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1989

589-1789

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1989
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La Revolución Francesa: mito y realidad

LA REVOLUCION FRANCESA: MITO Y REALIDAD
POR
ANDRÉS GAMBRA
Un Diito celosamente protegido.
Aproximarse al análisis crítico de la Revolución francesa es
una tarea doblemente difícil. En primer lugar por la complejidad
del tema, que ha suscitado una bibliografía cuantiosa, considera­
blemente incrementada con motivo de su
II Centenario, difícil
de abarcar con un
mínimo de seriedad aun desde una perspectl·
va de síntesis elemental. Y, en segundo lugar, porque la Revo­
lución francesa es un tema histórico tabú, revestido de un par­
ticular carácter privilegiado, excepcional en una época como la
nuestra, de hipercrítica desmitificadora.
Cúalquiera, hoy, desde un lado u otro de
la barrera, tiene
conciencia de que los principios fundamentales del llamado
sis­
tema
democrático -el carácter infalible y totalitario de la vo­
luntad general, su concreción a través de unos muy específicos
mecanismos de representación que otorgan el monopolio del po­
der a partidos de masas encargados a su vez de informar e ilus­
trar, configurándola, a la opinión pública, la completa indeter­
minación de los valores morales de la convivencia, etc.-gozan
de un halo sacra! incuestionable, de una intangibilidad que ga­
rantiza un eficaz sistema disuasorio de cualquier intento icono­
clasta.
Pues bien: el acontecimiento
· fundador de la moderna de­
mocracia fue la Revolución francesa, constatación que, en lo
esencial,
es exacta y goza de universal reconocimiento. De ahí
que revolverse contra ella suponga poner en entredicho
lós fun-
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disfrute la Revolución francesa de las mismas garantías que ro·
dean a ésta.
Esre hecho puede comprobarse con sólo hojear
la bibliogra­
fía reciente sobre
la Revolución. De ella se han dicho muchas co­
sas y aun se han alzado voces, eficaces y toleradas, contra la for­
mulación, cuasi dogmática hasta no hace mucho tiempo, que
emitió la escuela marxista francesa. Hasta
ahí puede llegarse: la
historiografía oficial se ha hecho
más flexible, más tolerante,
gracias a una evidente crisis de las tesis del matetialismo dialéc·
tico. Y ello constituye, desde luego, una mejora. Pero limitada,
necesatiamente controlada, porque el gran mito sigue vigente,
y con
él la tajante prohibición de cualquier ofensiva de carácter
global,
es decir,. que pretenda poner en entredicho la legitimidad
y el carácter fundamentalmente benéfico de
la revolución y de
su herencia social, politica y cultural.
En lo accesorio, en la con­
sideración adversa del rico anecdotario del proceso revoluciona­
rio, se puede
ir muy lejos. Pero profanar el santuario está
terminantemente prohibido. Podrían multiplicarse los ejemplos
a este respecto. Un historiador de la talla
de Pierre Chaunu es
invariablemente excluido del catálogo de los historiadores riguro­
sos, y desterrado al ghetto de los extremistas, por el hecho de
haber afirmado que
la Revolución supuso para Francia un dé­
clasement definitivo ( 1 ); y otro tanto le ha ocurrido a su erudi­
to discípulo, Raymond Secher,
por haber demostrado, con los
documentos en
la mano, que el Comité de Salud Pública empren­
dió conscientemente un programa de genocidio en la Vendée (2).
Las circunstancias del estallido de 1789. ,
Abordar el problema de las causas de la Revolución es diff.
cil
por la propia complejidad del proceso revolucionario. En cier·
to modo existieron varias revoluciones sucesivas, una marea as~
(1) PraRRE CHAUNU, Le grand déclassement, París, 1988.
(2) REYNALDA SECHER, Le génocide franco-franfais, la Vendée, Pa~
rfs, 1986.
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cendente y un reflujo -o mejor, una etapa de consolidación de
lo hasta entonces realizado---, con caracteres .específicos en cada
ca:so, aunque, eso sí, con un fundamento primigenio común,
idea ésta que afirmó con orgullo la historiografía jacobina ( «la
. Révolution c'est un bloc») y que, a nuestro entender, está jus­
tificada.
De la apertura de la caja de Pandora, entre mayo y
julio de 1789, surgieron los demonios posteriores.
Seguiremos
un método sencillo en nuestra exposición. Tra­
taremos de resumir
la evolución que ha conocido, en las últimas
décadas,. la historiografía de la Revolución francesa en su modo
de enfocar el carácter de aquel magno acontecimiento, insistien­
do especialmente en la superación de la interpretación determi­
nista, de signo socioeconómico, que ha sido, hasta no-ha mucho,
la dominante. Luego procuraremos señalar, desde la considera­
ción especifica del origen de la Revolución, los fenómenos de
orden ideológico y político que, a nuestro entender, lo hacen in­
teligible. Sin, desde luego, pretender agotar el tema. Previamen­
te, sin embargo, a modo de introducción
y también de punto de
referencia para abordar los temas enunciados, aludiremos a las
circunstancias que rodearon a la convocatoria por Luis XVI de
los Estados Generales, y a las etapas que jalonaron la Revolución
desde mayo de 1789 al
cénit del año II.
Ciertamente Francia atravesaba, en vísperas de la Revolu­
ción, un período difícil. Una crisis que el rey y la Corte no su­
pieron afrontar adecuadamente. Gaxotte lo
há señalado: «la Re­
volución francesa fue fruto de la falta de visión de las clases
dirigentes». Las
circunstancias económicas eran, desde luego,
desastrosas
y hasta cierto punto inéditas.
Braesch ha cuantificado hace años el endeudamiento que pa­
deda la Hacienda francesa: era insuperable por los medios or­
dinarios al llegar 1789, siendo,
por cierto, los gastos de la Corte
menores
de los que tradicionalmente se ha supuesto. Fruto todo
ello
de un déficit progresivo, muy agravado por la intervención
de Francia en la guerra de independencia
de los Estados Uni­
dos, conflicto internacional que la Paz de Versalles (1783) ha­
bía saldado en
términos favorables a Francia. Un éxito pírrico,
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sin embargo, para la monarquía de Luis XVI y la estabilidad de
su reino por un doble motivo: endeudó aún
más el erario pú­
blico y propició, con el retomo de los combatientes, la propa­
ganda revolucionaria, inspirada en
la gesta norteamericana.
Se imponía una reforma económica y un incremento de la
fiscalidad, que necesariamente gravaría de modo especial a la
nobleza, beneficiaria tradicionalmente de importantes exenciones
en ese ámbito. Pero
la nobleza conservaba una notable influen­
cia
y, a través de los parlamentos provinciales, la posibilidad de
entorpecer cualquier proyecto reformista.
De ahí que fuera ne­
cesario contar con ella. Lo grave es que se trataba de una aris­
tocracia erizada contra su rey por prejuicios a la vez de orden
político e ideológico a cuya naturaleza nos referiremos más
ade­
lante.
La gestión de aquella intrincada situación no pudo ser, por
parte del monarca y
sus ministros, más desafortunada. Ansiosos
de cambio
y, a la vez, inseguros de su propia posición porque
carentes de un programa coherente, los sucesivos ministros de
Luis XVI incurrieron en una funesta dinámica de minirrefortnas
y contrarreformas, cansinas e irritantes, que privaron a las ins­
tituciones de su inveterada solidez, introdujeron la desconfian­
za en los súbditos y favorecieron, sin resolver nada, sólo a los
ambiciosos y resentidos. En ese sentido ha podido aludit Fran­
~ois Bluche al «despotismo de la debilidad»: «Nunca se hubie­
se hablado tanto de los abusos del Antiguo Régimen si éste no
se hubiese empeñado en descubrirlos y divulgarlos so pretexto
de corregirlos» (3).
Luis XVI, presionado
por una aristocracia frívola, fascinada
por Montesquieu y
la idea de un sistema parlamentario del que
estaría llamada a ser
.,Jma y nervio, se dedició, tras innúmeras
vacilaciones a convocar los Estados Generales. No eran en sí,
desde luego, una institución revolucionaria. Todo lo contrario:
su origen
se remontaba al siglo xm, en el apogeo de la Cris-
(3) FRAN<;OIS Bl..UCHE, La vie quotidienne au temps de Louis XVI,
París, 1980, pág. 70.
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LA REVOLUCJON FRANCESA: MITO V REALIDAD
tiandad medieval, y fueron, durante siglos, el símbolo de una
monarquía plural, rica en cuerpos intermedios y órdenes
i;lota­
d9s de peculiar autonomía. Lo malo es que los reyes de Francia
habían dejado de convocarlos desde 1615,
y a la sazón,, quebra­
da su legitimidad histórica, podían convertirse
.en una instru­
mento incontrolable de subversión. Que es lo que ocurrió, aun­
que con una amplitud que nadie hubiera podido imaginar cuan­
do, por fin,
se reunieron en Versal.les el 5 de mayo de 1789.
Los diputados acudieron con un
programa de reivindicacio-·
nes heterogéneo y, vagamente, la exigencia de una monarquía
parlamentaria que recortase los poderes reales. Una minoría
ac­
tiva -de composición social heterogénea-encuadrada en el
Comité Bretón (núcleo de los jacobinos) supo imponer sus crite­
rios, que el abate
Sieyes recopiló, con nitidez y eficacia dialéc­
tica, en su célebre panfleto:
¿Qu'est-ce que le Tiers Etat?
Reivindicación para los Estados Geneales de la soberanía
absoluta, patrimonio desde el siglo
XVI del rey de Francia; sus­
titución de la tradicional representación estamental por otra uni­
versal, encarnación no
ya de un orden social concteto y tangible
sino de la Voluntad General. Entre mayo
y junio la mutación
decisiva era cosa hecha, sin que Luis XVI pudiera o tuviera
voluntad de oponerse. Cuando intentó disolver la asamblea el
diputado Bailly espetó
al comisionado real: «la Nación reunida
en Asamblea no puede recibir órdenes». Los Estados Generales,
en consonancia con tal cambio, mudaron su nombre por el de
Asamblea Nacional, y sus miembros, fusionados en una cámara
única, juraron no disolverse hasta haber elaborado una Consti­
tución para Francia. Es decir, hasta haber fabricado un «modelo
de
sociedad» partiendo desde cero: el advenimiento de la Uto­
pía desde la insensata aniquilación de un orden milenario.
Luis XVI quiso,
al fin, reaccionar. Pero los revolucionarios,
bien organizados, respondieron con el recurso a sistemas que
se harían clásicos. Tales, la difusión del temor (La grande peur)
a una reacción nobiliaria ( «el complot aristocr4tico») que seda
despiadada; o la promoción de la violencia, seguida de su ~­
tación hasta erigirla en mito heroico: así el asa.1to a la Bastilla,
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la «cárcel del despotismo», acompañada del sacrificio cruento de
sus guatdianes, cuando
ya habían éstos renunciado a defenderla.
Prisión real de la que sólo salieron un perturbado y dos delin­
cuentes comunes. Acontecimientos que, lejos de ser anécdota,
hacen de la Revolución francesa el gran laboratorio de las técni­
cas revolucianarias de toda la Edad Contemporánea.
De 1789 a la Dictadura del año II.
Lo que sucedió después -la subsiguiente espiral revolucio­
naria, llamada a prolongarse durante cinco años
vertiginosos­
estaría en consonancia oon aquellos orígenes.
La Asamblea Constituyente procedió al desmantelamiento sis­
temátioo del Antiguo Régimen y a la instauración de la llamada
sociedad liberal, sobre principios iudividualistas y racionalistas.
Se suceden las medidas legislativas inspiradas en una concepción
puramente abstracta de la sociedad, de signo igualitatio y unifor­
mizador, muchas veces con una acusada impronta burguesa y
plutoctática,
iuten.cionada o fruto indirecto del desmantelamiento
de las instituciones orgánicas tradicionales.
La iustauración de un
aparato
de Estado centralizado, acorde con la vocación totalita­
ria de la soberanía ilimitada de la Voluntad General. En síntesis,
los fundamentos del Estado Napoleónico, llamado a completar­
se y perpetuatse durante el Directorio y el Imperio.
Durante
el proceso constituyente se desencadenó la persecu­
ción contra los poderes fácticos, llamada a prolongarse a lo largo
de toda
la Revolución, con caracteres que, durante la Conven­
ción, serían pavorosos. Persecución que, en contra de lo que
muchas veces se dice, no se desplegó contra la nobleza de un
modo sistemático,
ni tampoco contra el rey, al que se otorgó la
condición de primer oficial de la Nación. Norman Hrunpson,
Furet, Vovelle y Dumond han dem~strado que a los aristócratas
no les fue tan
mal y que existió para ellos, si quisieron aprove­
chatlo, un
«boalreur de vivte en Révolution». La legislación de­
samortizadora y. antiseñorial les permitió enajenar o sanear unos
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LA REVOLUCION FRANCESA: MITO Y REALIDAD
patrimonios territoriales que, con frecuencia, en las modalidades
tradicionales de explotación, eran escasamente rentables. Las es­
tadísticas demuestran que, al final de la pleamar revolucionaria,
el número de aristócratas víctimas de la guillotina no era pro­
porcionalmente superior
al de los roturiers ( miembros del Ter­
cer Estado). Y en cuanto a Luis XVI debe recordarse que una
parte principal
de los constituyentes insistieron con denuedo,
hasta
el intento de fuga del rey y aun después, en hacer de él, le
gustase o no, un rey constitucional.
El gran perseguido de la Revolución va a ser la Iglesia.
Jean Dumont ha estudiado la cuestión, con acopio de fuentes
y bibliografía, en un libro excelente ( 4
). Primero fue la radical
nacionalización de los bienes del clero, seguida de su pública su­
basta, realizadas tempranamente, desde noviembre de 1789: un
expolio que no
se ejerció con ninguna otra categoría de bienes,
y dejó a la bien provista Iglesia de Francia sumida en la total
indigencia. Vino luego, en julio de 1790,
la Constituci6n civil del
clero, que Luis XVI tuvo que sancionar; bajo presión, antes de
escuchar la opinión papal. Suponía la funcionarización de
la
Iglesia en términos humillantes, incociliables con sus más ele­
mentales derechos. Por ello, cuando Pío VI se pronunció, diez
meses más tarde, fue para declararla cismática. El clero se es­
cindió. Los refractarios fueron perseguidos con saña, deporta­
dos, encarcelados, muchos guillotinados.
Los ;uramentados, por
su parte, servirían al gobierno para manipular
la fe de los fie­
les, y darían un ejemplo funesto que contribuiría gravemente
al retroceso de la Iglesia católica Francia. Las prohibiciones se
multiplicarían: del. rito romano, de las manifestaciones públi­
cas, etc. Medidas
todas ellas destinadas, en la intención de sus
promotores, a la descristianización total. Les pretres seuls cro:i­
gnaient tout selíalaría un testigo de las persecuciones revolucio­
narias.
La revolución. se acelera a lo largo de 1791-92 hasta cul-
(4) La Révolution franraise au les prodiges du sacri!Cge, edit. Crite­
rion, Liinoges, 1984.
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A./iD,RBS 4AMBRA
minar en la Dictadura del año II. Los elementos radicales tien.
den a. imponerse y la Revolución devora a sus hijos tímidos. La
Asamblea Legislativa -<¡ue ha sucedido a la Constituyente tras
la promulgación de la Constitución en octubre de 1971~ des­
encadena la guérra contr.a sus adversarios, Austria y Prusia,
promovida por los Girondinos con carácter de Cruzada de la
libertad universal. Conflagración de signo ideológico
y naciona­
lista, primer episodio de las hecatombes del mundo contempo­
ráneo, que requiriría por parte del Gobierno francés una rápida
democratización de guerra a través de la movilización en
masa
y la guerra total, para derrotar a un enemigo superior al que se
había provocado contra toda prudencia, en un gesto de precon­
cebida ruptura con
la mesurada diplomacia del Antiguo Régi­
men. Se ha pretendido que el expansionismo de la República en
busca
de «las fronteras naturales» de Francia era una herencia
del Antiguo Régimen, pero
no es exacto: henchido de potencia­
lidad destructiva fue también, según demostró Gaston Zeller,
un invento de los ideólogos de la Revolución.
Luis XVI intenta huir: será encarcelado, juzgado y final­
mente guillotinado, en enero de 1793, bajo acusación
de alta
traición. Poco antes, ante la inviabilidad de
la monarquía par­
lamentaria prevista en la
Corutitución de 1781, se había reuni­
do una nueva
Corutituyente -la Convención-elegida median­
te sufragio, con abstención de un 90
% del ceruo electoral. Tal
sería la legitimidad democrática de la asamblea que llevó la re­
volución a su cénit, tras proclamar la República en septiembre
de 1792 y haber protagonizado poco después, con la ejecución
de Luis XVI, lo que Saint-Just denominó «una medida de salud
pública». En efecto,
la Revolución actuó siempre, según la ex­
presión de Chaunu, «como un partido en la nación». El pueblo
será siempre el gran ausente: incluso la historiografía marxista
reconoce que los célebres
sans-culottes parisinos -las «masas
revolucionarias» por antonomasia-representaban sólo un seg­
mento social reducido, una baja burguesía de menestrales y co­
merciantes resentidos.
Las oposiciones interiores se multiplican en favor de la re-
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LA REVOLUCION FRANCESA: MITO Y REALIDAD
ligíón y del rey, en contra de las exigencias ominosas --sin pre­
cedentes
en el régimen antiguo-de un Estado belicista, tota­
litario y policiaco
en grado creciente. Destaoaría la insurrección
del oeste, de caracteres épicos en la V
andée, aplastada por las
-milicias parisinas con decisión inaudita, que revistió la forma
de
un verdadero genocidio.
La respuesta de la República a tales desafíos externos e
in­
ternos -fruto del designio consciente de los mentores de la Re­
volución de provocat' situaciories sin retomo, en una constante
fuga hacia adelante, tras el señuelo de la utopía amenazada­
sería la instauración de un sistema político también sin prece­
dentes
en la historia de Occidente: una dictadura policiaca y te­
rrorista, que revestiría la forma
de un Estado de talante demo­
crático y socializante. Robespierre y sus adlátere,
-a través del
Comité de Salud Pública-serán sus dirigentes y quienes, con
el designio
de «exterminar a todos los enemigos del pueblo»,
desencadenen el Gran Terror (juuio-julio
de 1794 ), la «misa de
sangre» que,
al dejar exánime a Francia salivó a la República.
Hasta que la Reacción termidorina introdujo un ritmo más so­
segado en el devenir político del régimen, haciendo por otra
parte
viable, según ya se ha señalado, la consolidación de la obra
revolucionaria.
Los inb¡ntos de explicación: la tradición determinista.
Consideremos a continuación, siguiendo el orden anunciado,
cuales fueron las
.causas profundas de aquel proceso, y cuales
las circunstancias que lo hicieron posible.
¿Posible o necesario?, podríamos
preguntlarnos en primera
instancia. Aún hoy permanece muy arraigada la tesis de su
ca­
rácter fatal, ineluctable, porque fruto de las condiciones de su
tiempo que
lo requerían para abrirse a la contemporaneidad.
La interpretación determinista· de la Revolución francesa: he
ahí
un mito tenaz, que se halla en la médula de la versión oficial,
««ortodoxa», de la Revolución franoesa, y que se impone debe-
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ANDRES 'GAMBRA
lar, antes que cualquiet otro, si se desea entendetla en sus vet­
dedetas dimensiones.
La considetación de las interpretaciones deterministas de la
Revolución francesa nos permitirá ojear, aunque sea someta­
mente, las tendencias de la
historiografía actual sobre el tema,
cuestión de talante
erudito, que la bibliografía sobre el II Cen­
tenario ha puesto en boga (5). Justificadamente, por cierto, pues­
to que de la adecuada
intelección de la Revolución franresa, so­
metida hoy a un intenso debate, se detiva en medida importante
la
de toda la Edad Contemporánea.
Una doble corriente apuntaba
tardicionalmente en esa direc­
ción. Primero -la más antigua-la interpretación de signo li­
beral, elaborada a lo largo del siglo XIX (Guizot, Mignet, Aulard):
la Revolución francesa fue
el resultado de un proceso impara­
ble, el ascenso de la clase media, protagonista y exponente del
movimiento de la
Civilización. Supuso el triunfo de la libettad,
de 4 Razón, de la emancipación espiritual y política del indivi­
duo, y con ellos, de la ciencia,
del progreso, del bienestar. Pero
con un problema difícil de solventar: 1789
sf, con el proyecto
de un sistema parlamentario y burgués,
de talante moderado,
sólo riguroso con
la Iglesia, bastión de un fanatismo gozosa­
mente superado; pero un no decidido a todo los demás, fruto
de la tendencia
"narquizante que la Revolución guardaba en su
seno: a lo sumo se podría justificar una dictadura jacobina mo­
mentáneá meqiante su consideración como un mal necesario por
los peligros que acechaban en el extetior a la República.
En una segunda fase,
el marxismo, desde la intetpretación
materialista de la historia, renovó
la cuestión, introduciendo ea­
tegorfas
que hacían de la revolución un proceso también im­
prescindible, resultado de la transformación dialéctica de los
(5) Un resumen muy completo hasta 1976 en EnERHARD ScHMIDTT,
Introducci6n a la historia de la Reuoluci6n francesa, Madrid ,1985: Se han
publicado numerosos estados de la cuestión, con frecuencia tendenciosos,
a
lo largo de este año. Es útil: M. ª JOSÉ VrLLAVERDE, «Introducción», en
A/,cance y legado de la Revoluci6n francesa, Madrid, 1989, págs. vrr-xvm.
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LA REVOLUCION FRANCESA: MITO Y REALIDAD
modos de producción y de la mutación de las superestructuras
generadas por su evolución histórica.
La interpretación marxista clásica no sería, sin embargo, del
propio Marx, sujeto a
ambigüedades en su consideración crítica
de
la Revolución francesa: un proceso que no encajaba en su
esquema de una subversión del orden sociopolítico requerido
por el sólo peso de
la transformaciones econónúcas y una lucha
de clases, cuyo apogeo entendía Marx fue anterior a 1789.
Marx,
por orra parte, no caracterizó a la monarquía absoluta como
aliada de
la atistocracia sino como mediadora entre ella y la bur­
guesía, de donde
la revolución resultaba en cierto modo innece­
saria o difícil de explicat.
La interpretación que se impondría, hasta adquirir .el rango
de clásica, fue
la denominada jacobina francesa, de signo marxis­
ta, fundada por
Jaures y Aulard, y pronto aderezada por Albert
Mathiez con
el imprescindible ingrediente leninis.ta. De Lenin,
y de
la Revolución rusa de 1917, extrajo Aulatd la idea de la
revolución como un acontecimiento salvífico, demiúrgico, capaz
de contribuir con su peculiar cteatividad a la aniquilación de
una superestructura,
ya caduca pero empecinada en su supervi­
vencia. Después, en los años treinta y euatenta, eruditos de la
talla
de Lefebvre y Soboul -'ilutor de una Histoire de la R.évo­
lution fran,aise, a la. que se ha denominado, no sin una punta dé
ironía, la Vulgata ·de la Revolución-completaron, con lós in­
gredientes cuasi definitivos, la doctrina de la escuela, represen­
tada actualmente
por los historiadores Vov~e, Maz.!uric, Barny,
Lematchand y otros muchos, dotada aún de_ indudable vigencia,
aferrada a su condición de versión «ortodoxa» de la intelectua­
lidad y estamen¡os oficiales del socialismo francés.
Punto de pattida de
la escuela jacobina es la afirmación de
que d Estado absolutista suponía la prolongación histórica del
feudalismo, con todas las connotaciones económicas y sociales
que el
matxismo atribuye a esta categoría. Representaba, en sín­
tesis, la supervivencia de la multisecular
alianza de aristocracia
y monarquía en defensa de
la sociedad feudoseñotial de raíz me­
dieval, dispuestas llegado el siglo XVIII a defender con uñas y
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dientes el orden imperante, amenazado por los requertmlentos
de un tiempo nuevo. 1789 va a significar el triunfo de la bur­
guesía y del capitalismo en auge, que se imponen frente a unas
estructuras asfixiantes, históricamente caducas pero capaces de
ofrecer una resistencia denodada, sólo
superable gracias a la
conmoción purificadora de la Revolución. Revolución que encar­
naba el orto de una nueva época y hacía
inexcusable las con­
diciones socioeconómicas preexistentes e
hizo posible el desenlace
de una lucha
de clases iniciada tiempo atrás, desde los albores
de
la Edad Moderna.
La evolución posterior del proceso revolucionario, hasta la
culminación del año II, va a recibir en las formulaciones de la
escuela jacobina una dignidad que hasta entonces le había sido
regateada. Lo que en
Guizot supuso un desfase entre la razón
~las causas que le dieron origen-y el desarrollo posterior de
la Revolución, un desenvolvimiento opaco, una trayectoria errá­
tica e
inimelig;ble hacia el exceso y el caos, puesto que ni el ro­
bespierismo ni el bonapartismo serían compatibles con la liber­
tad ilustrada
y burguesa, adquirió la condición de prefiguración
luminosa de un futuro ineluctable a largo plazo. Fascinada .por
el ejemplo de 1917, · la
historiografía jacobina hizo de la dic­
tadura del alío II la premonición genial de lo que serla el triun­
fo del proletariado
y el advenimiento de la sociedad comunista
del futuro: en síntesis, el «final de la historia». La Revolución
fue un acontecimiento
tan rico y fecundo, dotado de tal elastici­
dad, que encerraba en su seno potencialidades cuasi ilimitadas.
La dictadura de Robespierre, con el apoyo de las clases popu­
lares urbanas supuso el punto culminante, no burgués o antibur­
gués de su trayectoria, «anticipador» de revoluciones venideras.
Con matices dentro de la escuela: según Mathíez, Robespierre
fue una
prefiguración de Lenin, dignidad que le han negado Le­
fevbre y Soboul porque no llegó. a la expropiación de los me­
dios de producción, prevista en cambio por Hebert y los «En­
ragés»
y por Babeuf y los Iguales. En cualquier caso, una cons­
trucción historiográfica grandiosa, capaz de vincular todo el de­
venir de la Revolución francesa al imperio de la necesidad, de-
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LA REVOLUCION FRANCESA: MITO Y REALIDAD
rivada de las transformaciones socioecon6micas subyacentes al
gran teatro de
la historia «evenementielle».
Los revisionismos.
Desde los años cincuenta va a producirse, sin embargo, una
importante reacción en contra de la interpretación jacobina o
marxista-leninista. Un ataque que, en su discurso, denunciaría las contradiccio­
nes internas, desde los requerimientos de su propia metodología,
que albergaba la citada interpretación clásica:
la flagrante colu­
sión entre
necesidad histórica --d gobierno burgués que, exi­
gido por las imperiosas condiciones históricas, resultó sin em­
bargo de cortísima duración-y voluntarismo sub¡etivo -las
genialidades democráticas y socializantes de la Revolución del
año
II-. La famosa «flexibilidad» de la revolución no era, bien
miradas las cosas, coherente con el determinismo materialista de
sus teóricos.
El primer hito en este recorrido crítico fue el histotiador
británico Alfred Cobban, autor de un libro resonante, T he
myth
of tbe French Revolution, publicado en 1955.
Cobban puso de relieve con eficacia que lo del feudalismo en
vísperas de la Revolución era
un mito: del viejo orden feudal
sólo pervivían reliquias en la Francia de entonces, a la
vez que
ya existía una burguesía terrateniente, ajena a él por completo,
que disfrutaba del 30 % del suelo francés.
Otro mito, espectacular pero huero, era el de la clase capita­
lista ascendente.
La burguesía comerciante y manufacturera no
jugó papel ninguno en la Revolución: quienes triunfan son
los
antiguos funcionarios monárquicos, los expertos en derecho y ad­
ministración, que derrotan a la nobleza degenerada -los «zán­
ganos» en la terminología de Cobban-. Los dirigentes de la
Revolución
-los feuillants, brissotins, · montagnards y termido­
rianos-eran una «burguesía de Ancien Regime», directamente
vinculada al aparato polítieo-administrativo de la monarquía y a
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la intelectualidad promovida por la Corte: administradores, jue­
ces, leguleyos modestos, miembros de profesiones liberales y
rentistas.
Difícilmente podía la Revoluci6n francesa promover
el capitalismo moderno cuando quienes la dirigían eran hombres
extraños a ella.
La Revoluci6n fue, según Cobban, en lo fundamental, un
cambio político,
no social ni econ6míco: el resultado de la con­
frontación de grupos por eÍ poder, no de una lucha· de clases.
Fue en esencia «la destrucci6n del viejo sistema politico de
la
monarquía y la creaci6n de uno nuevo en la forma del Estado
napoleónico».
Cobban no tardaría en encontrar discípulos que desarrolla­
rían y completarían sus intuiciones. Denis Ríchet y Fran~ois Fu­
ret ( 6) elaboraron la denominada
teoria de las élites, importante
en
la superación de la noci6n de la Revolución como lucha de
clases: la formación durante el XVIII de un grupo mixto en la
cima de la sociedad, integrado por miembros de los tres esta­
mentos, del que surgitían los prohombres de la Revoluci6n; ca­
pas ilustradas por la propiedad y la formaci6n que aspiraban a
imponer
sus condiciones a la monarquía, pero sin pensar en des­
truirla, ni tampoco en el sufragio universal o igualitario. Su obra
fue la Constituyente: lo
demás, según Furet, fue el dérapage de
la Revolución.
Guy Chaussinand-Nogaret (7) corroboró el tema a través del
estudio
de los Cuadernos de que;as solicitados por la administra­
ción Real en vísperas de
la reunión de los Estados Generales: no
reflejan oposici6n de clase sino idenridad de reivindicaciones y
aspiraciones en un parecido proyecto reformista de signo líbera­
lízador y
parlamentario.
Otros estudios del propio Ghaussinand, completados por los
de Fran~ois Crouzet y Denis Woronoff ( 8) confirmaron lo que ya
(6) F. FllRET y D. R1cHET, La Revolution, París, 1%5-1966. Tam­
bién de FuRET, Penser }a Réoolution franfaise, París, 1978 .
. (7) LA ·noblesse au XVIII siecle. De la feOdalité aux lumiefes, París,
1976.
(8) F. CROUZET, Angf,etérre et France au XVIII-siecle. Essai d'ami-
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LA REVOLUCION FRANCESA: MITO Y. REALIDAD
había intuido. Cobban en el plano de las consecuencias econó­
micas de la Revolución: existió un primer desarrollo industrial
en el siglo
XVIII en Francia, en buena parte en manos de la no­
bleza -la · más dinámica de Europa según Ghaussinand-, un
«despegue» o «fuerte desarrollo», que
hubiera podido equiparar
a Francia con Inglaterra, y que
la Revolución echó por tierra.
Lo que Chaunu llamaría le grand déclassement, ilustrado por él
desde la perspectiva del desastre demográfico que, para la Franc
cía contemporánea, supusieron las persecuciones y las guerras de
la Revolución y del
'Imperio.
De este modo, en frase de Furet, «lo que se ha deshecho
progresivamente, a lo largo de los últimos treinta
años .en la
historiografía de la Revolución francesa, es el conjunto de la in­
terpretación social del acontecimiento, y no sólo
en su forma
marxista, sino también en su forma anterior, clásicamente bur­
guesa y liberal».
La conclusión que nos interesa es la ya anunciada: la supe­
ración del mito determinista, fascinante y paralizador. El re­
planteamiento sobre otros términos de los orígenes y el devenir
del acontecimiento fundador del fundo contemporáneo: fue una
crisis
polltica que debe ser entendida a partir de elementos po­
Hticos y no de fuerzas económicas o sociales.
Y, llegados a
este punto, no estaríamos lejos de Furer al
afirmar que «es el discurso del jacobinismo el que juega el pa­
pel central en la Revolución». Es decir, un discurso de signo
polltico y voluntarista y no un acontecimiento necesario o im­
prescindible. Y acierta Furet cuando observa que, al derrumbar­
se lo ortodoxia marxista, «la Revolución francesa no pierde nada
de su dignidad histórica. Al contrario, al dejar de ser la gesta
de una clase, podemos considerarla aún
ron más motivo como
el punto de partida de
la modernidad; vuelve a encontrar el
papel que le atribuyeron, para bien o para mal, desde finales del
siglo
XVIII, sus mejores testigos, Sieyes, Benjamín Gonstant, Bur-
lyse comparée de deux croissances économiques, Annales ESC (marzo­
abril, 1966}; DENIS WoRONOFF, La Révolution at-elle été u11e catastr-0ph~
économique?,
L 'Histoire (julio-agosto de 1988).
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ke, Fichte, Hegel: d ele hacer el mundo de los individuos autó­
nomos, encargados a
partir de entonces de construir el Estado
sobre sus voluntades
libres». Y también cuando nos señala que
la Revolución francesa fue
«un laboratorio ele la política mo­
derna»; porque fue «un acontecimiento tan amplio, tan rico y
tan profundo que se ha convertido en el centro de los análisis de
todos aquellos que intentan
comprender la especificidad de la
democracia moderna» (9).
Ciertamente no cabe regatear
méritos a un tan importante
proceso de revisión, porque ha liberado a
la Revolución de un
corsé asfixiante. Pero que nadie
se llame a engaño, sin embar­
go: · la Revolución francesa sigue viva, y lo está como gran mito
fundador del mundo contemporáneo y de
la moderna democra­
cia. Hay una «ortodoxia» hoy en política -,-ya lo hemos recor­
dado--, fuera de la cual, nos dicen, sólo existe barbarie: una
visión optimista e interesada del devenir político del
Occidente
contemporáneo que acoge, bajo su manto protector, a la Revo­
lución. El propio Furet ha entonado un panegírico caluroso de
lo que fue la Revolución francesa con motivo de este
cen­
tenario. Y baste pensar cómo los propios revisionistas cierran
filas con sus colegas marxistas para
expulsar del santuario a los
insensatos que pretendan introducir en el debate categorías de
otra clase que las puramente positivistas y laicas.
Absolutismo monárquico y soberanía nacional.
Para entender el desencadenamiento de la Revolución fran­
cesa,. y aun las circunstancias 4e su trayectoria posterior, se im­
pone considerar la organización política del llamado Antiguo Ré­
gimen, entendiendo este concepto en su acepción restringida a la
monarquía absoluta de los siglos XVII y XVIII.
Es preciso matizar: la monatqufa de Francia, en vísperas
de la Revolución, conservaba aún elementos propios
ele la tra-
(9) FURET, «La Revolución francesa», en Alcance y legado de la Re­
volución francesa, 26.
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LA REVOLUCION FRANCESA: MITO Y REALIDAD
dición de Cristiandad y, de hecho, en bastante• ámbitos seguía
viva hasta cierto punto la pluralidad medieval. Una buena
mues­
tra de ello --de la vigencia de las libertades tradicionales-­
constituyen las dificultades
de Luis XVI para abordar una re­
forma fiscal. Pero se había producido, sin embargo, una trans­
formación fundamental en
el ámbito de las ideas políticas que
fundamentan a la monarquía con proyeoción, limitada
si se quie­
re pero manifiesta y tangible, en el ámbito de las realidades ins­
titucionales. Para explicar el proceso
se requeriría remontarse
a las llamadas
nuevas monarquias del Renacimiento, empeñadas
en afianzar su poder
y sus instrumentos de gobierno frente a la
aristocracia medieval y en crear un · itparato institucional más
centralizado y eficaz, con el recurso a un funcionariado educado
en
el espíritu del Derecho Romano. Sobreviene la revolución lu­
terana y la crisis de la Cristiandad y, con ellas, la ubrys políti­
ca: Bodino
y su concepto de soberanía absoluta, en abierta oposi­
ción a la pluralidad política de las monarquías tradicionales; el
nacimiento del Estado moderno,
un Estado que encarnarán las
monarquías de la modernidad.
Alvaro D'Ors ( 10) ha estudiado el tema magníficamente,
des­
velando el «trasfondo demoníaco del nacimiento del Estado mo­
derno»: la summa potestas que es imprescindible, según Bodi­
no, para
la supervivencia de la res publica es absoluta (une puis­
sance absolue et perpetuelle, una puissam:e souveraíne) y tiende
a no reconocer ninguna instancia racional superior a ella misma.
Conclusión a la que no llegaron Bodino ni . los reyes absolutis­
tas, pero que
se hallaba en germen: el poder soberano así con­
cebido tiende a excluir todo otro poder;
la exclusividad del po­
der divino aparece
claramente transferida a la soberanía estatal.
Seguiría existiendo el obsequio a una norma moral superior,
pero pendiente de un hilo, como lo demostrarían las actitudes
de los déspotas ilustrados.
La Revolución traspasará
al pueblo, en un solo acto, de un
plumazo,
el poder absoluto que ostentaban reyes. Fue fácil. Sie-
(10) Por ejemplo, en Papeles de oficio universitario, Madrid, 1961,
págs. 310 y ,igs.
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A.NDRES GAMBRA.
yes, en su ¿Qu'est-ce que le. Tiers Etat?, democratizó el Estado
absoluto de Bodino al
reclamar su traosferencia a la Nación. Los
Estados Generales se autoproclamaron
Asamblea Nacional, pro­
ceso que la subsiguiente claudicación del rey vino a completar en
un proceso que, en ese -su primer evento, sobrecoge por su sen­
cillez.
Ni el proyecto revolucionario, ni su ejecución fulminante,
bubierao sido posibles sin
la monarquía absoluta. El absolutismo
monárquico
había privado a Fraocia, con la extinción o la desvi­
talización
.de los cuerpos intermedios tradicionales, bien arrai­
gados
en la sociedad, de sus recursos de autorregulación y de­
fensas naturales, haciendo así posible un seísmo político que, en
otras circunstancias,
se habría paralizado a corto plazo o habría
tropezado con enormes dificultades para su
consumación.
Hay un indudable filum de continuidad entre el sistema po­
lítico de la Monarquía absoluta y el implaotado por la Revolu­
ción. Tocqueville lo observó acertadamente: el nuevo orden
re­
volucionario -que nace de una voluntad colectiva contra el des­
potismo-- desembocó en la reconstrucción del Estado adminis­
trativo del Antiguo Régimen, pero «de una forma infinitamente
más autoritaria y centralizada». Porque, desde la perspectiva ci­
tada --el despliegue del conrepto de soberanía y del Estado mo­
derno--hundía sus raíces en el sistema al que había suplantado,
Sólo la esclerosis de la sociedad tradicional, provocada por el
absolutismo, permite entender que una institución de carácter
tradicional como eran los Estados Generales constituyese un pe­
ligro en 1789, y se convierte, de hecho, en el ariete que de­
rribó el edificio milenario al que estaba adscrita.
La "griffe de Descartes" y la Ilustración.
Pero la Revolución francesa no fue solo, ni mucho menos,
el «marco de una traosferencia de legitimidad». Fue --como se­
ñaló Mona Ozouf-el de una «transferencia de sacralidad» (11).
(11) 1,foNA OzouF, La Flte révolutiannaire, París, 1976.
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LA REVOLUCION FRANCESA: MITO ,y REALIDAD
1789 supuso la fecha de un nacimiento, la búsqueda de otros orí­
genes, de una ruptura radial con
el pasado: una reconstrucción
desde el principio, «l'année zéro
du monde nouveau, fondé sur
l'égalité». Para entenderlo
es preciso situar. a la Revolución en el am­
biente de la Ilustración, de su visión racionalista y mecanicista
de
la realidad, que se ha impuesto con Descartes. La culpa de
todo
-ha observado Ghaunu-se halla precisamente en.· «la
griffe de Descartes», en el simplismo reduccionista del Discurso
del método: «si la
mecánica se aplica a la sociedad como a la. na­
turaleza, todo hay que empezarlo desde cero». El corolario de un
mundo que se concibe como un teorema matemático es· la vo­
luntad de engendtar un modelo nuevo: «voluntad de otros orí­
genes, voluntad de rehacer la historia, voluntad de sustituir
la
realidad por una ideología, voluntad de intervenir en la cópula
fundadora
y creadora del escenario primitivo» (12).
Ese es el funesto fruto de la Ilustración a
la francesa: la
erradicación cartesiana del pasado, el imperio de la voluntad
abstracta del hombre sobre las realidades tangibles del orden
natural hasta situarle frente a Dios, hasta situar a
la inteligen­
¿cia en el «peri! de mort», de que habló Marce! de Corte. La
Revolución, también en palabras de Ghaunu, «fue, al término
de un peregrinar privativo de la Ilustración a la francesa,
la rup­
tura cartesiana en acto».
La versión política del proyecto cartesiano .será formulada
por
J. J. Rousseau en su Du contrat soda!. La naturaleza del
hombre, buena en sí,
se halla corrompida por el orden existente,
fruto de una visión tradicional, religiosa y por ende fanática y os­
curantista, del orden social y político. Rousseau no reclama la
Revolución, pero ésta se halla implícita en su discurso. La Vo­
luntad General del pueblo, si pudiese expresarse libremente, se­
ría necesariamente benéfica e infalible, y por ello mismo autóno­
ma, soberana y absoluta, independiente de cualquier otra instan­
cia, no sujeta a nadie ni a norma o principio extrínseco a sf mis~
(12) P. CHAUNU, La France, París, 1982, pág. 323.
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ma. Benéfica hasta el punto de que someter a sus dictados al re­
calcitrante es hacerle feliz -paradoja de la democracia rousso­
niana-.
Y, ¿cómo se expresa esa Voluntad General? Rousseau des­
confía de los mecanismos de representación clásicos que, al in­
troducir un elemento de funesto egoismo individual, la desvir­
túan. Y recutre a Solón y
de Licurgo, a los legisladores míticos
de las repúblicas de
la Antigüedad clásica, grandes inspirados,
situados por encima de las pasiones del
vulgo. Sin llegar a con­
cretarlo, Rousseau era el heraldo de la élite revolucionaria. Es
decir,
de los Solón y los Licurgo del mundo moderno: Besan­
i;on ( 13) ha demostrado la existencia, en vísperas de la Revolu­
ción francesa, de un núcleo de «intelectuales proletaroides»,
re­
sentidos, con la voluntad de construir un mundo a la medida
de sus proyectos apriorísticos, arrastrados por la certidumbre de
que ese orden imaginario existía y era
realizable desde la pasión
revolucionaria. Fueron los «terroristas de la vinud», convenci­
dos de su condición profética, capaces de llevar adelante una
voluntad inédita de destrucción que ellos imaginan salvífica.
Ro­
bespierre fue el ejemplo más célebre, la encarnación de la Vo­
luntad del Pueblo: el precedente de los Partidos Comunistas del
porvenir. Y, claro está: la Ilustración enseñó también quién era
el
gran adversario del imperio absoluto de la razón, de la autono­
mía
de las ideologías, del triunfo de la Utopía. Voltaire señaló a
la Iglesia: ella era
«l'inffune», el enemigo por antonomasia. La
nueva sociedad sería laica y racionalista, con una religión nueva,
hecha a su medida: la del Progreso, la Razón y el Hombre. Y
excluyente de lo que Rouseeau había calificado de «especie
de
religión extraña -«el cristianismo romano»--, que «dando a
los hombres dos legislaciones, dos jefes, dos patrias, los some­
tía a deberes contradictorios y les impedía poder ser a la vez
devotos y dudada.nos». Tal dualismo era intolerable y no debía
(13) ALAIN BESAN<;ON, Les origines intellectuelles du léninisme, Pa­
rls, 1977.
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LA REVOLUCION FRANCESA: MITO Y REALIDAD
perpetuarse: todo y todos al servicio sin restricciones. del parti­
do y
de su Idea.
De
ahí, como preludio de la Revolución, la conspiración in­
ternacional de los ilustrados para acabar con los jesuitas: «que se
haya podido tratar de aquel modo -observa Dumont-a una
colectividad de hombres que representaba a una de
las más altas
élites espirituales, morales e intelectuales
de europa, era anuncio
de lo que esperaba a otras élites y a problaciones enteras; por­
que aquella supresión denunciaba de lo que eran capaces, en ma·
teria de persecución sostenida hasta el crimen, la 'filosofía' dis­
frazada de apóstol de la tolerancia».
La saña persecutoria de la Revolución francesa no fue .un
epifenómeno accidental como pretenden los demócrata-cristianos:
fue una persecución
total, destinada a la radical eliminación del
cristianismo, en
conoonancia con la naturaleza totalitaria del pro­
yecto revolucionario. La Revolución estuvo dominada por el
problema religioso, y
ello lo han admitido incluso historiadores
de
raigambre marxista como Vovelle. Un magno proyecto de des­
cristianización que se ha prolongado hasta la ""1:lliilidad, hasta
que la víctima ha implorado demencia.
Lo ha señalado Chaunu
una vez más: «le tri est religieux:, tout se joue -<ést l'unique
clivage---sur l'acceptation ou le refus de l'eglise constitutione­
lle». Se resistió y fue víctima de una represión sanguinaria sin
precedentes en la historia de occidente.
Mais: ¿Est-ce-que nons allons feter «¿a?
El Antiguo Régimen, en las postrimerías del siglo XVIII te­
nía defectos y requería setias reformas: nadie lo pone en duda.
Pero
se trataba de un cuerpo rico, flexible, capaz tradicional­
mente de autorregularse. Lo había hecho en innumerables oca­
siones, desde la crisis de la latinidad hasta los albores de la Edad
Contemporánea. Su historia fue una historia
admirable. Y, sin
embargo, la Revolución
iba a sacriíirlo todo, en una «misa de
sangre», para imponer un nuevo modelo desde cero, para
en-
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.A.NDRBS GAMBRA
gendrar una democracia condenada -según la expresión de Ma­
cliran-al «estado de pecado mortal», por sus orígenes y por
su contenido.
Algunos cambios necesarios tuvieron lugar, pero a costa
de
la destruoción de los fundamentos. sociales de la civilización cris'
tiana. Las ansias de Libertad del hombre de la Ilustración con­
dujeron al advenimiento de un Estado totalitario. Lo ha seña­
lado Furet: «la reconstrucción del Estado administrativo del
Antiguo Régimen peto de una forma infinitamente más autorita·
ria
y centralizada».
Desmantelamiento definitvo de lo que aún sobrevivía de la
sociedad orgánica
de origen medieval, .negación radical de un
orden político en consonancia con la Ley de Dios y el orden na·
tura! dispuesto por El. A través de un baño de sangre sobrecoge­
dor, primer episodio
de la tremenda lucha contemporánea de
l'homme contre lui-m§me: desde aquí no podemos sino hacernos
solidarips
de la pregunta que se formulaban los organizadores de
la magna concentración anti-89, reunida
en Parls este mes de
agosto:
«mais ¿Est-ce que nous allons /¿ter <;a?».
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