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1989

589-1789

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1989
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El impacto de la Revolución Francesa en la concepción de los ejércitos

EL IMPACTO DE LA REVOLUCION FRANCESA
EN LA CONCEPCION DE LOS EJERCITOS
POR
ARMANDO MARCHANTE GIL
Origen y evolución de las organizaciones militares.
En la base de toda orgl\llÍZaOÓn social se encuentra la ne­
cesidad de obtener seguridad para el conjunto de sus miembros;
los hombres
se han unido desde la Prehistoria para hacer frente
conjuntamente a las amenazas
y peligros de todo orden que ame­
nazaban tanto sus existencias personales como la vida de la co­
munidad a la que pertenecían.
La seguridad comprende tantos aspectos como variados son
los peligros que acechan a los individuos
y a las comunidades
políticas en las que
se encuadran, pero en esta collllllÚcación hay
que ceñirse exclusivamente a la capacidad de respuesta de cu.al.
quier comunidad humana frente a las agresiones exteriores pro­
cedentes de otros
grupos de hombres. «Horno homini lupus» y
esto ha sido así desde la aparición de la especie humana sobre
la tierra. Esta constante histórica es dudoso que pueda modifi­
carse radicalmente con el avance
de la civilización, aunque es
evidente que la humanidad va realizando algunos progresos, (;on
el paso de los siglos, y singularmente por el influjo del cristia­
nismo, la especie humana va tomando conciencia crecient~ de
su verdadera naruraleza que la hace semejante a Dios y, con
ello,
se va «humanizando».
Por tanto, las causas de conflicto a gran escala van disminu­
yendo,
situación a la que ha· contribuido no poco el progreso
técnico que hace cada día más realizable un grado tal de des­
trucción que pondría en peligro a
toda la especie humana. De
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tal modo, si no deja de ser un sueño la paz universal, puede que
ya no lo sea tanto descartar la posibilidad de conflictos bélicos
generalizados como los que nos
ha deparado este siglo XX, ya
en su tramo final.
En las primitivas comunidades humanas aparece entre sus
miembros una diferencia de funciones que permite atender de
modo solidario las diferentes necesidades del grupo. De acuerdo
con las teorías que consideran la
caza como la primera actividad
J de los grupos humanos, surge ya en ellos la diferenciación entre
el cazador y el resto de
la comunidad, singularmente las mujeres
y
los niños que desarrollan otro tipo de actividades; aquellas
que
más allá de la simple función de atender al aprovisionamien­
to de subsistencias mediante la caza.
El paso de hombre cazador a
hombre guerrero es muy sen­
cillo, simple y natural, puesto que entre ambos cometidos exis­
te un evidente parecido; las técnicas que deben utilizarse son las
mismas, así como las armas necesarias. Tal vez la única diferen­
cia en este aspecto haya sido la marcada por la aparición de las
armas defensivas, singularmente el escudo, elemento que no es
en absoluto necesario en la caza de animales, pero s! lo es cuan­
do se trata de enfrentarse con un semejante.
He aquí el primer
paso que marca
la aparición del hombre guerrero como deriva­
do
del hombre cazador.
A medida que la estructura social se
va perfeccionando la
función bélica va adquiriendo una entidad propia que exige la
constitución de un órgano especifico para desempeñarla. En los
primeros estadios culturales la figura del guerrero aparece de
forma aislada como una ocupación alternativa a la de la caza,
pues la lucha contra otros grupos tiene también carácter espo­
rádico; en el momento en que el aumento de
la población pone
más cerca unos de otros a los distintos grupos o tribus
los en­
frentamientos cobran un carácter más permanente y es preciso
construir un grupo estable encargado
de la defensa. Así apare­
cen las primeras organizaciones militares.
Bajo

los grandes soberanos conquistadores del Oriente
Pró­
ximo y Egipto las organizaciones militares han logrado ya un
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enorme desarrollo que hace posible la aparición y supervivencia
durante muchos siglos de los grandes imperios egipcios, persas
y asirios. Sin embargo, en la literatura épica de Homero
se com­
prueba fácilmente que, frente a lós ejércitos orientales, en Gre­
cia predomina y
se cuida especialmente la figura del paladín in­
dividual a cuyo lado el resto de los combatientes, como ocurre
en la guerra de Troya, no son más que simples comparsas que
rara
vez merecen algo más que un leve comentario del poeta.
Esparta representa
en-la antigüedad el ejemplo más acabado
de Estado militar. Todos
los ciudadanos sirven con las armas
al Estado en tanto que sus propiedades inalienables son cultiva­
das por sus siervos ilotas. Los ciudadanos son educados por el
Estado desde
los siete hasta los veinte años, pero con una for­
mación únicamente militar y deportiva. Entre los veinte y los
sesenta años sirven en el ejército pero, a cambio, el Estado está
totalmente en sus manos, pues ellos componen exclusivamente
la Asamblea que lo gobierna mediante la elección de veintiocho
miembros de la gerusía o Senado, en tanto que los ilotas
y los
periecos,
especie de ciudadanos degradados, carecen de todo de­
recho político. Dos reyes, jefes del Ejército, cinco éforos que ad­
ministran el Estado y los gerontes que imparten la justicia cie­
rran un sistema en el cual la organización militar domina absolu­
tamente
el sistema político. En Esparta el Ejército se confunde
con el Estado.
Durante las guerras púnicas, tanto romanos como cartagineses
buscan con ahínco la creación de un instrumento bélico que per­
mita hacer frente a la amenaza que por mar y por tierra cada
uno suponía para
el otro. No obstante, la diferenciación entre los
ejércitos
y los órganos políticos subsistía en ambos casos. Recor­
demos, por ejemplo, las amargas quejas de Aníbal
ante la ac­
titud suicida y pasiva de lo que hoy llamaríamos la clase política
cartiginense
al negarle los recursos que necesitaba para culminar
su campaña en Italia. Al final, tal ceguera acarreó la ruina
de­
finitiva de Cartago y la implantación de las legiones romanas
como modelo de organización
militar. Fue precisamente la de­
cadencia del Imperio romano lo que produjo el fenómeno del
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pretorianismo con la frecuente intromisión de las legiones en la
elección de emperador, título que recala con frecuencia en al­
gón ilustre general que se hab:a distinguido por sus brillantes
campañas y que contaba con la adhesión de
sus legiones. Cuan­
do éstas
estaban divididas la guerra civil se hacía inevitable;
pero hay que añadir que
los grandes emperadores de los siglos
n y
III llegaron por esta vía a la dignidad imperial y retrasaron
mucho tiempo la inevitable decadencia de Roma.
Las invasiones bárbaras suministraron un nuevo ejemplo de
pueblos que
se confundían con sus estructuras militares a la
vez que abrían la puerta a la dispersión del poder que supuso
el feudalismo. Poder disperso y estructura militar dispersa tam­
bién, pues eso es, en esencia, el sistema feudal. En él, las
con­
tiendas señoriales suponen de nuevo la aparición de los paladi­
nes individuales; tipo bélico que habría de pasar a la literatu­
ra épica europea como siglos antes
lo habían hecho los hétoes
hométicos. Lo importante es el Cid
y no su mesnada, constitui­
da en definitiva por aquellos de sus siervos
especializados en la
lucha armada y movidos exclusivamente por la lealtad debida a
su señor natural. Cuando la importancia de la lucha exigía
el
empleo de mayores contingentes de combatientes, como fue el
caso de las Cruzadas o de las grandes batallas de la Reconquista
española,
se procedía a constituir un agregado de mesnadas se­
ñoriales y reales que se dispersaban una vez concluida la campa­
ña o la batalla y, a veces, incluso antes de iniciarse.
En la península italiana aparece el interesante fenómeno de
la «condotta» o ejército privado que
se alquila a tal o cual señor
o república para realizar
determinada campaña en condiciones
minuciosamente pactadas antes de emprenderla, tanto en cuanto
a su'
duración como en cuanto al pago y demás condiciones.
Como lógica consecuencia del sistema, el arte de fa guerra se
limita a la ejecución táctica, siempre repetida, de los mismos
movimientos
y marchas que hacían semejantes las campañas a los
movimientos en un tablero
de ajedrez. Si uno de los conten­
dientes alcanzaba lo que se llamaba un «bella
posizione», el ad­
versario, o más bien oponente, reconocía de buen grado su de-
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rrota sin que ninguno de los contendientes sufriese un rasguño,
lo cual presentaba, entre otras,
la ventaja de que la «condotta»
en cuestión pudiese contraer nuevos y sustanciosos acuerdos con
otro señor.
Este sistema táctico y los asedios, resueltos las más de las
veces por el hambre o las epidemias más que por la pura acción
bélica, era la versión itálica del arte de la guerra. Ello no em­
pece para que, en algunas ocasiones, se diesen batallas sangrien~
tas, coincidentes casi siempre con la lucha · entre milicias ciuda~
danas o bien con motivo de las frecuentes invasiones germánicas
de la
península italiana. En el siglo XV y XVI se unieron a ellas
las ambiciones de los reyes españoles y franceses sobre las dé­
biles organizaciones políticas italianas.
Por este estado de cosas pudo escribir Maquiavelo que «con­
tratar mercenarios
es cosa reprobable y perniciosa». El :florentino
proponía
el reclutamiento forzoso entre los ciudadanos mejor
preparados para tomar las armas.
En cuanto a los mandos decía
que «una república prudente no debe pagar a
sus mandos mili­
tares; en guerra debe tomar a sus jefes de entre los ciudadanos y
en paz devolverlos a sus habituales obligaciones». Lo cierto
es
que estas opiniones no resultaron ser muy útiles en la práctica
frente a los ejércitos franceses y españoles que, al. fin, domina­
ron casi toda la peninsula italiana durante dos siglos.
La aparición de los ejércitos modernos.
Cuando a lo largo del siglo xv se van constituyendo los nue­
vos Estados modernos, singularmente alrededor de las monar­
quías española, francesa e inglesa, hace su aparición en la escena
histórica un nuevo tipo de organización armada con carácter
permanente que
se va a convertir en el instrumento militar de
la nueva entidad política que nacía: el Estado moderno.
Como la monarquía era
la' forma política del Estado, obvia­
mente los ejércitos hablan de ser una organización
al servicio
de la Corona. De tal forma, la persona del monarca se convierte
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en punto de referencia de los hombres de armas que trasladan
la antigua relación de vasallaje y lealtad a un «señor natural»,
a la persona del rey.
De tal modo
es la Corona quien, en contrapartida, debe aten­
der al reclutamiento, organización y sostenimiento de los ejér­
citos, que son ejércitos reales substancialmente.
Se da así un
paso muy importante en cuanto· al concepto de la organización
militar como sistema unitario
al servicio del rey. Nadie sino el
rey puede reclutar ejércitos; así se puede apreciar, por ejemplo,
en
el sistema español de reclutamiento. Cuando el rey decidía la
realización de una leva, extendía la «conducta» o contrato a los
capitanes para que, siempre en su nombre, pudiesen reclutar vo­
luntarios para servir en los Tercios o en la Armada. El recluta,
en
el momento de firmar el compromiso, se comprometía a obe­
decer a sus jefes, defender la Cristiandad y
la Santa Fe Católi­
ca y «guardar y conservar los Reinos y Provincias de su Rey y
a las que le fueran desobedientes y enemigas castigarlas y con­
quistarlas por su valor y armas». La fórmula permitía, como así
fue, la integración en los Tercios españoles de soldados proce­
dentes de todos las naciones sobre las que
se extendía la sobe­
ranía de la monarquía española, singularmente de los Países
Ba­
jos, Alemania e Italia.
Esta concepción de los ejércitos como instrumento al servi­
do de la Corona pervivió durante los siglos XVI, XVII y XVIII en
toda Europa. La Guerra de los Treinta Años fue, sin duda,
la
conflagración más dura y mortífera de cuantas protagonizaron
este tipo de ejércitos. A su final Centroeuropa había quedado
de­
vastada y los efectos de la guerra se hicieron notar hasta ya en­
trado el siglo
XVIII, cuando la aparición de los ejércitos prusia­
nos introdujo un nuevo factor militar en
la zona, una vez que la
monarquía española, como consecuencia de la Guerra de Suce­
sión, había perdido ya definitivamente su presencia en los Paí0
ses Bajos y en Italia.
El segundo rey de Prusia, Federico Guillermo I creó un po­
deroso instrumento militar basado en la obligatoriedad del reclu­
tamiento en
el que, a veces, se utilizaban métodos brutales. Su
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sucesor, Federico II, pasó de 76.000 soldados en 1740 a 135.000
en
1752, lo que suponía el 4 % de la población. Con ese ejér­
cito libró la Guerra de los Siete Años, en la que
los rusos ocu­
paron Berlín y el reino casi fue destruido; al final, el zar Pe­
dro II salvó a Federico del desastre y permitió incluso que Pru­
sia se anexionase Silesia (1763 ).
Las reformas de los soberanos «ilustrados» del siglo XVIII
se dirigieron también hacia la mejota de los ejércitos que, en de­
finitiva, eran su :instrumento personal para llevar a cabo una
política internacional en la que predominaba la defensa de sus
intereses dinásticos. Las reformas alcanzan tanto a los aspectos
técnicos --como la reforma artillera de Gribeauval én Francia
o las de Federico en
Prusia-como a la organización, recluta­
miento e instrucción. Así, el emperador José
II implantó un sis­
tema de reclutamiento capaz de matener sobre las armas un ejér­
cito de 140.000 hombres. En los Estados hereditarios que
com­
ponían el Imperio, los reclutas eran designados por los señores
y en
el Tiro!, donde no existía el régimen feudal, eran los muni­
cipios los encargados de aquella designación. Ahora bien,
el es­
píritu de los ejércitos como pertenecientes a la Corona perma­
necía igual.
Los ejércitos permanentes, al servicio de los monarcas fue­
ron un instrumento de humanización de las guerras. Openheim
escribe que:
«... la evolución de las leyes y usos de la guerta
no hubiera tenido lugar sin la creación de los ejércitos perma­
nentes
... , sin su disciplina hubiera sido imposible humanizar las
prácticas bélicas
... y, sin ellos, no hubiera surgido la importante
diferenciación entre
fuerzas armadas y personas privadas ... ».
Como la disciplina era brutal, haciendo buena la frase de
Federico
II en el sentido de que a los soldados «se les debe ha­
cer temer a los
oficiales más que al peligro», la táctica se limitaba
a
los movimientos en orden cerrado, es decir, a la vista de los
oficiales para evitar deserciones. Como
la Guerra de los Siete
Años (1755-1763) ocasionó un elevado número de
bajas en los
ejércitos que
se cifran en un 25 % de los efectivos empleados,
con puntas como la de Federico II en Torgau, donde perdió el
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30 % de sus efectivos, o los rusos en Zomdorf, donde en un
solo día perdieron
el 50 % de sus hombres, se produjo una reac­
ción contra las batallas, que terminaron siendo sustituidas por
las maniobras, reproduciéndose así, en cierto modo, la situación
de la Italia renacentista.
Sir John Fortescue escribe, refiriéndose a la segunda mitad
del siglo
xvm, que... «el objetivo de una campaña no era en
aquellos tiempos
buscar al enemigo y batirle. Los mejores tra­
tadistas
prescribían dos alternativas, a saber: luchar con ventaja
o
subsistir confortablemente. Una subsistencia confortable su­
ponía, en el mejor de los casos, vivir a expensas del enemigo. Se
consideraba eminentemente satisfactoria una campaña en la que
el ejército vivía en país enemigo aunque no
se hubiese disparado
un solo tiro».
Por su parte, un autor italiano, Guglielmo
Ferrero, escribe
que:
«... la guerra con restricciones constituía uno de los más
altos logros del siglo XVIII. Pertenece a una clase de plantas de
invernadero que sólo pueden
darse en una civilización aristocrá­
tica y cualitativa. Ya no somos capaces de ello, se trata de una
de las cosas hertnosas que hemos perdido como resultado de
la
Revolución francesa ... ».
Ya el conde de Guibert (1737-1794) escribía en su «Trata­
do general de táctica», publicado en 1774, que las guerras corte­
ses de maniobras sin efusión de sangre y de rendiciones honro­
sas sólo eran aparentemente batatas, puesto que dejaban los pro­
blemas políticos sin resolver». Imaginemos, decía, que surgiera
en Europa un pueblo fuerte, de. genios, con recursos y compren­
sión política y que uniera a esas virtudes capitales y a la exis­
tencia de una milicia nacional, un plan fijo de engrandecimiento
que no perdiera jamás de vista; un pueblo que sepa hacer
la
guerra a bajo precio y mantenerse con sus conquistas ... , le ve­
ríamos subyugar a sus vecinos y derrocar, como el viento del
norte quiebra los frágiles juncos, nuestras débiles constitucio­
nes ... ».
Era un aviso de que el tiempo de los ejércitos reales estaba
a punto de pasar. No sólo
por el agotamiento de un sistema tác-
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rico que exigía · para su funcionamiento la aceptación por todas
las partes implicadas de las mismas reglas de juego, sino porque
el progreso técnico iba exigiendo, cada
vez con más insistencia,
el aumento de efectivos y, consiguientemente, poniendo a dispo­
sición de los ejércitos más medios de
fuego y maniobra.
A
finales del siglo xvm la concepción de los ejércitos como
medios
al servicio de la Corona, con efectivos relativamente poco
numerosos, mandados por oficiales procedentes de
la nobleza
sin ninguna preparación especial, constituidos por hombres lle­
vados a filas mediante proceditnientos
más o menos violentos y
con una logística prácticamente inexistente o muy
poco desa­
rrollada, estaba
ya en crisis. Aunque se trarase de poner reme­
dio a estos males mediante la contratación de mercenarios
ex­
tranjeros que solían constituir cuerpos especiales o fundando
Acadetnias Militares para formar a la oficialidad, la crisis militar
estaba en el ambiente. Era, en definitiva, parte de la crisis de
un
sistema de vida plasmado en lo que se ha dado en llamar por
comodidad Antiguo Régimen.
La Revolución había nacido ya en las ideas de los «filóso­
fos» y enciclopedistas y su penetración en los centros nerviosos
de la sociedad y del poder era ya muy grande, singularmente
en
la corte francesa. Cualquier chispazo prendería fuego a una
hoguera repleta de material combustible.
1..a convocatoria de los
Estados Generales fijada por Luis XVI para el
día 5 de mayo
de 1789 en Versalles fue la chispa que encenderla el polvorín
revolucionario.
La Rev-0lución y sus ideas sobre la guerra y los ejércitos.
La primera consecuencia de • los principios revolucionarios
era retirar a
los reyes el derecho de declarar y hacer la guerra
para atribuírselo a la representaci6n
de la llamada soberania na,
dona!, es decir, al Parlamento.
Mirabeau,
ya el 20 de mayo de 1790, ante la Asamblea fran­
cesa se preguntaba: «¿Estaremos más seguros de tener sólo gue-
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ARMANDO MARCHANTE GIL
rras justas y equitativas si se delega exc\usiva¡nente en una
Asamblea
de 700 personas el ejercic;io del derecho de hacer la
guerra? ¿Habéis previsto hasta qué extremo pueden los
movi­
mientos apasionados, la exaltación del valor y de una falsa dig­
nidad, traer y justificar la imprudencia? Mientras que un miem­
bro cualquiera propondrá el estudio y la deliberación, se pedirá
la guerra a gritos
y veréis a vuestro alrededor toda una masa de
ciudadanos. No seréis engañados
por los ministros, pero, ¿no
lo seréis alguna
vez por vosotros mismos? Observad los pueblos
libres, siempre
se han distinguido por las guerras más ambicio­
sas y más bárbaras ... ,._
Eran palabras proféticas pues dibujaban claramente un fu­
turo en el que las guerras dejaban de ser algo regulado por
reglas limitativas para convertitse en lo que terminaría por ser
la llamada «guerra
total» que asolarían a Europa durante siglo
y
medio. Se iba a pasar de la guerra limitada a la guerra indis­
criminada y absoluta.
Aunque en un primer momento la Revolución
parece aspirar
sólo a la implantación de una Monarquía parlamentaria, pronto
los acontecimieotos
se precipitan, en parte por la indecisión de
Luis XVI y el abandono en que le dejan quieoes deberían
ha­
berle apoyado, pero esencialmente por la acción de los elemen­
tos revolucionarios que aspiraban a
la implantación de una dic­
tadura para, por medio del terror, imponer sus ideas a todo el
cuerpo social no sólo en Francia sino en el resto de Europa.
Siendo
el Ejército una pieza clave del poder monátquico, su
desaparición estaba descontada. Las vacilaciones del rey en cuan­
to al adecuado empleo de las fuerzas de que disponía, singular­
mente
su propia Guardia Real, compuesta de soldados suizos a
quienes Luis XVI ordenó regresar a
sus cuarteles cuando fueron
asaltadas las Tullerías y causó la muerte de 300
suizos .. En el
Ejército real los conflictos eotre la oficialidad aristocrática y los
soldados «patriotas» terminaron con
la disciplina; a la vez mu­
chos oficiales decidían pasar a la emigración dado· el rumbo que
tomaban
los acontecimientos. De este modo, el antiguo Ejército
se iba disolviendo como un 440
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tuido por la Guardia Nacional a la cual podían acceder todos
los ciudadanos que lo deseasen con la única condición de
aten­
der a su propio mantenimiento.
Para hacer frente a las reacciones que se estaban registrando
en Europa, la Asamblea Constituyente declaró
el 22 de mayo
de 1790 que «la nación francesa renuncia a emprender ninguna
guerra con fines de conquista». Los
hechos fueron otros, pues
un
mes después la misma Asamblea reafirmaba el derecho de
los pueblos a disponer de
sí mismos llevando al plano interna­
cional los principios de
la llamada soberanía nacional y legiti­
mando de antemano cualquier guerra contra otros países en
nombre de
la libertad de los pueblos. Precisamente este prin­
cipio iba ser el fundamento de todas las guerras que emprende­
ría la Revolución y luego, inicialmente, Napoleón.
La fracasada huida del rey, en junio de 1791, y su deten­
ción provocó la Declaración de
Pilnitz en la cual el emperador
Leopoldo
II y el rey de Prusia, Federico Guillermo II, se com­
prometían en favor de Luis XVL La Asamblea Constituyente
decretó la
movilización de la Guardia Nacional y la admisión
en filas de 100.000 voluntarios para
hacer frente a la amenaza
extranjera.
La Asamblea Legislativa, que sucedió a la Constituyente,
deseaba la guerra, movida en la forma que había pronosticado
Mirabeau, de modo que, cuando
el general Dumouriez propuso
a
la Asamblea la declaración de la guerra a Austria, su propuesta
fue aprobada
casi por unanimidad. Era abril de 1792 y Francia
se embarcaba y embarcaba a Europa en una serie de guerras
que habían de durar casi sin solución de continuidad hasta 1815
y costar millones de muertos.
Aparecieron entonces
los entusiastas ejércitos de la Revolu­
ción donde algunos
oficiales procedenres del antiguo Ejército
real y una gran mayoría de mandos improvisados
encuadraban
a masas revolucionarias que marchaban hacia el norte cantando
un sanguinario himno compuesto en Marsella por Rouget de
L'Isle. Este ejército improvisado fue rechazado en
la frontera
belga y se retiró en desorden hacia Lille
y Valenciennes,. a la
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vez que asesinaba a alguno de sus generales acusados de traición.
La Asamblea declaró a la Patria en peligro e instauró un
ré­
gimen de excepción que abriría paso al Terror. En estos acon­
tecimientos tuvo gran responsabilidad una insensata proclama
del duque de
Brunswkk (25 de julio de 1792) en la que el
jefe de los ejércitos aliados, general de la vieja escuela, amena­
zaba a la capital con una ejecución militar
si se atentaba contra
Luis XVI. La Fayette intentó marchar con
· los restos del ejér­
cito sobre París para restablecer la Constitución, pero el Ejército
no
existía ya. El golpe de gracia se lo daría la Asamblea al
enviar
«comisarios de los ejércitos» con poderes para suspender
en sus funciones, detener y procesar a
los generales y oficiales,
perseguir a los sospechosos de ser «enemigos del pueblo» y
utilizar como rehenes a las familias de los emigrados.
Los aliados, entreranto, proseguían su acción militar y ocupa­
ban Longwy y V erdún el 1 de septiembre; pero la movilización
decretada
por la Asamblea y el impulso patriótico y revolucio­
nario de los
voluntarios y de los miembros de la Guardia Na­
cional -<¡ue eran los burgueses favorecidos por la Revolución­
logran contener en Valmy el 20 de septiembre a los ejércitos
aliados en
la última de las batallas a la antigua usanza, donde
lo
más importante fue el cañoneo de la artillería y los movi­
mientos tácticos. Un
día más tarde se proclama la República
francesa; a
la vez, en Valmy, había cambiado el panorama mili­
tar y los ejércitos revolucionarios, perdido el sentido de infe­
rioridad ante los ejércitos reales, invaden Saboya y ocupan Niza,
mientras que el general Custine, en la línea del Rhin, logra al­
canzar Spira, Worms, Maguncia y llega hasta Frandort. A prin­
cipios de noviembre, Dumouriez bate en Jemmapes a los ejérci­
tos
austríacos y ello le permite ocupar Béligica que, junto con
Renania y Basilea, iban a ser anexionadas a Francia en nombre
de la idea revolucionaria de «fraternidad y socorro a los pue­
blos oprimidos». Era el primer triunfo de los ejércitos revolu­
cionarios.
Ejecutado Luis XVI, toda Europa se coaliga de nuevo contra
la Revolución. La Convención declara la guerra a Inglaterra,
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REVOLUCION FRANCESA Y CONCEPCION DE LOS EJERCITOS
Holanda y España, y Domouriez ocupa Amstetdam, lo que
produce como reacción aliada que en la primavera de 1793 un
ejército de 300.000 hombres
se concentre en la frontera del Rhin
para invadir Francia. Para hacer frente a la amenaza, provocada
por ella misma, la Convención decreta la movilización general,
pero
ya la burguesía siente enfriado su ardor revolucionario y
en el campo la repugnancia hacia el reclutamiento forzoso es una
de las causas de
la sublevación de la V endée y origen de múlti­
ples motines.
Los éxitos aliados, que suponen
la invasión de Francia por
el norte y por el Rosellón, hacen intensificar el Terror que al­
canza al general Custine, quien por la pérdida de Maguncia es
guillotinado. La Dictadura del Terror logra movilizar todos los
recursos de una nación tan poblada entonces como Francia,
or­
ganiza la guerra total y mediante la movilización forzosa crea
un ejército de un millón de hombres debidamente pertrechados.
Este instrumento militar
ut.illia ya una nueva táctica, que con­
siste no en
deshacer los ejércitos enemigos mediante el movimien­
to sino en aplastarlos y destruirlos totalmente¡ usando la supe­
rioridad numérica de un millón de hombres frente a trescientos
mil. De este modo la invasión no sólo es rechazada sino que los
franceses ocupan de nuevo Bélgica,
llegan al Rhin y reconquistan
el Rosellón y Saboya junto con Tolón, entregado a los ingleses
y recuperado por unos soldados que tenían entre sus oficiales a
Napoleón Bonaparte. Así
se deshace la coalición contra Francia
en el otoño de 1794, mientras que el general
Pichegru ocupa
Holanda. La guerra termina con el Tratado de Basilea (5 de abril
de 1795), que llevaba la frontera francesa
hasea el Rhin y Holan­
da. Sólo quedaba Inglaterra frente a Francia,
pero la concepción
de la guerra había cambiado
ya.
La transformación revolucionaria de la guerra y de los ejér­
citos.
Había escrito Montesquieu que «las naciones deben hacerse
mutuamente
el máximo bien en tiempo de paz y el menor daño
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ARMANDQ MARC]:lANTJ3 GIL
posible en tiempo de guerra, sin perjudicar por ello sus pr<>­
pios intereses». El consejo, que era moneda corriente en la épo­
ca en que escribía Montesquieu, fue definitivamente arrumbado
por la
Revoluc,ión francesa introductora de una idea tan terrible
como la de la guerra total que suponía la exterminación del
ene­
migo hasta el mayor grado posible.
Así, el decreto de
la Convención de 23 de agosto de 1793
sobre
el alistamiento en masa decía, «desde este momento y
hasta que nuestros enemigos hayan sido expulsados del territo­
rio de la República, todos los franceses quedan sometidos per­
manentemente al servicio de los ejércitos.
Los hombres jóvenes
deben luchar, los casados habrán de forjar las armas y transpor­
tar los suministros;
las. mujeres confeccionarán tiendas y unifor­
mes y servirán en
los hospitales; los niños trasformarán la ropa
blanca vieja en vendajes; los viejos serán llevados a las plazas
públicas para elevar la moral de los combatientes y predicar la
unidad de
la República y el odio a los reyes».
Tonybee dice que la lectura de esta ley, aprobada por aclama­
ción, fue recibida con ovaciones por unos hombres que creían
sinceramente que
se estaban liberando a si mismos de la tiranía.
La verdad es que estaban introduciendo en la historia un prin­
cipio que iba a suponer un
retroceso para llegar a la barbarie de
las guerras totales que hemos presenciado en
el siglo xx. Clau­
sewitz, comentando este principio dice: «Por la fuerza
y ener­
gía
de sus principios, por el entusiasmo que despertó en el pue­
blo, la Revolución francesa arrojó todo
el peso de dicho pueblo
y todas
sus energías en la balanza que hasta entonces sólo había
sentido el peso de un ejército limitado
y de los ingresos restrin­
gidos del Estado...
La acción prodigiosa de la Revolución fran­
cesa se debe en menor grado al empleo de nuevos métodos mi­
litares
... que al hecho de que otros gobiernos no supieron apre­
ciar
las nuevas condiciones, tratando de hacer. frente con mét<>­
dos ordinarios a un despliegue de fuerzas superiores; esta es la
causa de todos sus errores políticos».
Es decir, que la guerra limitada y reglamentada del siglo
XVIII era sustituida, debido a las ideas de la Revolución, por
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Fundaci\363n Speiro

REVOLUCION FRANCESA Y CONCEPCION DE LOS EJERCITOS
una guerra total en la que tomaba parte toda la población. El
concepto era absolutamente nuevo, salvo casos aislados, como
las destrucciones de Sagunto, Numancia, Cartago o Jerusalén, y
sus consecuencias no es necesario describirlas, pues las hemos
padecido los hombres del siglo XX en nuestras carnes.
Había comenzado la época de las guerras nacionales que lle­
vaban a la lucha todas las energías materiales y espirituales de
una nación; no estaban en juego intereses dinásticos, ni la con­
quista o posesión de un territorio sino el destino de naciones
enteras a quienes la derrota había de marcar para una o dos ge­
neraciones.
El sistema de reclutamiento forzoso con carácter general era
capaz de cambiar los fundamentos del arte militar. Hasta enton­
ces los soldados eran difíciles de obtener y debían ser conserva­
dos; a partir de la Revolución se convertían en algo abundante
y fácil. Las batallas no tenían
pcr qué ser rehusadas sino bus­
cadas por muy elevadas que fuesen las bajas. Las campañas na­
poleónicas, tan costosas en vidas humanas, hubiesen sido impo­
sibles sin
el reclutamiento forzoso. El mismo Napoleón, en va­
rias ocasiones, se jactaba de que podía permitirse el lujo de per­
der 30.000 hombres en un mes sin debilitar sus fuerzas.
Tonybee muestra su perplejidad
por el hecho, demostrado
históricamente, de que la democracia surgida de
la Revolución
francesa no
sólo no pudo actuar contra la guerra sino que, por
el contrario, contribuyó positivamente a ella.
La respuesta radi­
ca
en el estudio de la naturaleza humana, en la que libran com­
bate dos fuerzas antagónicas: la relación de cohesión hacia aque­
llos que forman parte del propio grupo social y
la de oposición
hacia los que son ajenos al mismo. Platón, en la
República, hace
decir a Polemarco, que «Justicia es ayudar a los amigos y dañar
a los enemigos». Siglos más tarde, Hume afirma que «en la
gue­
rra anulamos nuestro sentido de justicia y amistad y lo sustitui­
mos por la injusticia y
la hostilidad». El hombre. es fruto de mi­
les de generaciones que le han legado sus instintos salvajes de
tal manera que, aunque la civilízación y el cristianismo hayan in­
fluido positivamente sobre sus instintos, no los han eliminado
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ARMANDO MARCHANTE GIL
del todo. Ahora bien, la democracia no tiene como fundamento
el amor al prójimo, sino el sentimiento de pertenecer a una
or­
ganización
social superior a aquella a la que no se considera de­
mocrática; fomenta, pues, la oposición y el odio hacia aquellas
otras organizaciones sociales o naciones no conceptuadas como
democráticas. De esto tenemos ejemplos a diario con sólo leer,
ver o escuchar a los medios de comunicación social.
He ahí por
qué
la democracia uacida de la Revolución francesa no fomentó
la paz sino la guerra en
la peor de sus expresiones, que es la
guerra total.
En Valmy 34.000 prusianos se enfrentaron a 52.000 fran­
ceses, produciéndose 300 bajas a los franceses entre muertos
y
heridos y 184 entre los prusianos; en realidad la batalla sólo fue
un conjunto de movimientos tácticos a la antigua usanza
y un
cañoneo que concluyó con la negativa del duque
de Brunswick
a presentar batalla. Hubiera sido una batalla típica del Anti­
guo Régimen si los franceses no hubiesen contado en sus filas
con generales que querían congraciarse con los nuevos poderes
y voluntarios movidos por el afán revolucionario. Por ello tuvo
razón Goethe, testigo de la batalla, cuando, dirigiéndose a sus
compañeros de aquel día, escribió de
ella así: «A partir de este
lugar
y de este día se inicia una nueva era en la historia del
mundo; todos vosotros podéis jactaros de haber asistido a su
nacimiento».
Lo que no sospechaba Goethe era que esa histo­
ria iba a ser terriblemente sangrienta.
La primera prueba palpable de ello la tenemos en
1a am­
plitud y desarrollo de las guerras napoleónicas. No olvidemos
que Napoleón era el hijo de la Revolución o
1a Revolución a
caballo, como
se dijo. El concepto de nación en armas le sirvió
para crear sus numerosos ejércitos de los que hizo un empleo
magistral. Stendhal señala
que el espíritu del ejército de Na­
poleón fue variando con el tiempo. «Bravo, republicano, heroico
en Marengo,
se fue volviendo. cada vez más egoísta y monárqui­
co. A medida que los uniformes fueron llenándose de galones
y
de cruces,.--los,. Có!'azones que cubrían fueron siendo menos ge·
nerosos».
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REVOLUCION FRANCESA Y CONCEPCION DE LOS BJERCITOS
Esto es verdad, pero no lo es menos que las victorias na­
poleónicas tuvieron como resultado la implantación, con carácter
general, del nuevo modelo de Ejército nacional, basado en un sis­
tema de reclutamiento general
y obligatorio. Coadyuvó notable­
mente a ello la experiencia del levantamiento de España contra
el invasor, pues mientras los ejércitos del Antiguo Régimen mos­
traron su incapacidad para reaccionar debidamente ante los ejér­
citos napoleónicos, fue
el espíritu popular, movido en gran parte
por
el amor a la religión y a la monarquía, el que logró movili­
zar a la nación contra el invasor y, en definitiva, ganar la guerra._
Ahora bien, el cambio se impuso en la misma Francia de la
Restauración.
Se instauró un sistema de depuraciones dirigido
por
el Ministro de la Guerra de Luis XVIII, nuestro viejo co­
nocido el general Dupont, derrotado en Bailén. Se trataba de
recuperar hasta donde fuera
posible a los oficiales del antiguo
Ejército real y eliminar a los forjados en
los ejércitos de Na­
poleón por miedo a su bonapartismo. Los mayores perseguido­
res
y depuradores de los viejos cuadros napoleónicos fueron an­
tiguos generales y mariscales del Imperio, pasados ahora al rea­
lismo de los restaurados Borbones, situación que tantas veces se
ha repetido en la historia. Algunos de los antiguos generales del
Imperio, como Gouvion Saint-Cyr, Dupont, Soult, Víctor,
La­
tour-Maubourg y otros, participan en una depuración· de sus
antiguos compañeros y subordinádos que supuso él retiro sin
pensión de 150 generales y de 1.500 oficiales, en tanto que
se
introducían en el Ejército sistemas de espionaje policíaco y se
dejaban los ascensos y destinos a la arbitrariedad del ministro de
tumo, mientras
se reducían los efectivos a 150.000 hombres.
Para tratar de reducir
el descontento militar se utilizó la expe­
dición a España de los llamados Cien Mil Hijos de San Luis di­
rigida por Angulema. La escasa gloria alcanzada fue bien admi­
nistrada por
la monarquía en espera de tiempos mejores para el
Ejército francés. Las depuraciones lograron eliminar a los cua­
dros bonapartistas del Ejército pero
el espíritu de los recién lle­
gados no era
ya aristocrático y realista sino burgués y nacional.
Proceso parecido
se dio en España; aunque aquí el carlismo
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ARMANDO MARCHANTE GIL
y sus ejércitos conservaron en parte el espíritu del ejército tra­
dicional del Antiguo Régimen hasta que el Convenio de Verga­
ra,
ya en 1840, impuso también el modelo de ejército burgués
y liberal más inclinado a
las contiendas interiores que a otra cosa.
La era de los antiguos Ejércitos reales había pasado ya y su
sua:sor, el Ejército naciorutl, se consolidaría para servir de soporte
a la burguesía que, en definitiva, con la instauración del siste-.
ma liberal parlamentario de partidos fue la beneficiaria de la
Revoluci6n al conquistar el poder político. Es en este marco ins­
titucional donde
el fen6meno de la guerra va a adquirir su más
amplio y terrible desarrollo como fruto envenenado de la Re­
voluci6n de 1789.
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