político esta descón­
certante efectividad revolucionaria de tópicos 11tradicionalistas" extrañamen­
te matizados, es el -Romantici~o»-.
FRANcxsco CANAIS VmA'I., Cristianismo y revolución, Editorial Speiro,
Madrid, 1986, págs. 119sl20.
(31) «La clave de esta conexión· está en el Romanticismo. Desde esta
perspectiva
se explica la parte de rázón que asiste a quienes conectan el
catalanismo con el liberalismo y quienes lo enlazan con el tradicionalismo
reilgioso y filos66co». JosÉ MARÍA Ar.sINA RoCA, El tradiciona/iimo filo­
s6fico en España, Promociones Publicaciones Universitarias, Barcelona,
1985, págs. 252-253.
244
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CONSIDERACIONES SOBRE LA CONTRARREVOLUCION
Distinguiendo.
27. Y a caracterizada la Contrarrevolución, conviene cuanto
menos apuntar algunas de sus posibles clasificaciones y tipolo·
glas:
- Hay una Contrarrevolución existencial y otra pensada.
La primera se dio en los países de Cristiandad y perduró
mientras
se mantuvieron vivos los restos de las instituciones del
Antiguo Régimen.
La segunda tiene por fundamento doctrinas explícitas, culti­
vadas en escuelas de pensamiento y que
se procuran difundir y
encarnar en la sociedad.
-Se ,pueden distinguir, aun dentro del sentido más estric­
to e integral que hemos visto, una Contrarrevolución heredada y
otra redescubierta. No tiene por qué haber ~ntre ellas diferen­
cias de posturas, sino
sólo en las circunstancias de su origen:
las heredades son fruto de una continuidad cierta respec­
to de otras manifestaciones anteriores; algunas
se remontan sin
solución de continuidad a los contrarrevolucionarios
· iniciales,
tanto a los pensadores
cuahto a los movimientos populares. Su
paradigma es el carlismo;
las redescubiertas aparecen donde no
había habido tra·
dición contrarrevolucionaria alguna (Brasil),
se había extinguido
prácticamente (Argentina, Italia),
y también simplemente al mar­
gen de las corrientes tradicionalistas existentes en su país, desde
ambientes iniciales muy alejados. No
se ha de pensar que tales
corrientes sean sólo afines, o partidarias de
la política católica
sin la componente tradicional, porque según asimilan la perspec­
tiv_a integral de la Contrarrevolución terminan necesariamente re­
firiéndose a los precedecesores de su nación, e incluso a refun.
dirse con ellos, como hizo el Integralismo Lusitano al volverse
hacia el miguelismo.
· En cualquier caso, estos redescubridores de la. Contrarrevo­
lución,
del grado que sean, vuelven a constituirse en raíz de con­
trarrevolucionarios heredados, o a integrarse como elementos de
245
Fundaci\363n Speiro

LUIS·MARIA SANDOVAL
la gran tradición común (piénsese en la gran impronta de Mau­
rras sobre el legitimismo francés). Pero, por idéntico motivo,
llega a producirse una diversificación
y superposición de escuelas
de distinto origen que complican
el panorama contrarrevolucio­
nario nacional.
Siguiendo la tipología de la Revolución de Correa de Oli­
veira podría también hacerse esta otra clasificación:
-Contrarrevolución en Revolución aguda.-Es la de la reac­
ción popular amplia y entusiasta, más existencial que doctrinal,
la de las acciones políticas
y militares, y la de convergencias en
la acción con todo tipo de fuerzas. Los ejemplos van de la Ven­
dée a la Cruzada de 1936.
- Contrarrevolución en Revolución mansa.-Es la que hace
frente en minoría a las situaciones
de mal menor, la d .. las accio­
nes sociales, los partidos políticos y los desarrollos doctrinales.
-Contrarrevolución en «semi-contra-revolución».-Es la pro­
pia de grupos minúsculos en la falsa situación
de denunciar al
tiempo a la Revolución que acecha y al gobierno teóricamente
afín que la prepara el camino. Tales grupos suelen ser asimilados
sin
más por los revolucionarios con los defensores del régimen
existentes. Históricamente la ejemplifican
los lúcidos apologis­
tas prerrevolucionarios, los
ultras de la Restauración, o los carlis­
tas
durante el Régimen de Franco (32).
Pero también Contrarrevolución en el poder, aunque no haya
sido duradera, completa
ni perfecta. ¿Qué, si no, es García Mo­
reno?
Ocurre que los tres criterios por los que se mide la Contra­
rrevolución son lo rechazado, lo propuesto
y lo realizado. Y si
el primero es demasiado genérico, el segundo no pasa de la in­
tención o el ideal, por lo que resulta injusto contrastar con ello
(32) Sobre esta supervivencia activa y casi desconocida, es imprescín~
clible el ya citado libro de MANmlL DE SANTA CRUZ, Apuntes y docu­
mentos para la historia del tradicionalismo español, 1936-1939 (25 volú­
menes· publicados ya desde 1979), que es-· rico en noticias y consideraciones
doctrinales y
abre interesantes campos de reflexión.
Fundaci\363n Speiro

CONSIDERACIONES SOBRE LA CONTRARREVOLUCION
lo efectuado sin tener en cuenta que ni en el mejor de los ca­
sos podría ser plenamente satisfactorio.
- Próxima a
la anterior clasificación podrían distinguirse
tres tipos de acciones contrarrevolucionarias:
la contención, la
reacción y
el renacimiento, que se identifican groseramente con el
proceso histórico seguido.
La contención se refiere a impedir el ascenso de la Revolu­
ción, aunque al
mismo tiempo pretenda hacer coherente y re­
formar el régimen existente.
La reacción es inmediata a la asunción del poder por los
revolucionarios; es virulenta y masiva, pero por eso mismo poco
duradera si no triunfa.
Por último, el renacimiento supone una situación de Revolu­
ción establecida
de antiguo, y una tendencia más empírica e in­
novadora ( 3 3
).
Espíritu de reacción.
28. Queremos ahora analizar con cierto detalle algunas de
las cualidades características de
la Contrarrevoluci6n.
Empecemos por aquella
de constituir una reacci6n. De nin­
gún modo ha de tenerse por un defecto, sino por un signo na­
tural de vida. Como acuñó .Maeztu, ser es defenderse, y dejar de
defenderse
es dejar de ser.
No se puede ocultar, sin embargo, que la
dinámica de reac­
ción no tenga, como todas, una tendencia propia a la deforma­
ción.
I;:n nuestro caso ha marcado ampliamente a la Contrarre­
volución con un estilo de exposición por contraste. La primera
preocupación de los autores contrarrevolucionarios suele ser
ha­
cer la crítica de los errores de la Revolución en sus teorías y en
sus hechos
y, ciñéndose a ellos, a veces el énfasis y la mayor
(33) Sobre esta -idea de renacimiento ha insistido ·Permatiences des­
de hace unos años; véase como ejemplo el artícolo de Jacques Trémolet
en el número 210, págs. 2-3.
247
Fundaci\363n Speiro

LUIS MARIA S'A.'NDOVAL
extensión se colocan en esa impugnación, con cierto detrimento
del cultivo de lo propio (34
),
29. Por .otra parte, la denuncia de los males de la Revolu­
ción proporciona un punto de coincidencia con otras posturas
también críticas, con una doble posibilidad:
- la
de recuperar a los que las formulan para la Contrarre­
volución (y siempre
al menos. esa parte de sus ideas). No deja de
llamar la atención al respecto el destino de multitud de críticas
a la Revolución, sea de independientes, de moderados o de
exal­
tados en un rapto de lucidez y sinceridad, que hoy sólo son re­
cordadas y citadas por los contrarrevolucionarios;
- o la de desviarse por confusiones muy peligrosas. Y
es
que, como explica Cantoni (35), a fa primera derecha, origina­
ria, católica y
tradicional, contrarrevolucionaria en suma, se han
añadido con el
tiempo dos falsas derechas o 'derechas de la Re­
volución'. Pero mientras la primera «se trata de una derecha
autónoma, que
se contrapone ciertamente a la Revolución, pero
que no
extrae las propias ideas y las propias tesis simplemente
de esta oposición, sino
. sobre todo de los principios que defien­
de», las
otras s~n contraposiciones dialécticas dentro de la Revo­
lución a alguna de sus '?'anifestaciones históricas. Así, el libera-
(34) «Este hedio p.a. conducido al resul~do más p~dójico de todos,
y es que hasta la mism!! historiografía moderna tradicionalista sólo ha es­
tudiado
el pensamiento revolucionario, so color· de · impugnarlo y critiW­
lo. Esta es la razóli por la. que;, más· de una vez, leyendo los Heterodoxmr
de Menéndez y Pela.yo, nos ha surgido la pregunta de por qué no haría
don Marcelino la historia de los 1'ortodoxos ... ". Desde luego, esta actitud
de no silenciar al enemigo, sino de vocear su nombre para citarlo en la
Plaza públic:;;_ a duelo, es más noble, y explica la diferencia que hay entre
unos ·y otros. Pero, ·con todo, ya es· hora de comenmr · a hablai-· de los ver­
daderos representantes de ·la España .eterna, para que ·sus nombres y me­
mo~. ,queden reivindicados»,., fRANc1sco PuY MUÑoz, El pensamiento
tradicional de la España del siglo XVIII (1700-1760), Instituto de Estu­
dios Políticos, Madrid, 1966, pág. 231.
(35) GIOVANNI CANT0N1,. ensayo iritroductório a Rivoluz.iont! e to'ntro­
ri.voluzioñe, de .Plinio Correa de Oliveira, Cristianita, Piacenza, 1977, pá­
ginas 19-29.
Fundaci\363n Speiro

CONSIDERACIONES SOBRE LA CONTRARREVOLUCfON·
lismo conservador, que pretende conservar firmemente el mo­
mento liberal · del proceso frente al socialista, así el socialismo
nacionalista como deslizamiento a la
dérecha de una parte de
las tendencias socializantes contra el desarrollo comunista e in­
ternacionalista.
La
colusión entre los contrarrevolucionarios y las reacciones
del conservadurismo, bonapartismo o fascismo, presenta al prin­
cipio ventajas políticas, pero
es de observar que estas falsas de­
rechas, que
lo son de hecho y por deslizamiento, pero no de
principio,
más que alinearse junto a la primera tienden a sobre­
ponerse históricamente a ella y a aprovechar su potencial, miti­
gando
algo sus posiciones, pero provocando que la derecha con­
trarrevolucionaria original se corrompa por la concesión · y el
compromiso y sobre todo por la pérdida gradual de identidad. y
arrastre propios.
30. Pero sí hay
algo en lo que la condición opositora y be,
ligerante de toda reacción contribuye a fomentar una c:ualidad
positiva: el espíritu militante. Esa cualidad .de sentirse compro­
metido con todas las potencias del ser en un combate que no
conoce pausa ni horario nunca es suficientemente poseída y, sin
embargo, es estrictamente necesaria en las condiciones de la em-
presa contrarrevolucionaria. ·
Por eso, si el amor a la propia causa no bastase para asumir
esa actitud militante, en este caso el talante de reacción sí debe
conducimos a imitar aquello que se combate, según aquella
ex­
hortación -con algo de reproche-- de Nocedal: «Pongamos si­
quiera eh defender la soberanía social de jesucristo el celo que
sus enemigos ponen para destruirla».- ·
Un agudo sentido his~.órico.
31. Los contrarrevolucionarios poseen un especial y muy
acusado sentido histórico.
Ya la postura contrartevolucioriaria
·consciente implica, ,conio
indica el mismo nombré, toda una visión de lá historia moder­
na y contemporánea, además de una afumación de· principios,·
249
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L·UIS MARIA SANDOVAL
· Más aún, el espíritu contrarrevolucionario es constitutivamen­
te tradicionalista. Empieza por considerarse continuador de la
tradici6n prerrevolucionaria, y foego guarda un sentimiento de
piedad y reverencia hacia todos los predecesores en la empresa
de
la Contrarrevoluci6n: los maestros y los ejemplos antiguos
siguen vivos en
su quehacer cotidiano.
Esa conciencia del pasado no
es algo meramente romántico,
sino que
es muy eficaz. La historia de la Contrarrevoluci6n es
una buena muestra de lo que vale la fuerza de la herencia y de
la tradici6n, así como el ejemplo de los antecesores y vecinos.
Donde
ha existido una vigorosa actitud contrarrevolucionaria es
más fácil que la misma generaci6n o la inmediata la retome de
la misma u otra manera. En cambio, donde esa continuklad se
interrumpe por mucho tiempo, resulta difícil que se· reanude.
Si en España pudo haber una Cruzada en pleno siglo XX fue por­
que
la tradici6n de las guerras por motivos religiosos había per­
durado durante todo
el siglo anterior, además de apelarse al re­
ciente ejemplo cristero, todo lo cual la convertía en un recurso
comprensible y familiar para los alzados.
De aquí la responsabilidad de cada generaci6n, porque si re­
nueva su esfuerzo, aunque fracase, hace posible la perpetuación
viva de la causa contrarrevolucionaria a la espera de oportuni­
dades
más favorables: se constituye en un precedente suficiente­
mente pr6ximo como para ser aplicable.
¿ Es s6lo casualidad que
la Polonia de Wyszynski y de los levantamientos de 1956 y 1970
haya visto
-111 segundo intento--el triunfo de Solidaridad?
¿O que sea la Hungría que rechaz6 a Bela Kun, la de Minds­
zenty y la insurrecci6n de 1956, el
otro país donde el comunis­
mo ha
rettoceclido más deprisa?
32. Además, este característico sentido
hlst6rico es el que
distingue a la Contrarrevoluci6n de las falsas derechas.
·
Si se observa bien, la derecha moderada es conservadora,
pero no tradicionalista. Porque lo que caracteriza a
esa derecha
liberal no
es · una creencia, sino una inclinaci6n, una tendencia.
No
se adhieren firmemente a una verdad fija, sino que procuran
salvar
y conservar el statu qua minimizando las concesiones. Por
250
Fundaci\363n Speiro

CONSIDERACIONES SOBRE LA CONTRARREVOLUCION
eso sus precedentes tienen para ellos un valor muy escaso, ya
que adoptan un espíritu de compromiso análogo, pero no de­
fienden ya lo mismo.
Los conservadores vienen a coincidir con los contrarrevolu­
cionarios en cuanto a la defensa, pero carecen
por completo de
aspiración de reconquista de lo perdido en anteriores ocasiones.
Por su parte, las derechas de «nueva
vía» actúan como si el
mundo hubiera estado a oscuras hasta que ellas empezaron a
pensar. Todo está por hacer,
los antiguos estaban unos y otros
equivoca.dos,
antes nadie vio la verdad completa ... No hay ver­
dadero sentido de la tradición, sino apelación arbitraria y
dis­
continua a ciertas figuras pretéritas. No se sabe qué censurar
más,
si su enorme soberbia o su absoluta ignorancia del pasado.
Una época nueva.
3 3. Avanzamos ya que la Contrarrevolución debía conside­
rarse una etapa nueva en
la situación social del catolicismo. Pro­
fundicemos ahora sobre
la cuestión.
Es evidente que no vivimos
ya en régimen de Cristiandad,
pero tampoco
se puede actuar como si ésta no hubiera existido,
por lo que
no es válido pensar que hemos sido retrotraídos a un
régimen de misión en un medio ajeno, como el de los pritneros
siglos de nuestra Era.
Nos encontramos en una sociedad heredera de
siglos -más
de un milenio en casi toda Europa-de civilización íntegramente
cristiana, bien presentes en la memoria
de todos, hasta de sus
enemigos, y cuyos abundantes restos, fácilmente reavivables, aso­
man por doquier. Todo eso marca a los esfuerzos de restaura­
ción, justificadamente y con gran intensidad, metas mucho
más
altas que las de una presencia de sitnple misión· hacia los indivi­
duos, Y, sin embargo, no se debe olvidar que se trata. de una so­
ciedad que se ha erigido renegando con deliberación y a ultran­
za de sus principios cristianos. La actitud con la que aproximar-
251
Fundaci\363n Speiro

LUIS MARIA SANDOVAL
se a una comunidad apóstata (36) no puede ser la misma que
para con simples infieles.
Por todo ello decimos que la Contrarrevolución debe contem­
plarse como una fase nueva
y original de la repercusión social
del cristianismo, distinta de
la de vigencia social y tambit!n de la
previa de misiones . que la originó.
Y tampoco resultará de
ella el retorno, sin más, a un estadio
histórico pasado ( 3 7
). Esto último ya había sido percibido por
De Maistre, que escribía: «esta revolución no puede acabar con
un retomo
al antiguo estado de cosas, que parece imposible, sino
con la
rectificación del estado en el que hemos caído», y está im­
plícito en las conocidas frases de la Notre charge apostolique de
San Pío X: «No se. edificará la ciudad de un modo distinto a
como Dios la ha edificado; no
se levantará la sociedad si la Igle­
sia no pone los cimientos
y dirige los trabajos; no, la civiliza­
ción no está por inventar,
ni la ciudad nueva por construir en
las nubes.
Ha existido, existe: es la civilización cristiana, es la
ciudad católica. No
se trata más que de instaurarla y restaurar­
la, sin cesar, sobre sus fundamentos naturales
y divinos»; en
(36) No pretendemos decir que todos sus miembros sean Personalmen­
te apóstátas, puede que muchos no lo sean, pero otros hab:rnri crecido en
la incredulidad dentro de una tradición fundada en la apostasla. ·
(37) Al respecto, PLINIO CORREA DE ÜLIVEIRA afirma: «La Contra­
Revolución no es, pues, un mero retroceder en los maleficios de la Revo­
lución en el pasado, sino un esfuerzo para cortarle el camino en el pre­
sente».
« ... el orden nacido de la-Contra-Revolución deberá tener caracterís·
ticas propias que le diversifiquen del Orden existente antes de la Revo­
lución».
«El Otden nacido de la Contra-Revoluci6n deberá refulgir, más toda­
vía que en la Edad :fyledia, en _lo.s tres puntos capitales en que fue vul­
nerado por la Revolución: un profundo respeto a los derechos de la Igle­
sia ... , un espíritu de jerarquía... y una diligencia: en detectar y en oom..
batir el mal en sus formas embrionarias o veladas» (op. cit., págs. 88-90).
Y acerca de este último punto ;Maistre había amonestado~ «Y, como
la reaccíón ha ~ ser igual a fa acción, no os precipitéis, hombres. impa·
cien.tes, y pensad que la mismá prolongáción de los males os anuncia-una
contratrevoludón· de la: que no tenéis idea» ( op. cit., págs. 84-85).
252
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CONSIDERACIONES SOBRE L.:1.-CONTRARREVOJ.,UCIO!{
efectó, si la civilización cristiana del pasado hubiera sido univer­
sal y perfecta, la
tarea de nuestra época se reducitía a la restau­
ración,
pero en muchos aspectos, lugares y modos tendrá que ser
instáuración e innovación .(38).
34. Si en la perspectiva del cristianismo en el mundo la
Contrarrevolución es una gran época nueva, históricamente po­
demos distinguir· en estos dos siglos de existencia dos petíodos
bien diferenciados.
La divisoria entre la primera Contrarrevolución y la segunda
puede
situarse en tomo a los años setenta del siglo
XIX, cuan­
do, tras la «república de
los duques», la salida de Carlos VII
por Valcarlos, el asesinato de García Moreno y, muy especial­
mente, la invasión final de los Estados Pontificios,. desaparecen
los
Ííltilnos restos de estados católicos y las últimas posibilida­
des de restaurar las monarquías tradicionales.
Hasta entonces,
durante el primer período, predominó lo que
hemos llamado contrarrevolución existencial. Esa
primera con­
trarrevolución no postulaba un designio político, sino que
se
aferraba a una realidad existente o viva en el recuerdo inmedia­
to (39). Por ese mismo hecho contaba con nutrida base popular
y pudo disputar al liberalismo el poder político, incluso militar­
mente. Se puede decir que hasta la década de 1870 la Contra­
rrevolución tuvo
un real protagonismo en la historia política.
En suma, es la época de la contrarrevolución en sentid.o estricto
e
integral, de la resistencia y la reacción ( 40 ).
(38) Vid. MARiA TERESA MoRÁN CALERO, «Los pnne1p1os del or­
den político cat6lico»~ en Los cat6licos y la acción política, Editorial Spei­
ro, Madrid, 1982, págs. 67-68.
(39) Seguimos en esta caracterización del tránsito de un periodo a
otro
11; MIGUEL AYUSO, en su trabaio «La evolución ideológica en tomo al
centralismo», en Verbo, nám. 215-216, págs. 618-629.
(40) Dentro de esta ]?rimera época· podrían ilistingtiirse, a su vez, va­
rias generaciones de contrarrevolucionarios: los clarividentes, _ que comba ti e­
.ron la ·gestación de la Revolución en las ideast antes de 1789; las resisten­
cias ·populares en-nombre de la-fe y la legitimidad durante las guerras. de
la Revolución y del Imperio; los políticos desdeñados por la Restauración
253
Fundaci\363n Speiro

LUIS· MARIA SANDOVAL
La cesura que hemos indicado viene marcada por el fracaso
político
y sus consecuencias. La segunda contrarrevolución se
vio obligada a refugiarse
en las acciones sociales sectoriales y el
desarrollo doctrinal.
Pero la expulsión de las vivencias y el re­
fugio en la teorización -predominio de la contrarrevolución
pensada-llevaron consigo la pérdida de influencia· de la Con­
trarrevolución. sobre
grandes masas. De esa derrota data la esci­
sión
entre la 'primera derecha' de los intelectuales tradicionalis­
tas y la minoría
que se les conservó fiel, y una derecha socio­
lógica y sin guías, presta a múltiples trasvases ideológicos, de la
que siempre puede surgir una contrarrevolución redescubierta
_:_10 cual complica en todo caso el panorama contrarrevolucio­
nario--, pero, sobre todo, de la que se nutren las reacciones del
moderantismo, el bonapartismo,
el nacionalismo, el fascismo, etc.
Finalmente, a mediados
del siglo xx, a consecuencia de la
Segunda Guerra Mundial y del Concilio · Vaticano II se insinúa
una nueva inflexión histórica,
que cerraría esta segunda etapa,
de la que luego nos ocuparemos.
Peculiaridades de la Contrarrevolución,
35. Queremos destacar ahora. varios rasgos peculiares en
los que se manifiesta la originalidad de la Contrarrevolución
como época nueva.
Pío XII nos da la clave:
«No habría que dejar pasar inadvertida, ni sin reconocer su
bienhechora influencia, la estrecha unión que hasta la Revolución
francesa
ponía en relaciones mutuas en el mundo católico las
dos autotidades establecidas por Dios: la Iglesia y el Estado. La
intimidad de sus relaciones (sin intromisiones reciprocas) en el
terreno común
de la vida pública, creaba --en general-como
una atmósfera de espíritu cristiano, que dispensaba en buena
parte del trabajo delicado, al cual hoy deben entregarse los sa-
(que lo era del despotismo ilustrado y con concesiones a los liberales); y
los lea.le& hasta el fin, que se batieron por lealtad cuando se fueron vinien­
do aba.jo, minados, los regímenes absolutistas y doctrinarios.
254
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CONSIDERACIONES SOBRE L.4. CONTR.4.RREVOLUCION
cerdotes · y los seglares para procurar la salvaguardia y el valor
práctico de la fe.
»A finales del siglo XVIII un factor nuevo enrra en juego.
Por una
parre, la Constirución de los Estados Unidos de Améri­
ca del Norte ... y, por orra parte, la Revolución francesa, con
sus consecuencias, que tanto en Europa como en ultramar con­
ducían a separar la Iglesia del Estado. Sin efectuarse por todas
partes al mismo tiempo
y en el mismo grado esta separación,
ruvo por todas partes como consecuencia lógica el dejar a. la
Iglesia proveer por sus
propios medios a asegurar su acción, el
cumplimiento de su misión,
la defensa de sus derechos y de su
libertad. Este fue el origen de lo que se llama los Movimientos
Cat6licos ... » (41).
Por efecto de la ruptura de la sociedad civil con el orden
cristiano hubieron de aparecer organismos que no tendrían razqn
de ser en una sociedad
armónica, con el 6n de proteger a la Igle­
sia,
y de asegurar el valor práctico de la fe. Esos organismos
nuevos, desconocidos antes, son los movimientos católicos
y
los conrrarrevolucionarios, puesto que también hay que velar
por el valor práctico de
las verdades políticas naturales, que
están igualmente incluidas en el orden cristiano
y son feroomen­
te negadas por la Revolución.
Así, pues, la primera particularidad de
la época en la que
nos encontramos es
la constitución de grupos específicamente
contrarrevolucionarios.
36. El orden de la Cristiandad era
más sentido que com­
prendido; hoy esa relación se invierte en la Contrarrevolución,
y la adhesión debe fundarse sobre su comprensión teórica.
La primera contrarrevolución defendía una realidad vivamen­
te sentida 'desde denrro', pero no
poseía una clara conciencia de
cuanto aquello representaba, ni de los supuestos en que se
apo­
yaba, ni de lo que era fuodamental y accesorio. Es después,
coincidiendo con
el paso a la segunda contrarrevolución, cuando
(41) Discurso al I Congreso mundial para el Apostolado seglar. A.A.S.,
1951, págs. 784 y sigs.
255
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LUIS MARIA SANDOVAL
se alcanza la plena autoconciencia de lo que representaba el or­
den tradicional (42).
En la actualidad, para bien o para mal, es un hecho consta,
table que el fundamento de la Contrarrevolución es creciente­
mente intelectual. Cada
vez más, la Revolución ha destruido los
ambientes sociales cristianos de los que pudiera derivarse espon­
táneamente la reacción, y en
cambio han alcanzado un acabado
desarrollo las reflexiones sobre las causas de los males sociales
y
los principios imprescindibles del buen orden.
Hoy
más que nunca, el motor de la Contrarrevolución es
doctrinal, más aún, pedagógico, porque la formación doctrinal
no se
recibe en el seno de la sociedad naturalmente constituida,
sino en auténticas escuelas constituidas al efecto.
Lo cual, como todo, tiene ventajas e inconvenientes. Venta­
jas son la ortodoxia radical y la homogeneidad que dimanan de
una formación "1resa; pero hay que prevenirse contra los de­
fectos conexos: el peligro de constituirse en «sociétés de pensée»,
de
que la sutileza del juicio se oriente hacia la crítica recíproca,
el riesgo de convertirse por fuerza de las circunstancias en otra
ideología más, o la carencia de vías por las que se articulen· los
principios en las gentes, de modo en que sus tendencias a
reac­
cionar puedan convertirse en verdadera Contrarrevolución.
';,7. La Contrarrevolución es armónica. En ello estriba su
diferencia esencial con la Revolución, su «ser lo contrario» que
ésta. Parte del principio de la armonía de los fines y medios y
de la convicción de que nadie puede dar lo que no tiene. No es
di!déctica ni maquiavélica, y en consecuencia prefiere la acción
gradual.
En frase de Madiran «la revolución procede y progresa des­
haciendo los lazos sociales naturales. La cotatrarrevolución con­
siste en tejerlos incansablemente». Por eso tiene que ir realizan­
do, o

a lo menos iniciando o
prefigurando desde un principio,
(42) Vid. RAF.Afil. GAMRBRA, -La, monarquia social y representativa en
el 'pensamiento tradicional, Organización SaJ.a Editorisl, Madrid, 19737 pá·
ginas 21-22.
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CONSIDERACIONES SOBRE LA CONT.JURRBV.OI.;UClON
el orden qué pretende restablecer, siquiera sea parcialmente. Lo
cual significa que· ha · de sanar unos cuerpos intermedios, cons:.
tituir otros nuevos, e, incluso, estructuras paralelas.
Porque la Contrarrevolución tiene que ser también global,
una · sociedad embrionaria y paralela, pero
completa. No s6lo
unas minorías selectas, sino una comunión solidaria de personas
y organizaciones de distinta condición. Es obra de todos ·
y en
ella hay sitio para
todos.
38. Pero la restauración de los lazos sociales, siendo con,
dición
necesaria, no es condición suficiente para que haya Con­
tratrevolución.
Es amplia la corriente
católica que desde el siglo pasado' se
preocupa por erigir instituciones sanas y católicas, enseñanza,
asistencia, prensa
... ), y el bien que hacen es grande, pero la do­
lencia del cristianismo social es la ingenuidad. Busca aplacar los
males sociales, pero sin reparar en que el mal de nuestro tiem­
po no es una
mera deficiencia, sino que por obra de la Revolu:
ción
es una deliberada eficiencia.
La Contrarrevolución parte de esa conciencia, y por eso su
acción tiene una naturaleza dual que ha de procurar
transmitir
a quienes todo lo empeñan en la sola acción social, al tiempo
que debe preservarse del contagio de dicha tentación. ·
La Contrarrevolución COJlSiste en la búsqueda del Reinado
Social de Cristo combatiendo
simultánea e incesantemente .a la
Revolución. Cuando
hablamos. de una naturaleza dual nos refe­
rimos a
las dos labores de luchar activamente contra las ideas
y corrientes revolucionarias, y a obrar subsidiariamente . en lugar
de la sociedad deficiente. La mejor síntesis de esa doble t¡lfea,
arquitectónica y militar, es el lema bíblico que adoptó Ac~ión
Española: Una manu sua faciebat opus et altera tenebat gladiu,;,
(Neb 4, 17).
Además, la obsesión por la acción social suele añadir al pe:
cado de ingenuidad el de cortedad, al conjugarse con el apc,liti­
cismo. No se debe olvidar que el origen de ese apoliticismo no
fue voluntario, sino consecuencia de la
derrota de la primera
contrarrevolución, que obligó a
· reducir la envergadura dé los
257
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LUIS MARU SA.NDOVAL
objetivos, pero, como advierte Cantoni, una reacoon social y
religiosa,
pero privada de un proyecto político propio, nace ya
mutilada y en desventaja ( 43 ),
Y es común el error de. identificar la acci6n de orden, que
realiza o anticipa éste, con la
acci6n social, y la acci6n de com­
bate --en su sentido más amplio-con la ,política, cuando no
existe
tal correspondencia: el combate también se libra en los
cuerpos intermedios entre asociaciones voluntarias
y jerarquías
paralelas,
y la restauraci6n del orden debe alcanzar su culmen
en la esfera política.
La necesidad, tanto de la acci6n de combate oomo de la ac­
ci6n política, para seguridad y amparo de las acciones sociales
queda patente en esta consideraci6n: «Mientras el régimen no
se cambie, toda acci6n parcial para intentar mejorar, mantener o
crear instituciones sociales, puede en cualquier momento ser des­
truida, prohibida o incautada por el régimen político, sin más
que promulgar la legislaci6n correspondiente. De esa forma será
preciso rehacer constantemente una obra que se destruye
tam­
bién continuamente desde el poder» ( 44 ).
Una vez sentado cuanto hasta ahora va dicho de las caracte­
rísticas de la Contrarrevoluci6n, y de acuerdo con las premisas
básicas, se puede abordar el tema de la doctrina de la acci6n con­
trarrevolu<;ionaria y elaborar las estrategias más oportunas. Pero
entrar
en ello se sale del prop6sito de estas consideraciones ( 45).
S6lo en
líneas generales se puede apuntar:
- que la reconstmcci6n de todo un mundo desde sus
ci-
(43) GIONANNI CANTONI, op. cit., pág. 17.
(44) EsTANISLAO CANTERO, «El pensamiento político de Eugenio Ve­
gas Latapie», en Verbo, núm. 239-240, pág. 1.100.
( 45) Para introducirse en la visión general de la acción rontrarrevolu­
cionaria -no en técnicas concretas de actuación, a veces intercambiables­
pueden consultarse, entre otros hbros: _ EnuARDO Col.DMA, El reto, lo que
pone en ;uego la subversi6n, Editorial Escélicer, Madrid, 1972; JEAN
OussET, .La acii6n, Editorial St,eiro, Madrid, .1969; Coronel PmRRE CHA­
TEAU-JOBBRT, Doctrina dé acci6n contrarrevolucionaria, Ediciones del Cru­
zamante, Buenos Aires, 1980; Wnou:i ROMAN KoPYTYNSKI, Apuntes so­
bre la Ciudad Cat6lica, Ediciones del Cruzaa,ante, Buenos Aires, 1983.
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CONSIDERACIONES SOBRE LA CONTRA.RREVOLUCION
mientos no puede plantearse sino a largo plazo, y a través de
varias etapas;
-que la restauración social tiene que realizarse de abajo
arriba, pero no sin que antes
haya sido iluminada desde lo alto
por la
doctrina. Luego el comienzo, hoy, pasa por el estudio y la
difusión doctrinal;
-
y que no se podrá· completar hasta que no se reconvierta
el poder político,
por lo que no cabe desentenderse con falso
misticismo de ese terreno.
La inclinación a lo concreto.
39. Como consecuencia de la controversia con el raciona­
lismo revolucionario,
abstracto, desencarnado y utopista, la Con­
trarrevolución acentúa especialmente la defensa de lo concreto:
las libertades concretas,
el hombre concreto ... , a veces hasta ex­
tremos que bordean el nominalismo ( 46 ).
La causa de lo concreto es connatural a los principios cris­
tianos (no en vano es la religión de la Encamación).
Es preciso
preservarla de
la amenaza uniformizadora y, sin embargo, ocu­
rre que, a causa del proceso de intelectualidad creciente de los
contrarrevolucionarios, su postura puede reducitse a elaborar la
teoría de lo concreto, sin que se asuma que la misma contrarre­
volución tiene que ser concreta.
La Contrarrevolución no se realiza por una defensa genérica,
sino implicándose en iniciativas positivas muy determinadas; pero
como a
la noción de concreto va ligada la de limifación y por
tanto de insuficiencia, hay que asumir desde
un principio que
esas realizaciones, aun en el mejor de los casos,
desmerecerán del
ideal· teórico.
(46) Asf, Maistré: «Ahora bien: ·et· hombre no existe en el mundo.
Yo-he visto, durante mi -vida, franceses, -italianos, ·rusos ... , y hasta sé, gra­
cias a Montesquieu, que se puede ser persa; en cuanto al hombre, declaro
que no me lo he encontrado en mi vida; Si existe, lo desconozco» (op. cit.,
pág. 142).
259
Fundaci\363n Speiro

LUIS MARJ:A SANDOVAl:.
40. La concreción incide sobre los propios contrarrevolu­
cionarios
como factor de debilidad, pero también de fuerza.
Si el universo de lo concreto es vario y múltiple, también lo
son los grupos contrarrevolucionarios, hasta llegar con frecuen­
cia a la dispersión.
Igualmente, la perspectiva contrarrevolucionaria, siempre
con,
creta, suele mantenerse apegada a las fronteras de propia nación.
Por lo general se echa de menos en
sus filas una coordinación in,
ternacional eficaz y a veces mínima.
Es también ese apego a lo concreto, aplicado a las naciones
históricas y las personalidades regionales, el que genera puntos
de contacto y de posible trasbordo en los dos sentidos con los
nacionalismos, sea en su versión jacobina, sea en su faceta se­
paratista.
Pero a cambio, los amores concretos, más innJ,(;;diatos, resultan
ser los móviles más fuertes. Y a los movimientos contrarrevolu­
cionarios, lo que les ha dado arraigo, eficacia y perdurabilidad
ha sido
su fisonomía concreta. A modo de ejemplo, se ha recor•
dado oportunamente que lo operativo en la cruzada de 19 36
no fueron batallones de tradicionalistas genéricos, sino muy
con·
cretas
tercios de requetés carlistas ( 47). No hay que temer la
superposición de motivaciones, antes por
el contrario se debe fo.
mentarla, en tanto se mantenga la jerarquía entre ellas.
Preferencias contrarrevolucionarias.
41. Finalmente, debemos referirnos a otras características,
bien que secundarias, de
la Contrarrevolución. Algunos creen que
decir secundario
significa intrascendente, sin percatarse de que
lo secundario es lo
más importante de todo a excepción de le¡
primero.
Históricamente, la Revolución se ha presentado UllÍ"'f80 su
disolvente filosofía antropocéntrica a una.s determinadas formas
. (47) FRANCISCO CANALS, PoUtica· española: pasado y futuro; Editorial
Acervo, Barcelona, 1977,
págs. 196·198.
Fundaci\363n Speiro

CONSIDERACIONES SOBRE LA CONTRARREVOLUCI0N
políticas ( ampliación de libertades, gobierno del pueblo, sufra­
gio universa:! inorgánico
... ) que posiblemente no fueran repro­
bables en sí mismas,
y se ha cubierto con tales 'banderas demo­
cráticas' hasta identificatse
en la práctica con ellas.
Históricamente también, la Contrarrevolución
ha manifesta­
do su oposición
no sólo a los principios erróneos, como la sobe­
ranía popular absoluta, sino además a estas manifestaciones se­
cundarias de la Revolución, en teoría indePendientes de dla y
discutibles, pero que le estaban vinculadas de hecl,_o en general.
Lógicamente, los contrarrevolucionarios han insistido princi­
palmente sobre los principios del orden católico oscurecidos
por
la Revolución: así han acentuado el realismo y el amor por lo
concreto, así han recordado la incidencia
del pecado original y
sus secuelas, o la existencia del libre albedrío y la consecuente
responsabilidad.
Pero también, al descender al
teneno de las instituciones,
la inmensa mayoría
de los contrarrevolucionarios se ha opuesto
al gobierno popular, al sufragio inorgánico, a los
partidos polí­
ticos
y a la influencia ilimitada de los medios de comunicáci6n
de masas. Por el contrario, son favorables a un gobierno perso­
nal, preferentemente hereditario y cuando menos vitalicio. Igual­
mente, coinciden
en postular cámaras de representación orgánica,
la
estructuración corporativa del mundo · laboral, la concepción
abierta
y consuetudinaria de las constituciones, etc.
Y de ningún modo debe
creerse que tales preferencias co­
rrespondan sólo a las corrientes contrarrevolucionarias que se
remontan
al Antiguo Régimen, porque se observan igualmente
en las que hemos denominado contrarrevoluciones redescubiertas.
42. Deliberadamente hemos empleado la palabra
preferen­
cias porque en lo que se refiere a las formas de gobierno: here­
ditaria o electiva, monárquica, aristocrática o popular, como a
la constitución
de las asambleas, todas son lícitas en principio
con tal
de que satisfagan el bien común. Igualmente, parece que
los casos del sufragio universal, los partidos políticos o los sin­
dicatos de clase,
podrárt ser considerados como instituciones más
261
Fundaci\363n Speiro

LUIS MARIA SANDOV AL
o menos perfectas, pero no ilícitas hasta el punto de estar taxa•
tivamente proscritas a los católicos. Más discutible sería esta•.
blecer si la representación política mediante .Jos. cuerpos sociales
es potestativa, o si, por d contrario, es -una consecuencia impe­
rada del reconocimiento de su autarquía.
En el radiomensaje de Navidad de 1944, Pío XII recordó
los requisitos mínimos por los que las tendencias democráticas
triunfantes podrían llegar a configurar una 'sana democracia', a
saber: el respeto a
la doctrina católica acerca del origen y ejer­
cicio
del poder. Advertía sobre todo del peligro de degeneración
de
la democracia en «un puro y simple sistema de absolutismo»,
si no «se conforma --o al menos, no se opone--al orden abso­
luto establecido por el Creador e iluminado con una nueva luz
por la revelación del Evangelio».
Por lo demás, lo cierto es que
sus consideraciones acerca del «pueblo»
y la «masa» no llega­
ba!). al punto de reclamar abiertamente como exigible la orga­
nización politica corporativa ( 48).
Desde entonces parece que. deba entenderse que
la democrá­
cia partidista seria admisible con tal de que satisfaciera dichos
mínimos. ¿Tal sana democracia
podtía considerarse como con­
trarrevolución?
Ante todo, conviene constatar que desde aquella fecha aún
está por realliar la primera democracia que aoepte constitutiva­
mente limitar la soberanía popular por
la Ley de. Dios, y que
en las naciones cristianas en régimen democrático no se ha· de­
jado de reuoceder al respecto desde entonces. Más aún: parece
que no ha llegado a pasar de hipótesis a proyecto, por cuanto
que
la participación de los católicos en la democracia más ha
consistido en una defensa retardatriz que en un propósito serio
de implantar la moral católica como fundamento
del Estado.
Ver en
la instauración de la sana democracia el triunfo de
la Conrrarrevolución resulta, sin duda, poco congruente o:,n su
componente tradicional, y, sin embargo, pensamos que debe ha-
(48) Vid. Pío XII, Benignitas et humanitas, §§ 10 (citando la Libertas
P,aestantissimum, de Le6n XIII, § 32), 28, 30 y 36.
262
Fundaci\363n Speiro

CONSIDERACIONES SOBRE LA CONTRARRBY01.UC10N
cerse así en su sentido más extensivo, atendiendo a la prevalen­
cia
en la misma del carácter cristiano. Precisamente, a los cató­
licos les está vedado descalificar a
•· otros fieles que acepten las
enseñanzas pontificias por disentir en materia
· política, .así como
debilitar con esas disputas
la causa común ( 49 ). Consecuente­
mente,
la oposición al mundo revolucionario debe contemplar
en adelante
las dos posibilidades de la contrarrevolución tradi·
cional y de la sana democracia.
Pero la inclusión de ésta entre los adversarios de
la Revolu­
ción debe hacerse con dos salvedades: que la sana democracia
exista, y lo sea de verdad, apostillando
y restringiendo explícita­
mente el principio de la soberanía
popular; y que los partida­
rios de la sana democracia reconozcan a su vez, en los contrarre­
volucionarios que no son partidarios de la democracia partidista,
a sus hermanos en
la fe, y los prefieran de palabra y obra a
todos
los demás prójimos por otros conceptos (50).
4 3. Conviene notar de todos modos que el orden cristiano
admite grados por encima del
mínimo descrito, y que las pre­
ferencias y reticencias políticas de los contrarrevolucionarios no
se deben a meros motivos históricos -la continuidad de la tra­
dición y la aversión a fórmulas introducidas por la Revolución-,
sino también a fuertes y permanentes razones de filosofía polí­
tica, que han encontrado su
eco. en el Magisterio de la Iglesia,
cosas ambas que
aquí sólo cabe apuntar:
-
La representación orgá1!ica resulta mucho más armónica
que
la partidista en una sociedad constituida sobre el principio
de subsidiariedad, mientras que en
el sufragio inorgánico el hom-
(49) Vid. Le6n XIII, Cum multa, § 3, e Inmortale Dei, § 23.
(50) El reconocimiento de la pluralidad de opciones meramente po­
líticas también obliga a los católicos dem6cratas, que en vez de limitarse a
decir que la forma -democrática de gobierno está .permitida en moral y
doctrina cat6licas, poco a poco la presentan muy a menudo como exigida
en doctrina y en moral, y precisamente esa pretensi6n fue expresamente
condenada por San Pío X (Notre cbárge apostolique, §§ 23 y 31).
Al
respecto no estaría de más recordar, simplemente, la enseñanza de
San Pablo (Gal. 6, 10).
263
Fundaci\363n Speiro

L,UIS ·M,4.RIA -SAND.0-V.A.L .....
bre · queda reducido a una mera unidad de valor electoral, sin
atender a sus
dimensiones sociales. concretas,
- La existencia de
partidos políticos permanentes entraña
un mayor riesgo de derivar· la . pluralidad de intereses a división
ideológica.
-Los gobiernos populares están mucho más expuestos a
lá subversión (51), mientras que los monárquicos y aristocráti­
cos, que
no requieren la virtud general, son más compatibles
con lo que cabe esperar del esrado de naturaleza caída.
- Y en una monarquía es mucho menos disimulable que
en una democracia
la inmoralidad de la soberanía irresrricta.
El orgullo de los hombres consiente mejor en reconocer a la
comunidad
-con visión naturalista y pensando participar de
él~ ún poder ilimitado que rechazaría en un individuo aislado.
Contrarrevolución e Iglesia.
44. «La Revolución es satánica. Si la Contrarrevolución no
es divina, será nula», afirmó De Maistre. Y es que el alma de lá
Contrarrevolución tiene que ser precisamente religiosa; cristiana.
Por una parte, el propósito sincero de restauración del orden
natural conduce imperativamente a reponer a la Religión
en su
posición de valor supremo. Y, por otra, sólo desde
la perspecti­
va católica se comprende
mtegra y perfectamente el alcance de
fa ·subversión revolucionaria y cuanto ha de preservarse de ella.
EÍ núcleo de la contrarrevolución de su doctrina y del dinamismo
de sus militantes
~s, ineludiblemente, la religión católica.
Sin embargo, Iglesia
y Contrarrevolución no coinciden. La
Iglesia no sólo se extiende más en el espacio y en el tiempo que
la Contrarrevolución¡ sino que su destino es infinitamente más
elevado. Y
tampoco la Contrarrevolución queda plenamente con­
tenida dentro del ámbito de la Iglesia, porque tiene un compo­
nente universal que sobrepasa el ámbito de los creyentes; el
de-
(51) Vid. Pío XI, Ubi arcano, § 9.
264
Fundaci\363n Speiro

CONSIDERACIONES SOBRE LA CONTRARREVOLUCION
recho natural, y porque en lo que tiene de concreciones tempo­
rales
goza de la autonomía propia de ese orden.
Aún más, conviene considerar
rigurosamente quién salva y
auxilia a quién. Contra lo que pueda parecer, la Contrarrevolu­
ción no puede considerar que su misión consiste en
'salvar a la
Iglesia', porque eso sería una forma de pelagianismo:
la perdu­
ración de la
Iglesia está · garantizada por la protección divina.
Para evitar esa confusión es por lo que insistimos más arri~
ha en. destacar la naturaleza social de los fines de la Con­
tra!T!'Volución. Ciertamente, los contrarrevolucionarios facilitan
la labor de apostolado de la Iglesia removiendo obstáculos
socia­
les y contribuyen a la salvación de numerosas almas cuando pro­
curan construir
la paz social sobre el orden verdadero.
Es la Iglesia, en cambio, la que, como maestra de la verdad
y dispensadora de las gracias,
al hilo de su misión específica,
fundamenta, consolida
y salva el edificio social, Por eso Le6n
XIII, en varias de sus encíclicas, instó a los gobernantes a no re­
chazar el apoyo de la Iglesia ante ·los peligros de los tiempos, y
a que los Estados devolvieron a la Iglesia plena libertad de ac­
ción por. mor de su propia salvación (52). ·
45. Al referirse a la Iglesia, se le pueden dar a la palabra
dos sentidos: por el primero, todos los bautizados
son Iglesia;
en otro más. restringido se acostumbre entender por 'Iglesia' a la
jerarquía (los obispos, con la ayuda de los presbíteros,
bajo el
Primado romano) a
la que está encomendada por Cristo cl go­
bierno de la misma. Abordaremos sucesivamente las relaciones
de la Contrarrevolución con el conjunto de los fieles
y con los
pastores de
la grey. · ·
Entendida en su sentic\,o más amplio, de promoción de lapo­
lítica católica contra los errores modernos, la Contrarrevolución
( que
abarcaría así varias tendencias políticas) es un deber de es­
tado y una forma de apostolado. Todos los cristianos están obli-·
(52) Véase Inscrutabili Dei, § 11;. Quod apostolioi muneris, § 10, y
Diuturnum illud, § 19.
265
Fundaci\363n Speiro

LUIS MARIA SANDOVAL
gadoo a aceptar y sostener la doctrina de la confesionalidad ca­
t61ica de las sociedades y --especialmente los seglares--. a obrar
porque dicha doctrina
se convierta en realidad.
La doctrina de los deberes religiosos
y morales de los Esta­
dos
se halla ampliamente expuesta y argumentada en las encfcli­
cas lnmortale Dei, de .León XIII, y Quas primas, de Pío XI,
entre otras muchas. En cuanto a
su imperatividad y las exhor­
taciones a la actuaci6n, citemos algunos textos:
«Han de procurar (los cat61icos) que todos los Estados refle­
jen
la concepci6n cristiana, que hemos expuesto, de la vida pú­
blica» (53).
«La Iglesia ha recibido de Dios el encargo de oponerse a la
legislación cuando
Ias leyes positivas son contrarias a la reli­
gión, y de procurar con eficacia que el esp!ritu evangélieo infor­
me las
leyes y las instituciones de los pueblos» (54).
«La Iglesia no puede renunciar al ejercicio de su misi6n, que
consiste en realizar en la tierra el plan divino
de restaurar en
Cristo todas las cosas de los cielos
y de la tierra» (55).
No
se alegue que es 'sólo' doctrina 'preconciliar', léase aten­
tamente el Concilio Vaticano
II y se encontrará esa misma doc­
trina ratificada y reiterada (56 ).
Y en 1988 Juan Pablo II ha vuelto a escribir: «Urge en to­
das partes rehacer el entramado cristiano de la sociedad huma­
na»,
y también, «Para animar cristianamente el orden tempo-
(53) Le6n XIII, Inmortale Dei, § 23.
(54) Le6n XIII, Sapientiae i:hristianae, § 16.
(55)
Pío XII, Summi pontificatus, § 66.
(.56) En la Constituci6n dogmática Lu:nen gentium se lee: «A los
laicos .pertenece por propia vocación
buscar el reinó dé Dios tratando y
ord~nando, según Dios, los asuntos temporales».
«A ellos, muy en especial; -corresponde iluminar y organizar todos los
~tos temporales a los que están estrechamente vinculados, de W ma­
nera que se realicen continuamente según el espíritu de: Jesucristo y se
desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor ... » (§ 31).
«... conviene, sin embargo, que todos cooperen a: la dilataci6n del rei­
no de Cristo en el mundo» ( § 35).
«Los seglares han de procurar, en la medida de sus fuerzas, sanear las
266
Fundaci\363n Speiro

CONSIDERACIONES SOBRE LA CONTRARREVOLUCION
ral..., los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la par­
ticipación en la 'política' ... » (57).
La acción sobre el campo político en sentido genéricamente
contrarrevolucionario
es un deber de los fieles seglares. Es cier­
to que hoy una gran mayoría lo omite o lo contraría, pero pare­
ce que esa inconsecuencia en pocos casos se debe a apostasía
deliberada, y la mayoría a ignorancia y contagio del ambiente
moderno. La mayor
responsabilidad debe recaer sobre los que
han dejado de recordar con suficiente claridad esa obligación.
En nuestros días se insiste demasiado en el derecho a la plu­
ralidad política
de los católicos y en el imperativo de evitar que
estructuras y los ambientes dd mundo, si en algún caso incitan al pecado,
de modo que todo esto se conforme a-las _normas de la justicia y favo­
rezca, más 'bien que impida, la práctica de las virtudes... De esta manera
se
prepara a la vez y mejor el campo del mundo para · la siem.bra de la
divina palabra, y se abren de par en par a la Iglesia: 'las puertas por. las
que ha de entrar en el mundo el mensaje de la paz» ( § 36 ).
En la Constitución pastoral -Gaudium et spes: «A la_ conciencia bien
fotmada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada en la ciu­
dad
terreoa» (§ 43).
Y en el Dec+eto Apo.stolicam actuo.sitatem: «La obra de 'la redención
de Cristo, mientras tiende de por sí a salvar a los hombres se propone
la restauración incluso de todo el orden temporal» ( § 5).
«Este es el plan de Dios sobre el mundo, que· los hombres rcstau.ten
concordemente el orden de las cosas temporales y lo perfeccionen sin cesar.
>Es .. obligación de toda la Iglesia el trabajar para que los hombres se
vuelvan capaces de restablecer rectamente el orden de los bienes tempera~
les y de ordenarlos hacia Dios por Jesucristo. A los pastores atañe el ma~
nifestar claramente los principios sobre el fin de la creación y el uso del
mundo, y prestar los auxilios morales y espirituales para instaúrar en
Cristo
el orden de las cosas tempOrales.
»Es preciso, con todo, que los seglares tomen como obligación_ suya
la restauración del orden temporal, y que... obren directamente y en
forma ooncreta ...
»Hay que establecer el o.rden temporal de forma que, observando -ín.te­
gramente sus propias leyes, esté conforme con los últimos principios -de la
vida cristiana, adaptado a las variadas -circunstancias de lugares, ·-tiempos
y pueblos» ( § 7).
(57) Exbortaci6n apostólica postsinodal Christifideles laici, §§ 34 y 42.
(58) Vid. León XIII, Cum multa, § 3.
267
Fundaci\363n Speiro

LUIS MARIA SANDOVAL
la fo se identifique exclusivamente con un partido determina­
do (58). Siendo esto correcto, no lo
es que, amparándose en ello,
los católicos tengan derecho a sostener políticas
anticristianas en
ningún caso
(59). Si la diversidad de criterios y partidos entre
los que un católico. pueda legítimamente optat debe subordinar­
se siempre a la defensa de los intereses de la
Religión, con más
razón
es obligatorio apoyar a los sostenedores públicos de la te­
sis católica cuando son únicos y en tanto que lo sean, pese " que
algunas de las
preferencias temporales de los contratrevoluciona­
rios no agraden a todos por
igual. Para que pueda admitirse el mal
menor es preciso, primero, que no exista ninguna opción buena.
46. Pese a que la Contrarrevolución ----en su sentido tra­
dicional-ha sido durante dos siglos la más señalada y rigurosa
expresión del compromiso cristiano por
la consecución del Rei­
nado Social indiscutible de Nuestro Señor,
lo cierto es que entre
los
contrairevolucionarios tradicionales y la jeratquía eclesiástica
no ha
habido el estrecho acuerdo que cabría suponer.
(59) León XIII, a renglón seguido de reiterar la licitud de la discu­
sión moderada en materias opinables, con tal de evítar sospechas injustas
y acusaciones mutuas, no dejaba de precisár sus límites: «Por lo -cual;
pata que la unión de los espíritus no quede destruida con temerarias acu­
saciones, entietidan todos que la integridad de la verdad católica no pu.e-­
de en manera alguna compaginarse con las opiniones tocadas de naturalis­
mo o racionalismo, cuyo fin último es arrasar los cimientos de la religión
cristiana y establecer en la sociedad la autoridad del hombre indept!nclizada
de Dios. Tampoco es licito al católico cumplir sus deberes de una ma­
nera-en la esfera privada y de otra forma en la esfera pública, acatando la
autoridad de la Iglesia en la vida particular y rechazándola en la vida pú­
blica», Inmortale Dei, § 23.
Hoy resulta más actual este deslindar los campos con el liberalismo
práctico, pero también es aplicable e instructivo recordar la respuesta llega~
tiva de la Sagrada Congregación del Santo Oficio, el 4 de abril de 1959,
en tiem:PoS de Juan XXIII, sobre si, «al elegir los representantes del
pueblo~ es lícito a· los ca:t6licos dar el· voto a aquellos partidos o á aquellos
candidatos que, si bien no profesan principios opuestos a · la doctrina ca~
t6lica, 'y aun se 'attihúYeD ·fa calificación de católicos, sin et:Dbargo, de he­
cho se unen a los comunistas y :favorecen a éstos con su actuaclésn».
Fundaci\363n Speiro

CONSIDERACIONES SOBRE LA CQNTRA.im!IVOLUCION
Repetidas veces ha producido malestar y desconcierto entre
los contrarrevolucionarios
el realismo político de que han usado
obispos
y Papas al reconocer a los regímenes establecidos que
se
han consolidado después de ·cada convulsión revolucionaria.
Los numerosos ejemplos, desde
la Rosa de Oro a Isabel II al
«ralliement», se remontan al Concordato de 1801 con Napoleón.
Sin embargo,
no. existe razón para el desconcierto, y el huma­
namente comprensible disgusto
no les debe inducir a reproches.
Lo cierto es que la doctrina política de la Iglesia no va­
ría, ni es alterada por sus opciones diplomáticas. La Iglesia siem,
pre preferirá un régímen de Cristiandad, pero, no existiendo, no
lo reclamará por temor a empañar su mensaje (60).
Lo único pertinente en la Iglesia, para la que
salus animarum
suprema /ex est,
es pretender salvaguardar un modus vivendi sa'
tisfactorio para sus fines espirituales, y por eso tiende a reconocer
al poder establecido, desde el momento
en que sólo así pueda
lograr las facilidades precisas
para atender a las almas concretas
e irrepetibles de un territorio y de una época. La Iglesia no pue­
de atarse a ninguna legitimidad política ni histórica (61),
y me­
nos si ésta no puede ofrecerle una colaboración efectiva en un
plazo razonable.
Los contrarrevolucionarios deben tener asimilado que no pue­
den esperar ni reclamar
el apoyo de la Iglesia para objetivos
temporales que rebasen los mínimos que las autoridades
ecle­
siásticas juzguen ante sí suficientes para su misión en cada opor'
tunidad. La Contrarrevolución sólo debe contar para prosperar
con sus propios recursos seculares, sin desmoralizarse ni rebelar·
se por ello por ser lógico y justo. Son los contrarrevolucionarios
los que deben ofrecer una potencia convincente, con la seguridad
(60) Ver Gaudium et spes, § 76.
( 61) No debe entenderse como claudicación ante la Revolución lo
que es una
pauta: de comportamiento mticho más antigua. Bien nos po­
dríamos remontar a la 'translatio imperii', ·con la coronación de Carlomag~
no, para mostrar la constante de realismo que rige la polltica de la Igle­
sia con respecto a los poderes que pueden amparar efectivamente la vida
religiosa, sin atarse a legitimidirdes inoperantes (en este. caso la hlzantina).
Z69
Fundaci\363n Speiro

LUIS MARIA S.ANDOVAL
de que entonces los . eclesiásticos se acogetán a ella con auténtica
satisfacción. A cambio de todo lo antedicho, hay que
considerar también
que
la ¡,e,:vivencia de la Contrarrevolución, a pesar de la disper­
sión y de las derrotas de los contrarrevolucionarios, y muy es­
pecialmente la posibilidad de una 'contrarrevolución redescu­
bietta', se debe en
última instancia a la universalidad y perenni­
dad de la Iglesia,
de cuya enseñanza constante siempre se des­
prenderá el rechazo de los principios revolucionarios y el senti­
miento de piedad hacia las tradiciones nacionales y políticas.
De este modo es como se ha mantenido la continuidad de
la empresa
contrarrevolucionaria, y es también como la Igle­
sia contribuye a esa causa
sin ligarse en absoluto a los movimien­
tos contrarrevolucionarios concretos.
47. Cuanto hemos afirmado acerca de la independencia de
la jerarquía eclesiástica y la contrarrevolución tiene su correla­
ción en
sentido inverso. La Contrarrevolución, en cuanto empre­
sa temporal de los católicos, debe estar subordinada al ministe­
rio de gobierno del clero,
pero no supeditada absolutamente a
él (62).
Los contrarrevolucionarios deben participar en la vida de la
Iglesia y aceptar filialmente su doctrina social; deben tener per­
fecta conciencia de todo lo que en sus posturas hay de preferen­
cias opinables; deben
rechazar la tentación de identificar la cau­
sa católica con las de sus movimientos; y, poseyendo esa concien­
cia de la fraternidad en la fe, deben manifestar un aprecio sin­
cero hacia las otras obras católicas, incluso las que actúan en
el
mismo terreno.
Pero del mismo modo, tienen derecho a que esas mismas
obligaciones sean inculcadas en
los demás católicos con respecto
( 62) Nos remitimos al capitulo «Los dos poderes» del libro de ]EAN
ÜUSSET~ Para que El reine, en la edición de 1972, especialmente una larga
cita de Jean Madiran en las págs. 48-49. Vid., también, nuestro artículo,
a«La Iglesia ante los modernos intentos de liberación», en Verbo, número
267'268 en su nota 72.
270
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CONSIDERACIONES SOBRE LA-CONTRARRBVOLUCION
a ellos. Y tienen derecho a ser tenidos como interlocutores con
cualificación propia en el
diálogo interno de la Iglesia. Muy· es·
pecialmente, tienen derecho a que en su acción en el campo so·
cial y político sean «acompañados y ayudados por el afecto y la
comprensión de la comunidad cristiana y
de sus pastores» ( 63 ),
Cuando desde el Concilio Vaticano II se ha subrayado tanto
la lícita autonomía de los seglares
y el respeto a las diversidades
y al diálogo dentro de
la Iglesia, los obispos, aun cuando dis­
creparan de los criterios políticos de los contrarrevolucionarios, no
pueden ignorarlos o desdeñarlos, sino que han de atenderlos con
gran solicitud, como corresponde a probados hijos fieles de
la
Iglesia. Más incongruente todavía resultaría que se prevalieran
de distintos modos de
su autoridad para obligarlos a renunciar a
su identidad y a la justa promoción de sus ideas en favor de otras
posibles políticas
cristianas. Porque, para que rehúyan las inter­
venciones de otros tiempos con
el fin de imponer un partido
único de
los católicos, no hace falta caer en el extremo opues·
to contemporáneo: que parezca que
se recusan todos los partidos
y sindicatos confesionalmente católicos distintos cuando, con im­
precisión terminológica, sólo
se quiere que no se interprete que
ninguno de ellos
es único y obligatorio para los católicos ( 64 ).
El fracaso de la Contrarrevolución.
48. Entre tantas consideraciones serla deshonesto pasar por
alto una realidad fundamental: la Contrarrevolución, hasta hoy,
ha fracasado.
Abordemos la cuestión, pero ante todo precisemos esa afir­
mación. ¿En qué sentido hablamos de fracaso?
Para los católicos no lo hay, desde luego, en
el sentido
personal y trascendente. Dios no pide para llevarnos a
su Gloria
(63) Vid. Juan Pablo II, Christifideles laici, § 42.
(64) Vid. la Instrucción pastoral de la comisión J)er1Il8llente de la
Confetencia Episcopal Española,
Los católicos en la vida pública, de 22
de abril de 1986, §§ 144 y 145.
271
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LUIS MARIA SANDOVAL
más que nos entreguemos al bien con todas nuestras fuerzas, no
que resultemos humanamente vencedores,
y la Contrarrevolu­
ci6n
es, desde _luego, una causa excelente a la que entrega,:se.
-Pero
incluso desde el punto de vista humano, tal y como lo
consideraban los paganos, con predominio de
la fama, el fracaso
no es tan evidente. Aun vencidos, los contrarrevolucionarios han
conquistado como héroes románticos mucha más gloria, sim­
patía y admiración que sus vencedores pese a su esfuerzo de pro­
paganda.
Si Napoleón pudo referirse a la Vendée como una «gue­
rra de gigantes», no es a las columnas infernales a las que ensal­
zaba con ello. Igualmente, tampoco ignora nadie la gesta
del Al­
cázar de Toledo, al margen de las ideas que pueda tener.
El fracaso de la Contrarrevolución se refiere, ciertamente, al
plano de los resultados políticos prácticos
por los que combatía.
Pero también
en ello hay que hacer salvedades:
-En primer lugar ha conocido éxitos reales. La Contrarre­
volución
en el poder es posible: se llamó García Moreno en
Ecuador. Y según se gane perspectiva histórica, pienso que los
reparos no excluirán totalmente de esa nómina a Franco en Es­
paña.
-Su huella · en el campo de los movimientos y los logros
sociales ha sido extensa
y profunda, aunque no esté reivindicada
debidamente.
-Además, el esfuerzo de los contrarrevolucionarios, aun
cuando no consiguiera sus objetivos políticos, ha sido
determinan­
te· en muchos lugares para preservar las libertades y la propia su­
pervivencia de la Iglesia. Porque
ni la promesa de perennida a la Iglesia universal .alcanza a su existencia en cada una· de las
naciones concretas, ni la Providencia deja de valerse de causas
segundas.
· ' -Orro tanto debe decirse de los éxitos. de que se precian
los
moderados. ¡Triste sería · que el apaciguamiento de las más
violentas revoluciones, que es lo que posibilita el acomodo, se
atribuyera sólo a. su agotaµúenio o saciedad internos, sin conce­
der influencia· a
la resistencia .que encontró!
Y si el resultado general de dos centurias
es ttemendatnen-
272
Fundaci\363n Speiro

CONSIDERACIONES SOBRE LA CONTRARRBVOLUCION
te desconsolador, aún debería aiíadirse ¡por ahora!, puesto que la
grey católica no ha desaparecido, sino que ha crecido y crece
pese a todo, por lo que subsiste
íntegra la posibilidad de que
reconstituya una sociedad civil de acuerdo con su
fe.
49. La cuestión que inmediatamente se plantea es la de las
causas de ese fracaso.
La contestación. más fácil, la revolucionaria,
es que la Con­
trarrevolución estaba: sentenciada porJa Historia. Para quien cree
que
el libre albedrío de los hombres• es el que forja la historia,
resulta insatisfactoria, aunque
el fenómeno de un espíritu de los
tiempos merecería una atención que no es de este lugar.
En puridad, creemos que se debe hablar, de acuerdo con lo
dicho, de dos fracasos: el que permitió al liberalismo conquistar
el poder y haberse afirmado en él hacia 1870, y la incapacidad
de suscitar desde entonces un cambio del estado de cosas desde
la oposición.
Y pensamos que debe darse mayor
relevancia en el análi­
sis a las personas
y oportunidades concretas. Y en dicho plano
parece que las
más tempranas han de considerarse las derrotas
más trascendentes, porque
lastrarían los combates posteriores.
Con los revolucionarios ejerciendo sin vacilar
el poder -y no
sólo
el político-bien puede explicarse que después las ideas
contrarrevolucionarias
no consiguieran suficiente eco, mientras
otras derechas ocupaban su espacio político.
Más difícil resulta justificar
cómo pudo el liberalismo alcan­
zar el poder, y la responsabilidad recae fuertemente sobre los
gobiernos contemporarizadores de la Restauración, que no aten­
dieron los criterios de los pensadores contrarrevolucionarios, los
cuales quedaron como espectadores sin iniciativas ni resortes de
poder, pero atados por
su fidelidad monárquica hasta el fin. Es
de notar, sin embargo, que cuando los reyes encabezaron
el par­
tido puramente contrarrevolucionario (Portugal
y Espaifa) la re­
sistencia fue auténticamente extraordinaria (y que el don de
toda una dinastía ligada a esa
causa explica la sorprendente du­
ración
del carlismo).
273
Fundaci\363n Speiro

LUIS MARIA SANDOVAL
Pero si todos los autores sin excepción coinciden en el ori­
gen ideológico de
la Revolución liberal a partir de la 'Repúbli­
ca de las letras' ilustrada, hay que convenir que la corrupción in­
telectual
de una reducida minoría, cuyo proceso casi se puede
individualizar, terminó siendo trascendental.
50. Por su parte,
Molnar en su ensayo (65) se ha ocupado
especialmente de esta cuestión, .y se fija en dos tipos de causas:
- De una parte, la actividad
verdaderamente. febril .de los
revolucionarios ( que
se hallan sumidos en la ·agitación y la im­
paciencia por causa de su insatisfacción memfísica), frente a la
cual los contrarrevolucionarios sólo llegan a
movilizarse realmen­
te en
épocas de crisis (pasividad que relaciona con el amor a lo
concreto y con
la confia112a y la complacencia en la verdad).
-
Pero, sobre todo, insiste como causa del fracaso de la
Contrarrevolución en el
dominio organizado del terreno cultural
y propagandístico que
ejercen de antiguo los revolucionarios fren­
te a un desprecio aparente
de los contrarrevolucionarios por to­
dos los instrumentos típicos de la organización moderna de masas.
De acuerdo con este doble parecer,
el fracaso no se debería
a causas intrínsecas ineludibles,. aunque sí a ciertas tendencias
connaturales que combatir y corregir.
De mayor alcance
es otra idea que encontramos sugerida en
la misma obra: los contrarrevolucionarios,
si. conquistan el po­
der, no pueden desarrollar todo su programa orgánico, porque
éste supone
una «fe nacional», es decir, una unanimidad moral
dentro de la cual la autonom!a de los cuerpos sociales no resulte
vehículo
de disgregación; y como el espíritu revolucionario ha
introducido por todas partes el partidismo, no pueden erigir una
verdadera restauración, sino un régimen intermedio, una dicta­
dura (66).
Las consecuencias que
de ahí se derivarían son, o bien la
renuncia a
ocupar el poder -incluso después ·de una reacción de-
(65) THoMAS MOLNAR, La contrarrevolución} Uni6n Editorial, Madrid,
1975. Véanse al respecto, sobre todo, las páginas 52, 67 a 69 y 105-106.
(66) Ibid., págs. 115-117.
274
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CONSIDERACIONES SOBRE LA CONTRARREVOLUCION
fensiva necesaria-antes de haber logrado la difícil conversión
total de la sociedad, o bien la necesidad
. de introducir en el pro­
ceso contrarrevolucionario una etapa nueva, a modo de dictadu­
ra misionera, o un desenlace distinto
y también nuevo: una res­
tauración «augustal» de la autoridad (67).
51. Las tesis catastrofistas
-la restauración completa no
puede venir nunca más que después de la
anarquía-, desde
Maistre a Mella ( 68
), nos introducen en la consideración provi­
dencialista de la cuestión.
En primer lugar,
se debe apelar a la concepción de la histo­
ria como fracaso final de
todo~ los empeños humanos, que así
tiene que ser para que recordemos que no tenemos aquí mora­
da permanente.
El fracaso de la Contrarrevolución ha de ser en­
tendido como la no perennidad de la Cristiandad.
Pero dicho fracaso no entraña necesariamente una visión
apo­
calíptica en que se entiendan de modo pesimista las palabras de
Cristo: «cuando
el Hijo del Hombre venga, ¿encontrará la fe
sobre la tierra?» (Le 18,8).
Debemos
más bien meditar la lección de Gedeón (fue 7):
Dios no quiere que el triunfo de su Iglesia aparezca debido a
los medios humanas
y, precisamente por ser un auxilio eficacísi­
mo
el régimen de Cristiandad, permite su desaparición para re­
saltar el auxilio sobrenatural que ampara la evangelización antes
de
la victoria final.
Por otra parte,
la vida de Nuestro Sefior es imagen de la
vida de la Iglesia, y por eso después del triunfo humano sobre­
vienen los abandonos, las persecuciones y la traición. Pero re­
cordemos que la vida de Cristo no terminó en el Calvario, y «es
cierta esta afirmación: si morimos con El, viviremos con El; si
(67) En lo que apunta el propio Mol.NAR en otro libro posterior, La
autoridad y. sus enemigos, Ediciones -Y Publicaciones Españolas,_ S. A., Ma­
drid, 1977, vid. capítulos V y VI.
('lill) Pueden verse, como ejemplos, JosÉ DE MAISTRE, op. cit., pági­
nas 84-92 y JuAN VÁzQUEZ DE MELLA, Obras completas, tomo XV, pá­
ginas 305-308.
275
Fundaci\363n Speiro

LUIS MARIA SANDOVAL
nos mantenemos firmes, también reinaremos con El» (2 Tm 2,
11-12).
Y aunque sabemos que
la victoria que profetizan las Escri­
turas es la de la Iglesia, parece natural que vaya acompañada de
una Ciudad acorde con
ella en rodos los aspectos. Debemos man­
tener viva
la esperanza.
La tentación crónica.
52. Es natural que la victoria invite a instalarse en ella,
incluso con peligro de no reconocer más adelante la oportunidad
de la reforma necesaria. Igualmente, es perfectamente natural
que la frustración de
las derrotas produzca desasosiego, lo cual
en unos conduce al desegaño y el desistimiento y en otros al
afán de cambios. Por eso, las derrotas de dos siglos
han hecho
aparecer una dolencia crónica
en la Contrarrevolución: las disen­
siones acerca de su renovación.
El 'aggiornamento' de la Contrarrevolución no es algo nuevo,
sino una cuestión batallona. Varían las circunstancias
en que re­
toña la disputa, pero las líneas del debate permanecen idénticas
en los sucesivos episodios históricos:
para unos,
la victoria de los contrarrevolucionarios, tal y
como están constituidos,
se ha hecho imposible, y para salvar lo
esencial de su causa hay
que prescindir de los atributos acciden­
tales, que
no se pueden ya sostener. Se trata de aproximarse en
ciertos puntos a la situación dominante, para atraer poco a poco
a sus moderados;
para otros, la firmeza a ultranza polariza y educa, a la
larga llega a resultar atractiva
y, sobre todo, preserva las .. filas
contrarrevolucionarias, porque la historia de las tentativas de ac­
tualización mimetizante suele mostrar que conducen a la deser­
ción gradual por
contemporización. Hay que esperar tiempos me­
jores -o crisis más agudas--, resistiendo la tentación del aco­
modamiento al mal menor.
La morfología esbozada se repite en los ralliements de todos
276
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CONSIDERACIONES SOBRE LA CONTRARREVOLUCION
los países desde fechas muy tempranas, y es a través de repeti­
dos procesos similares como se han ido fragmentando, desganan­
do y diluyendo los contingentes contrarrevolucionarios a pattit
de las grandes derrotas político-militares que culminaron hacia
1870.
53.
Eu principio, como ya apuntamos respecto del término
mismo (69), lo ideal
serla que en la Contrarrevolución se com­
binaran dos ámbitos y procedimientos. Uno interno, donde a los
ditigentes se les inculcara
la visión global del combate contra la
Revolución, el sentimiento de piedad respecto de sus antecesores
y el espíritu de intransigencia
y reconquista. Y una periferia de
ambientes en los que, bajo las etiquetas superficiales más apro­
piadas,
se atraigan y encarrilen las colaboraciones objetivas y se
facilite el reclutamiento para la Contrarrevolución expresa.
Sin duda
ninguna, la Contrarrevolución debe ser siempre ac­
tual, en el sentido de que nunca puede permitirse el perder el
sentido de la
realidad circundante; por eso, su adecuación a las
circunstancias debe
ser -y lo es--un empeño constante.
Pero cuando se propone el sacrificio de lo
secundario a lo
principal, el abandono de ciertos signos característicos, el inicio
de una táctica de contemporización, etc., tales propuestas no
pueden
aceptarse, ni siquiera a discusión, sin más, es decir, si no
se definen primero sus límites con exactitud: qué se tiene por
esencial
y qué por accidental, qué límite infranqueable se pone a
las concesiones a efectuar, qué plazo
se fija previamente para
evaluar los frutos alcanzados, etc.
Y
no se diga que las condiciones expuestas son de una rigi­
dez excesiva, porque sólo ese planteamiento, sereno
y razonado,
permite separar lo que
es la prolongación del servicio al ideal
mediante un espíritu de adaptación reflexiva, de lo que
no es sino
meto instinto de adaptación a todo trance. Por el contrario, la
experiencia ha
demostrado la necesidad de desconfiar de los que
proponen una evolución de
límites previos imprecisos, abierta.
(69) Vid. más aniba nuestro párrafo 6.
2n
Fundaci\363n Speiro

LUIS MARIA S.A.NDOVAL
Con ocasión de las derrotas políticas, en ciertas personas se
pone de manifiesto que su deseo de formar entre los vencedores
llega a sobreponerse
-¿inconscientemente?-al de ver triunfan­
te la causa en que forman, y por eso inician su mutación, que
comienzan como accidental y menor, y se amplía cada vez más,
hasta terminar llevándoles
al campo inicialmente adversario. A
pesar de la buena intención
de muchos de ellos, no se debe ol­
vidar que tras muchas de las peripecias de los que dicen querer
actualizar la Contrarrevolución laten la incapacidad de sufrir
la
derrota con ánimo invariable, y el prurito de novedades. Unos
terminan fundiéndose con los revolucionarios moderados, a
otroS
la derrota puede llevarlos hasta el extremo opuesto.
54. Muchas otras objeciones se pueden poner a esa táctica
de condescender en parte, para ser aceptados en
el bando domi­
nante, hasta llegar a alcanzar luego influencia en su interior (70).
Tal y como
se presenta, supone efectuar una defección práctica
y real
de entre los contrarrevolucionarios, que se pretende com­
pensar en un futuro -indefinido---, tras múltiples fingimientos
y engaños, revolviéndose entonces contra los que los acogen hoy
en sus filas.
Pero ese proceder, proponiéndose como mozárabe (71), pue­
de
terminar haciendo muladíes, porque, a poco que se medite y
se consulte
la experiencia, queda meridianamente claro:
- que mientras
se aplica dicha táctica se está combatiendo,
con mayor o menor
intensida,I, a los contrarrevolucionarios pu­
ros, tanto por conferir credibilidad a
la nueva pos1aon, como
por
despecho contra ellos por no haber secundado también la
nueva táctica;
(70) Estas tácticas están .ampliamente descritas y· criticadas por Vkz­
QUEZ DE MELLA en su_ discurso «La Iglesia independiente del estado ateo»-,
ver Obras completas, tomo V, Barcelona, 1934, págs. 134-159.
(71) Es ya un error pe11Sar que los mozárabes estuvieran· en una situa­
ción prometedora; a· pesar de su mayoría inicial, y de la larga duración de
esa situación, no dejaron de menguar en número, y tras siglos no habían
influido en sentido cristiano en Al-Andalus. En el momento de la Recon­
quista solamente perduraban.'
278
Fundaci\363n Speiro

CONSIDERACIONES SOBRE LA CQNTRARREVOLUCION
-que es difícil que se eucuentre el . momento idóneo de
explotar
la posición alcanzada, porque cuando . todavía es baja
no
se quieren frustrar las expectativas de escalar otras más úti­
les, y cuando se
alcanzan las superiores, se consideran bazas de­
masiado valiosas como para jugarlas en
una. ocasión cualquiera;
- y que la
atracción de moderados es mera hipótesis, mien­
tras que lo que oon certeza
se consigue es desviar a una parte de
los que sostenían la plenirud
de.las posturas contrarrevoluciona­
rias
-los cuales ya de por sí no abundan---hacia posiciones de
mal menor (72). Y el retomo posterior a. las posturas netas es
muy
difícil cuando la adhesión a esa política ha durado un tiem­
po largo, salvo si sobrevienen crisis particularmente agudas.
Esta última observación tiene un valor general para todas
esas tácticas: pueden ser fructíferas y no ser perniciosas,
siem­
pre que se apliquen por períodos de tiempo limitados que evi­
ten la
habituación.
55. Advertidos de los riesgos que se pueden ocultar tras la
oonsigna de la modernización de la Contrarrevolución, pese a ello
debe admitirse que eutre los oontrarrevolucionarios, siquiera sea
por diferencias temperamentales, existirán siempre los dos po­
los de los intransigentes,
oon su teudencia hipercrítica hacia to-
(72) Ramón Nocedal lo exponía •sí: «Es verdad que con el nuevo sis­
tema todos los días brotan aquí y allá nuevas agrupaciones católicas, des­
coloridas, anémicas, sin organización, sin programa ni pensamiento, sin
cohesión unas con otras, sin fuerza ni bríos, como no sea para abandonar
la fortaleza, volver contra los que aún ia-defienden, e ir a demandar favor
y amparo al enemigo. Pero, tan tristes y mengua.das como son, esas agru­
paciones no se componen de liberales arrepentidos que vengan hacia la luz,
sino de católicos que van a perderse en .la penumbra, dejándose la integri­
dad de la doctrina entre las 1.atZir& del camino; no son fuerzas ganadas a
los partidos liberales, síno fuerzas perdidas y desprendimientos de los úni­
cos partidos católi~s · que mantienen y mantuvieron siempre la batalla po­
lítica' contra el liberalismo en guerra a muerte y sin cuartel; no son con­
quista de nuevas tierras,
no son espe~zas más o menos fundadas de ma­
yores
ejércitos, sino síntomas y señales de la descomposici6n que, si con­
tinuaca, serla al fin la disolución y la muerte» (Obras completas, tomo III,
«El mal menor». Msdrid, 1909. pág. 63).
279
Fundaci\363n Speiro

LUIS MARIA SANDOVAL
dos, incluso sus correligionarios, y los maniobreros, proclives a
explorar todas
las posibilidades de los más diversos acercamientos.
Es más, ambos talantes deben conllevarse dentro de la causa
contrarrevolucionaria, y son necesarios para su su buena marcha.
Pero de algún modo, la escuela integrista
es la más característica,
y aquella cuyos rasgos no deben dejarse extinguir a expensas ~e
la otra; hay en ello una especie de ecologismo político: el con­
trarrevolucionario maniobrero se desarrolla con
gran facilidad
por sí mismo y a partir de diversos orígenes, mientras que la
personalidad integrista representa
la especie más diferenciada,
escasa y difícil de recupersr si
se pierde.
La intransigencia con el mal menor, el propósito de recon­
quista integral, y el combate abierto y sin subterfugios, constitu­
yen el eje nuclear de la Contrarrevolución, porque le confieren
un punto de referencia inmutable,
sin el cual todos los contra­
rrevolucionarios hubieran terminado desapareciendo, completa­
mente
absorbidos por el ambiente revolucionario, al cabo de su­
cesivas -y no muchas-acomodaciones tácticas.
El estilo de
la Contrarrevolución apunta siempre al tono ar­
diente y combativo y a la acción directa y abierta.
La continuación de la Contrarrevolución.
56. Retornando a las consideraciones sobre el fracaso con­
tinuado de la Contrarrevolución durante dos siglos hay que pre­
guntarse, ¿tiene futuro la Contrarrevolución? Y si lo tiene,
¿cuál
puede ser?
Distinguimos
más arriba dos etapas en la Contrarrevolución,
separadas por
su fracaso político definitivo hacia la década de
1870-1880.
En la actualidad, a partir de mediados de este siglo,
parece que entráramos en una época nueva, tanto para la Con­
trarrevolución como para la Iglesia y el milndo enteros.
Varios factores son los que
definirían ese tránsito de una era
a otra en lo que a nosotros aquí nos interesa:
- El primero,
las consecuencias de la segunda guerra mttn-
280
Fundaci\363n Speiro

CONSIDERACIONES SOBRE LA CONTRARREVOLUCION
dial. Por distintas vías, su fruto fue una aproximación de la
Iglesia a la democracia moderna, con la que
hasta entonces había
imperado
una muy iustip.cada reticencia, porque ésta, fiel a sus
orígenes liberales, no había cesado
de hostigar la religión (73 ).
En la Benignitr:ts et bumanitas, que marca este cambio de
orientación, Pío XII destacaba que el imperativo de evitar la
repetición de la catástrofe conducía a rehuir al máximo todo po­
der monopolizador, dictatorial e incontrolable. Y a los efectos
de
.la reprobación del totalitarismo vencido se uniría en breve
la amenaza emergente, y todavía mayor, del comunismo, cuyo
único valladar eran las democracias existentes. Todo lo cual con­
tribuyó a la convergencia de católicos
y dem6cratas, y a obviar
las diferencias que subsistían, enmascaradas bajo el equívoco tér­
mino 'democracia' (74).
Además, el resultado de la guerra había sido la consolidación
definitiva de los regímenes y la opinión democráticos en Occiden­
te.
La derrota del nacionalsocialismo arrastró consigo a cuanto
se identificara con 'fascismo', y en ello quedaron incluidos los
contrarrevolucionarios, que, ciertamente., entre ambas guerras ha­
bían procurado aprovechar la oportunidad que les brindaba la
crisis de
las democracias y las tendencias 'fascistas'. En conse­
cuencia, la Iglesia, considerando pasada
la oportunidad, dejó de
proponer
la solución corporativa (75), como se distanció de los
regímenes español
y portugués.
- Después,
e/ Concilio Vaticano II. El Concilio ha mar­
cado un importante punto de inflexión en la Iglesia. La doctri­
na no ha cambiado, porque no puede cambiar; pero el lenguaje
(73) Merece la pena ver cómo sintetiza esta influencia GONZALO RE­
DONDO en «Las libertades y las democracias» ( tomo XIII de la Historia
Universal,
de Eunsa, Pamplona, 1984), págs. 467475, en el que nos he­
mos inspirado.
(74) Una distinción concisa acerca del triple sentido de 'democracia'
en Josi! MIGUEL IBÁÑEZ LANGLOIS, .Doctrina social de la Iglesia, Edicio­
nes Universidad de Navarra, Pamplona, 1987, págs. 136-139.
(75) V. ob. últ. cit., págs. 150-151; Pío XII, Avec une égale solli­
cítude (7-V49), §§ 5 y 6.
281
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LUIS MARIA SANDOVAL
y la actitud pastorales, desde entonces hasta nuestros días, han
variado sensihlemente. La precisión
de los conceptos ha cedido
ante
el sentimiento. Se ha asumido plenamente como horizonte
de
la acción y predicación de la Iglesia el sistema democtático
imperante.
Se ha abandon..do el tono de confrontación con el
mundo moderno: cuando se abordan los males que lo afligen
no se alude a sus orígenes ideológicos e históricos. También
se
ha puesto sordina en la exposición de las exigencias concre­
tas de lo que significa
fa inspiración cristiana del orden tempo­
ral (76).
-Al tiempo, hay que considerar la emergencia de los an­
tiguos paises coloniales en el escenario mundial. La disminución
del peso de occidente en
la visión global de fa humanidad y de
la Iglesia puede haber contribuido a que ésta se desmarcara
del planteamiento Revolución/Contrarrevolución que, como de­
finimos antes, encuentra con toda propiedad
su lugar sólo en
los
países de la antigua Cristiandad, y no sería estrictamente
aplicable
en otras tierras.
-Y, finalmente, la quiebra que parece confirmarse del mun­
do comunista.
Aunque el resultado de la 'perestroika' esté toda­
vía por verse,
es claro que el· único modelo que se le está pro­
poniendo a la sociedad postcomunista, allí y aquí, aunque sea
gradualmente, es el de la democtacia permisiva occidental. Y eso,
cuando no
se habla sin más, con mayor crudeza materialista, del
triunfo de
la economía de mercado.
Con motivo de
· esa quiebra estamos asistiendo a la enorme
mixtificación
de que, llamaildo conservadores a los partidarios
del régimen comunista establecido,
se termina asimilándolos a
la derecha, con lo que el utopismo izquierdista de la democra­
cia occidental pretende desvincularse de lo que por tanto tiempo
alabó o disculpó.
(76) Sobre las repercusiones de la orientación conciliar sobre la doc­
trina política de la· Iglesia acerca de la democracia y la confesionalidad del
Estado, v. MIGUEL AYUSO, «El orden político cristiano en la doctrina de
la Iglesia•, en Verbo, núm. 267-268, págs. 955-991.
282
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CONSIDERACIONES SOBRE LA CONTRARREVOLUCION
57. No es difícil de comprender las graves repercusiones
que ese cúmulo de circunstancias tienen sobre
la Contrarrevolu­
ción:
-la democracia moderna es más fuerte e indiscutida que
nunca. Cuenta ahora con el aval práctico
de la pastoral de la
Iglesia y con la contraprueba de la confesión del· fracaso del so­
cialismo real;
-por el contrario, los criterios y preferencias contrarrevo­
lucionarios
se ven absolutamente incomprendidos. Además, en
algún caso, sus planteamientos teóricos y prácticos habrán de so­
meterse a revisión. Así, la concepción del comunismo como etapa
culminante del proceso de
la Revolución y enemigo principal,
y como consecuencia la clave anticomunista de su acción, que
quedaría desprovista de buena parte de
su sentido;
-pero, sobre todo, lo más trascendente es el impacto de
los cambios
en la Iglesia sobre el espíritu contrarrevolucionario.
En su decadencia, los contrarrevolucionarios se habían identifica­
do a sí mismos cada vez más como la expresión política ortodo­
xa del catolicismo,
y también habían pasado a depender en ex­
ceso de los diversos auxilios que,
!Como vimos, la Iglesia presta
al orden social
y a la Contrarrevolución misma.
Una identificación con la Iglesia demasiado grande
tema que
ser cotregida; ahora bien,
el clima en que se produjeron los
cambios conciliares conmocionó auténticamente a los contrarre­
volucionarios por
partida doble:
Al adoptar la Iglesia una actitud más que conciliadora, mar­
cadamente favorable hacia las formas democráticas (afectando
ig­
norancia de las preferencias contrarrevolucionarias), muchos ca­
tólicos interpretaron erradamente el Concilio como la desautori-,
zación formal del compromiso con la política específicamente con­
trarrevolucionaria
y la desasistieron de su tradicional simpatía y
apoyo.
Pero como simultáneamente se extendió
por el orbe católi­
co una oleada general de herejías neomodernistas, el entrelaza­
miento histórico de ambas cosas dio a muchos contrarrevolucio-
283
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LUIS MARIA SAND,OVAL
narios militantes la impresión de ser insep,irables, y los empujó a
combatirlas por igual, hasta llevarlos a pique del cisma.
Para unos y
para otros, en una consideración superficial, la
Iglesia habría dejado
de ser el núcleo de la Contrarrevolución.
58. ¿Quiere decirse que
la Contrarrevolución ha llegado a
su fin? Que,
en vista de las circunstancias adversas, ¿debe renun­
ciar a sus preferencias
específicas y proseguir su compromiso por
la política católica desde los planteamientos democráticos, bien
que saneados? No. Al menos, no necesaria ni obligatoriamente.
Ante todo debe considerarse que, aun
en el caso de que se
obrara así, lo esencial de la Contrarrevolución se mantendría en
toda política católica.
En lo sustancial predominaría la continui­
dad sobre la alteración. Porque el objetivo católico, formas de
gobierno aparte, nunca puede limitarse a conseguir que los cató­
licos sean tolerados
por el sistema social y político, sino que
exige hacer
éste tolerable, es decir, admisible a los ojos de la Ley
de Dios.
Y es también de observar
que el común de los católicos que
ha tomado el camino de propugnar o aceptar el gobierno demo­
crático moderno
se siente empujado a asimilar su espíritu revolu­
cionario: superioridad práctica de la voluntad de
la mayoría, o
del respeto a todo pluralismo subjetivista, sobre los fueros de la
verdad moral; cuando son precisamente esos los límites que
de­
bería reconocer sobre sí una democracia sana. Las agrupaciones
de política sustancialmente católica y preferencias adjetivas
de­
mocráticas a las que agregarse no existen de hecho, sólo demó­
cratas de preferencia cristianas.
En todo caso, la posible sustitución de las preferencias con­
trarrevolucionarias tradicionales reclaman un juicio prudencial de
conveniencia del que no se puede excluir a los laicos. Y aunque
se adoptara esa determinación, debería obrarse,
por justicia y ca­
ridad, con un fuerte sentido de reconocimiento hacia los mayores;
reconocimiento éste cuya necesidad, por no hablar de su cumpli­
miento, se omiten por lo general.
Pero, sobre todo, recalquemos que habrá de usarse de
gran
284
Fundaci\363n Speiro

CONSIDERACIONES SOBRE LA CONTRARREVOLUCION
discernimiento de espíritu para concluir si los signos de los tiem­
pos están reclamando la humildad de la renuncia definitiva o por
el contrario la energía de la perseverancia
final.
59. Y es que también hay que tomar en cuenta los motivos
que abonan porque
la política católica del futuro sea una conti­
nuación natural e íntegra de la Contrarrevolución tradicional.
Si es cierto que todo apunta hacia la consolidación de la de­
mocracia moderna, nada permite suponer que la animosidad de
que
ha dado muestra en su fase permisiva hacia las costumbres
sociales cristianas
-destruidas ya las instituciones-disminuya;
por
el contrario, es de temer que, exultante por su triunfo, se
aplique a
destruir también los 'residuos de fanatismo religioso',
identificados como otro totalitarismo.
En la perspectiva de ese combate, sólo el pensamiento contra­
rrevolucionario puede dar razón esencial de esa hostilidad, inex­
plicable y desconcertante para aquellos
a quienes se haya educado
en
la idea de que todo lo democrático tiene que favorecer la
causa cristiana. Igualmente, todos sus estudios sobre la restau­
ración orgánica de la sociedad actualizando las instituciones
his­
tóricas constituyen la única alternativa católica, que ya esté ela­
borada y probada, que proponer tanto al mundo postcomunista,
como
al propio mundo consumista y permisivo.
Tampoco
puede omitirse el hecho de que, aprovechando el
acontecimiento conciliar, en la Iglesia de Dios no existe sólo el
desconcierto por una pastoral nueva,
sino que pululan graves,
conscientes y deliberadas herejías, que sumen en
engalío y con­
fusión a gran
parte de los fieles. El orden de la grey católica se
restablecerá, como siempre ha ocurrido, apelando a las verdades
ciertas y a las tradiciones. El tradicionalismo de los contrarrevo­
lucionarios constituye una garantía y una recomendación.
Particularmente, los contrarrevolucionarios están
en disposi­
ción de brindar al sentido católico de la política, que es su
voca­
ción específica, valiosas y fundamentales aportaciones.
- la explicación última, en· su filosofía
y en su génesis ·his­
tórica, de los males sociales de nuestra época descristianizada;
285
Fundaci\363n Speiro

LUIS MARIA SA.NDOVA.L
-el sentido de continuidad de la conciencia social cristiana,
testimonio, ante las inquietudes evangélicas de hoy, que los
ca­
t6licos de los dos siglos pasados no pecaron por omisi6n ni falta
de sensibilidad ante su implantaci6n;
-un espíritu de rigurosa consecuencia;
-y una tradici6n de compromiso y combate políticos con-
cretos.
Es cierto que las preferencias pastorales del clero postergan
hoy, de hecho, a los partidarios de
la resistencia frontal y del sis­
tema corporativo,· pero en el espíritu conciliar de recalcar la
autonomía de los laicos en lo temporal, su pluralismo
y mayoría
de edad, hay que habituarse a no contar con el apoyo de los
clérigos y reclamar su bendici6n en funci6n de los propios
lo­
gros (77).
Al fin y al cabo, es el caso de la Cruzada española de 1936.
Emprendida por laicos distintos de los favorecidos por
la jerar­
quía ( que eran partidarios a
ultranza del acatamiento de todo
poder constituido), los obispos,
y mucho más Pío XI, tardaron
en reconocer esa opci6n, que les
sorprendi6 y suscit6 recelos,
hasta que
se aseguraron de su necesidad, viabilidad y buena
orientaci6n sustancial. Promovida con suficientes garantías por
los contrarrevolucionarios, fue luego elogiada
y bendecida por la
Iglesia española y universal (
78 ).
Propuestas inmediatas.
60. Al comienzo de estas consideraciones resaltábamos la
paradoja en la que hemos incurrido a menudo, por la cual hemos
prestado atenci6n en exceso al enemigo revolucionario, en
(77) «Es posible que no podamos pedir a la Iglesia otra cosa. Pero
es segúro que no debemos contentarnos con eso», MIGUEL AYUSO, ibid.,
pág. 985.
(78) El libro de MARÍA LUISA RODRÍGUEZ .AÍSA, E/ cardenal Gomá y la
guerra de Esiaffl!: .. (Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Ma.
drid, 1981), ilustrh cómo y por qué Roma demoró el reconocimiento de
la Espafia nacionál.
286
Fundaci\363n Speiro

CONSIDERACIONES SOBRE LA CONTRARREVOLUCION
mento del conocimiento de nuestros antecesores y de lo que so­
mos y debemos ser.
Ahora, a los doscientos
años, de ,combate contrarrevoluciona­
rio y en una coyuntura histórica crucial,
parece oportuno dete­
nerse a replantear a fondo, con amor y rigor, el ser de la Con­
trarrevolución.
He aquí cuáles serían las primeras conclusiones prácticas que
se derivarían de las pasadas reflexiones:
I. En primer lugar, y de acuerdo con el sentido histórico
propio de la Contrarrevolución,
lo , más inmediato debería ser el
cultivo de su historia. Todos han de leerla, y para eso, los que
sean
capaces, han de escribir de ella. Es la primera providencia
para
aproxímamos a la propia identidad y para estimular los
ánimos con los ejemplos de los que nos han precedido.
Las monografías son los cimientos profundos de la historia,
pero para la finalidad indicada
-y para suscitar las monogra­
fías
después-son necesarias síntesis que den una visión histó­
rica integral
(79). Son precisas historias de la Contrarrevolución,
de cada
país y del mundo entero, escritas con seriedad y criterio
contrarrevolucirniario, y que no se reduzcan a las corrientes y he­
chos más salientes. Se necesitan , también galerías biográficas y
antologías de
contrarrevolucirniarios nacionales y mundiales, para
que no se pierda el recuerdo de todos salvo de los pocos más
conocidos y reiteradamente citados. En esta materia es impor­
tantísimo tener presente la existencia de una contrarrevoltición
hispanoamericana, así como instar a los amigos de esos países a
abordar
la historia de sus naciones y de, su continente desde esta
perspectiva.
II. En segundo lugar, teniendo muy en cuenta que el mo­
tor de la Contrarrevolución es en el presente doctrinal y pedagó­
gico, es imprescindible llegar a poseer una nítida noción teórica
de lo
que es la Contrarrevolución. Las presentes consideraciones
(79) En este caso creemos preferible a una visión general en que· se
aborden con cierta profundidad los episodios m,ls salientes una mención
más escueta de todos elloS.
287
Fundaci\363n Speiro

LUIS MARIA SANDOVAL
pretenden ser un punto de partida de esa reflexión y del natu­
ral debate clarificador que le siga.
Además, los
contrarrevolucionarios tenemos hoy que preci­
sar, aclarar y actualizar la doctrina permanente, tanto como
rea­
lizar un nuevo análisis de primera mano de la realidad contem­
poránea.
Dos temas doctrinales, por su trascendencia, han de ocupar
nuestros esfuerzos prioritariamente:
~ uno, que el Magisterio eclesiástico reafirme, y si es nece­
sario reajuste, la doctrina católica acerca de los deberes de las
sociedades para con la Religión verdadera (80). Entretanto no se
proponga explícitamente otra
cosa, debemos entender que la doc­
trina permanece inmutada pero que no tiene vigencia ni es re­
cibida, víctima de los desórdenes de distinto género que han im­
perado desde hace un tiempo en la Iglesia y aún perduran;
el otro, dilucidar si es compatible, o en qué grado lo
es
exactamente, la constitución inorgánica y partidista de la repre­
sentación política con la doctrina
social de la Iglesia.
En cualquier caso, hay que advertir que, aunque se conclu­
yera que la democracia de partidos es admisible, igual que si el
Magisterio considerara pastoralmente preferible no insistir en Ia
reclamación de la confesionalidad de los estados, las tesis con­
trarrevolucionarias tradicionales al respecto seguirían siendo in­
trínsecamente válidas y por tanto sostenibles libremente: sólo
tendría que evitarse el presentarlas como consecuencia necesaria
y única de los principios cristianos.
III. Solamente después de resueltas esas dos cuestiones ten­
dría sentido

discernir la oportunidad y conveniencia
de mantener
o renunciar a las preferencias tradicionales de la Contrarrevolu­
ción,
y, en su caso, constituir las correspondientes corrientes de
(80) Decimos Religión, y no Iglesia, porque no se trata del reconoci­
miento puramente sociológico que ésta pl.lede obtener. con ventajas de dis­
tinto orden, sino del deber moral y religioso que atañe al estado en su
propia actividad. Recómendamos vivamente, por sus afirmaciones y sugeren­
cias sobre el tema, el artículo de Monsefior GUERRA CAMPOS, «La Iglesia
y la comunidad política», en Iglesia-Mundo, núm. 384, págs. 51-58.
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CONSIDERACIONES SOBRE L~. (]ONT!f,4-llRJJ.,VOI.UClON,
política católica sobre · 1,llla base . comón que permita esperar un
c;lima fraterno.
IV. A continuación,
podrán ya proc<:der los contr¡¡¡crevolu­
cionarios, bien definid? y establecido el fip. propuesto, a plantear
la cuestión de los medios, la doctrina estratégica; y a debatir y
elegir una estrategia .para. lugar, tiempo, situa¡:Íón y medio~ de­
terminados.
V. Sin embargo, desde .. ahora mismo. debe comenzar$e a
subsanar el estado
de. falta de proyección social en que se sumió
progresivamente
la Contrarrevolución en su segundo siglo. Loo
contrarrevolucionarios tienen que constituir ·una serie de. agrupa,
clones humanas que apliquen efectivamente. sus principios a la
realidad,
es decir, han de concretar la Coatrarrevolución; en, co­
rrespondencia con sus preferencias y .pese a las limitaciones que
eso pueda implicar.
Lógicamente,. su
. predicación·

debe
apuntar. como primeros· oh,
jetivos hacia los afines que participan de alguno de los grandes
ejes que identifican la Contrarrevolución. Son, de una parte, los
católicos, especialmente los nuevos movimientos seglares, llenos
de espíritu cristiano pero ayunos de
la percepción global de los
errores modernos
y de la tradición del combate por el reinado
social de Cristo. Y, de otra, son las posturas políticas que
reac­
cionan contra el mundo moderno --socialismo y liberalismo por
igual-pero que corren el riesgo real de descristianizarse por
completo, incluso en España.
VI. No se puede dejar de recordar otra
vez la admonición
de Maistre: «Si
la Contrarrevolución no es divina -esto es, si
no está penerrada
de religión-, será nula». Para nuestro com­
bate, por armonía con su fin, y por imperativo de la despropor­
ción en que hemos
de hbrarlo, hay que revestirse de las ,ai,mas
del espíritu y de la Gracia: «No caigáis en el error de pensar que
se puede cambiar .la .sociedad cambiando sólo las estructuras ex:
ternas o buscando en primer lugar la satisfacción de las necesida,
289
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LUIS MARIA SANDOVAI.
des materiales. Hay que empezar por cambíarse a sí mismo, con­
virtiendo
de verdad nuestros corazones al Dios vivo, renován­
dose moralmente, destruyendo las
raíces del pecado y del egoís­
mo en nuestros corazones. Personas transformadas colaboran efi­
cazmente a transformar la , sociedad» ( 81 ).
VII. Y mienttas se tiene en cuenta todo eso, hay que se­
guir combatiendo con toda resolución y con toda energía, sin que
el cabal conocimiento de los graves males que nos rodean y la
consideración
de nuestras posibilidades nos haga desmayar.
Donoso Cortes ( 82) resumió
esa disposición del ánimo ma­
gistralmente y con tono de arenga: « Y no se me diga que, si el
vencimiento es seguro, la lucha
es excusada; porque, en primer
lugar, la lucha puede aplazar la catástrofe, y en segundo lugar,
la lucha
es un deber y no una especulación para los que nos pre­
ciamos
de católicos. Demos gracias a Dios · por habernos otorga­
do
el combate, y no pidamos sobre la gracia del combate la gra­
cia del triunfo a Aquel que en su bondad infinita reserva a los
que
combaten bien por su causa una recompensa mayor que la
victoria»-.
(81) Juan Pablo II, Homilía en Zaragoza, el 10 de octubre de 1984,
§ 6.
(82) JuAN DóNoso CoarÉs, «Carta el conde de Moutelembett•, de
26 de'· inayo de 1849, · Obras completas, Biblioteca de Autores Cristianos,
Madrid; 1'970; • II, pág. 3Z7.
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